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Un hombre en quien está el Espíritu Santo


Y Jehová dijo a Moisés: Toma a Josué hijo de Nun,  
varón en el cual hay espíritu,  y pondrás tu mano sobre él. 
Números 27:18

Josué y Jesús

Desde su juventud Josué era sirviente de Moisés, el gran hombre de Dios que llevó a Israel fuera de Egipto y dio al pueblo la ley de Dios (Ex.24: 13; 33:11; Núm. 11:28; Deut. 1:38). Su vida es un buen ejemplo de crecimiento espiritual que es experimentado por cada joven creyente que camina con el Señor. Algo similar puede ser visto en la vida de Eliseo, quien mientras caminbaa con Elías, fue preparado para la tarea que D
ios tenía reservada para él.
Josué es también un tipo del Señor Jesús mismo, como es evidente en sus nombres similares. Jesús es la forma griega de Jeshua o Joshua. Estos nombres expresan la salvación de Dios. Joshua significa “Yahweh  salva” o “Yahweh es salvación”. En el Nuevo Testamento el ángel anuncia el nacimiento de Jesús unido su nombre con la salvación de los pecados: “y le llamarás Jesús; porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. (Mateo 1:21).

Sabemos que Josué completó la obra de su predecesor. Mientras Moisés libertó al pueblo de Dios de la tierra de esclavitud, Josué les guió hacia la tierra prometida. La salvación del Señor podría verse en el éxodo fuera de Egipto (Éxodo. 14:13; 15:2), mas su completa manifestación fue solo después de la conquista de Canaán. Esta era la gran meta de liberación de Israel desde Egipto. Así Moisés y Josué son un doble tipo del Señor Jesucristo, quién no solo libera a su pueblo de su esclavitud del pecado y Satanás, sino que también los lleva a la tierra celestial. Dios nos ha hecho sentarnos juntos en los lugares celestiales en Cristo y nosotros hemos sido bendecidos allí con toda bendición espiritual (Efesios 1:3; 2:6).

Josué es un tipo especial de Cristo que a través del poder del Santo Espíritu, lleva a su pueblo a esta tierra celestial, nuestro Canaán de descanso (Hebreos 3 y 4). Él apunta a Cristo como el único que en y por el Espíritu, está activo ahora en nombre de su pueblo. Más hay también la individual aplicación para nosotros mismos como creyentes, quiénes han de ser llenado con el Espíritu (Efesios 5:18). Nosotros debemos seguir el ejemplo de Josué como hombre lleno del Espíritu.

Josué como un guerrero

Permítanos examinar el curso de la vida de Josué en orden de ver como él fue preparado, paso por paso, para su gran tarea y que también refleja las lecciones espirituales para nosotros. Por primera vez su nombre se menciona en Exodo 17:8-16, en la batalla contra Amalec. Aparentemente Josué era un buen soldado, porque emprendió la carga en la batalla mientras Moisés hacia la intercesión en la cima de la colina. Los israelitas habían sido libertados de Egipto, pero no significaba que no habría ningún conflicto para ellos en sus jornadas a través del desierto. De manera similar nosotros hemos sido liberados del poder del príncipe de este mundo, pero esto significa que nosotros no tendremos luchas en nuestra senda aquí en la tierra. El desierto simboliza esta escena terrenal con todas sus dificultades, angustias, dolores y luchas. El Señor nos ha dejado aquí para combatir por la gloria de su Nombre y Él está en la gloria intercediendo por nosotros. Nosotros tenemos que pelear la buena batalla y soportar las penalidades como buenos soldados de Jesucristo (1Tim. 1:18; 2 Tim. 2:3).

En este aspecto Josué es un importante ejemplo para nosotros. Mientras Moisés permaneció en la cima del monte en disposición para interceder por sus soldados, Josué estuvo luchando abajo en el valle. Debido a la intercesión de Moisés, Josué obtuvo la victoria sobre Amalec. De la misma manera, nuestro Señor en el cielo nos apoya en nuestras batallas aquí en la tierra, en nuestros conflictos con Satanás y la carne. A través de Él nosotros somos más que vencedores (Rom. 8:34-37). Amalec era un adversario poderoso y hábil, que atacó las líneas posteriores de Israel (Núm. 24:20; Deut. 25:17-19; 1 Sam. 15:2). Este enemigo es un tipo de Satanás como alguien que conoce nuestros lugares débiles e intenta impedirnos el servir al Señor como un pueblo redimido. Nosotros podemos obtener la victoria sobre este poderoso adversario, solo cuando recibimos la fuerza de lo alto.

En la montaña del Señor

La batalla con Amalec era solo el principio de la carrera de Josué. Después en el libro de Exodo nosotros lo encontramos como siervo de Moisés y compañero. En estas capacidades Josué tenía una tremenda experiencia ya que él era el único que le fue permitido subir la montaña de Dios con Moisés (Ex. 24:13-14). En Exodo 32:15 nosotros les vemos bajar juntos de la montaña, y en Éxodo 33:11 es manifiesto que Josué no se alejaba del tabernáculo de reunión que Moisés había colocado fuera del campamento.

Cuando nosotros aplicamos estas cosas a nosotros mismos vemos que podemos tener varias experiencias útiles en nuestro andar con el Señor. Él no sólo nos hace más que vencedores en nuestros conflictos aquí en tierra, sino que Él también nos da un entendiendo más profundo de la voluntad de Dios y sus caminos con su pueblo. Nosotros deberíamos estar con Él en la montaña, por decirlo así, y debemos aprender acerca de los pensamientos profundos de Dios de todo aquello que concierne al lugar de Su morada en medio de su pueblo (Ex. 25–31). Él nos enseña a discernir la verdadera condición del pueblo de Dios y el resentimiento de todos nuestros fracasos, Él no obstante nos permite un lugar donde se nos permita reunir de acuerdo con Su voluntad. Israel se olvidó de Moisés y volvieron sus espaldas a Dios y al apóstol su confesión. De manera similar, la Cristiandad profesante no tiene en cuenta los derechos del Cristo exaltado, el Señor de gloria, y han caído en la idolatría (Apoc. 2:14,20). La separación de este mal es una necesidad y nosotros debemos ir adelante a Cristo fuera del campamento (Ex. 33:7; Heb. 13:13). Permitámonos, como Josué, buscar al Señor y no alejarnos de Su presencia. Entonces Él nos enseñará y nos preparará para la tarea que Él desea que nosotros realicemos.

Continuará - La Conquista De Canaán

Hugo Bouter
http://www.biblecentre.org

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Disciplina III



La presencia de Dios


Durante veintinueve capítulos, Job y sus amigos discutieron y cuestionaron. Durante seis capítulos Eliu habló de parte de Dios a Job. Solo cuatro capítulos le bastarán a Jehová para llevar a cabo la obra maestra que perseguía en el corazón de Job.: «¿Qué enseñador semejante a él?» (36: 22). Job había dicho: «Yo hablaría con el Todopoderoso, Y querría razonar con Dios». Dios se baja. No agobia a su siervo con reproches severos, aunque justificados. Toma el lugar del alumno: «Yo te preguntaré, y tú me contestarás (38:3; 40:2). Va a hacerle un número de preguntas a Job, el cual no podrá responder a ninguna. «¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?» (38:4). Job es tomado de improviso desde la primera pregunta. Cuando por fin Jehová insiste: «El que disputa con Dios, responda a esto.» (40:2), Job solo puede decir: «He aquí que yo soy vil; ¿qué te responderé? Mi mano pongo sobre mi boca. Una vez hablé, mas no responderé; Aun dos veces, mas no volveré a hablar». Era mejor callarse, pero Jehová deseaba conducir a su siervo mucho más allá, hasta la confesión completa y al juicio propio. También debe repetir: «¡ Yo te preguntaré, y tú me responderás! … ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú?»


Hace desfilar delante de él a algunas de sus criaturas, para terminar por el leviatán, el cocodrilo, bajo una imagen poética que se puede discernir con el poder de Satanás, enemigo que el hombre no puede vencer: «¡Te acordarás de la batalla, y nunca más volverás!»


En efecto, el Señor no deseaba solamente enseñarle a Job que debía aprender a callar, sino que deseaba conducirle a una relación y comunión perfecta con Él. Delante de la grandeza del Todopoderoso, va a sentir su nada y el abismo adonde su obstinación lo condujo. ¿Quien de nosotros posee por si mismo la revelación del Creador?, pero tenemos aquella del «unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.» ¡Cuanto mas aprendemos a conocernos y a negarnos a nosotros mismos, mas le conoceremos, A Él y a su corazón! (Filipenses 3:7-10).


Confesión y restauración

(Cap.42) Muchos de versículos nos relatan como Job discutió, acusó a Dios, justificándose. Cinco versículos son suficientes para relatar la confesión que le va a abrir el camino para la bendición.


«Yo conozco que todo lo puedes, Y que no hay pensamiento que se esconda de ti.» (V. 2). Colocado ante el poder del enemigo, Job debe reconocer que únicamente puede recurrir al poder de Dios.


Pero debe confesar también su ignorancia: «yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía». Se había jactado de discernirlo todo, de conocerlo todo; sin embargo en la presencia de Dios, debió comprobar que no sabía nada. Cuan fácilmente nos sucede que hablamos de nosotros cosas demasiado maravillosas, ¡mientras que una poca humildad nos sentaría mejor!. ¿Cuál es la conclusión de Job? «Oye, te ruego, y hablaré; Te preguntaré, y Tú me enseñarás». En el silencio y en la presencia divina, escuchar y aprender; dejarse corregir, instruir, formar ¿no es la parte que necesitamos buscar a menudo, aparte, sólo con Él?


Estar a tus pies como María,
Dejando las horas fluir
En un silencio que se olvida, Jesús,
para dejarte hablar.

(Hymnes et Cantiques 134:1).


Pero no se trata solamente de oír: «De oídas te había oído; Mas ahora mis ojos te ven» experiencia personal y profunda del alma, en el secreto con su Señor. Visión del joven Isaias en el templo, que determinará toda su vida (Isaias 6); visión de Pablo en el mismo templo (reconstruido), cuando oyó la Voz que le decía: «Ve, porque yo te enviaré lejos a los gentiles» (Hechos 22:17-21).


Job, que se había atrevido a decir: «No me reprochará mi corazón en todos mis días» declara: «Por tanto me aborrezco, Y me arrepiento en polvo y ceniza. Conoce ahora su propio corazón, pero sobre todo a Dios y su gracia, «Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor, que el Señor es muy misericordioso y compasivo.» (Santiago 5:11).


La bendición va a derramarse sobre el patriarca, conducido por fin al punto donde Dios lo quería: que reconociera Su grandeza y Su amor; que se diera cuenta de su propia miseria; y se entregara a la gracia. Sin embargo una cosa debía efectuarse: perdonar a sus amigos. Job ora por ellos. «Y quitó Jehová la aflicción de Job, cuando él hubo orado por sus amigos; y aumentó al doble todas las cosas que habían sido de Job». Ellos lo habían forzado a fondo, no habían hablado de Dios como convenía. Habían culpado a Jehová de haber hecho venir el castigo sobre su amigo ¡Qué invitación a la prudencia en nuestros juicios!. Lucas 6:36-37 nos lo recuerda: «Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso…no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados». Los tres hombres deben también aprender la misma lección de su amigo, y aceptan ofrecer un “holocausto” con el fin de ser beneficiarios de la misma propiciación (33:24), que ofrecida por Job había sido a los ojos de Dios, "agradable" (42:8).


Jehová da a Job el doble de todo lo que había tenido…salvo los hijos. En efecto, todo el ganado en otro tiempo se había perdido, pero los hijos no: habían sido recogidos cerca de Dios, por los cuales su padre había ofrecido el sacrificio; esperarán el día de esta resurrección de la cual el patriarca había podido decir: «Y después de deshecha esta mi piel, En mi carne he de ver a Dios; Al cual veré por mí mismo, Y mis ojos lo verán, y no otro» (19:26-27).


La Disciplina. Georges André

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Disciplina II

Los tres amigos

La mujer de Job lo incita a maldecir a Dios. Sus amigos se juntan para «compadecerlo y consolarlo». A pesar de todas sus buenas intenciones, van a forzarlo a fondo. No entraban en absoluto en el plan de Dios, y, tomando sus puntos de vista, se enredan aún más en sus erróneas afirmaciones. ¡Qué ejemplo perfecto para ser prudentes cuando visitamos a los amigos en la prueba! Fácilmente somos llevados a juzgar, en lugar de reservarnos nuestras apreciaciones con respecto a los motivos de la disciplina que Dios ha permitido para nuestro hermano. Cuan necesario es ser conducido por el Espíritu de Dios, paso a paso, una palabra después de la otra. Primero escuchar largamente; enseguida, abrir su Palabra, mirando al Señor.

Los amigos vienen a «condolerse de él y para consolarle» a Job, para ocuparlo de si mismo. Es una trampa. Si alguien está en la prueba, no se trata de compadecerle, y de estar de acuerdo posiblemente a sus "por qué". Será mucho mejor, lo que harán después que hubo pasado la prueba, los hermanos y hermanas de Job, «se condolieron de él» (42:11), y sobre todo, el ejemplo de Eliu, que dirigió el pensamiento y el corazón de Job hacia Dios. Considerando su desdicha, durante siete días y siete noches, los amigos quedan mudos, después de haber llorado a gritos, desgarrado sus vestidos y esparcido polvo sobre sus cabezas, «porque vieron que su dolor era muy grande».

Ante el silencio cargado de reproches, Job ya no soporta. Explota (3 y sig.) ¿Por qué?, ¿Por qué? ¿Por qué? No rezonga por las circunstancias; las acepta de la mano de Dios; pero objeta los motivos de esta prueba, al no discernirlos y encontrarlos injustos. De ahí su tormento y sus “por qué”. Veintinueve capítulos colocan delante de nosotros al patriarca y a sus amigos que discuten, disputan, contienden. Los tres dicen y repiten: Dios te castiga porque has pecado. Job replica: soy puro, no he cometido iniquidad. Empujado al fondo acusa a Dios: El es injusto, tiene cosida mi iniquidad (14:17). El tono del debate se acentúa y se exacerba, sacando a la luz esta justicia propia, esta satisfacción de yo, este orgullo espiritual, que estaba en el fondo del corazón de Job. Va a recordar todas sus buenas acciones (29), todo el mal que supo evitar; considerando que Dios lo castiga sin razón, pide poder hablarle: «Yo le contaría el número de mis pasos, Y como príncipe me presentaría ante él.» (31:37). Después de esta larga disputa, aparentemente inútil, una sola conclusión se impone: «Aquí terminan las palabras de Job» (31:40). He aquí el primer paso hacia la restauración: callarse.

Eliu

Durante las largas conversaciones de Job y de sus amigos, Eliu, mucho más joven, escuchaba (32:11-12). Sus rasgos característicos son la paciencia, la modestia, la humildad; no discute; no halaga; no es parcial, sino que le anima un espíritu de rectitud. No da prueba de suficiencia, sino que sabe ponerse al nivel del pobre que sufre (33:6-7). Cual bello tipo del Salvador que vino, como Hombre entre los hombres, rebajándose para estar en medio de nosotros «como El que sirve» (Lucas 22:27).

Eliu presenta la gracia, pero también la verdad. Sin rodeos le dice a Job cuales son sus faltas: considerarse justo (33:9) y acusar a Dios (33:10-11; 34:5). Pero no concentra los pensamientos del patriarca sobre el mismo; lo coloca delante del Señor.

El joven señala la grandeza de Dios (33:12), que no tiene que dar cuenta de sus actos (v. 13), que no es injusto, sino que desea el verdadero bien de los suyos (v. 14-30). Luego Job debe callarse, reflexionar, dejar de discutir y discutir. Eliu le advierte que va por mal camino; el Señor permite la disciplina con el fin de conducir al hombre a «aquello que para Él es lo recto», sólo la rectitud al juzgarse a si mismo, será el camino de la bendición y del conocimiento de la gracia. Pero el está conciente que solo «Lo vence Dios, no el hombre.» (32:13). Eliu subraya nuevamente el propósito de esta disciplina: el hacer al creyente reconocer sus transgresiones que han llegado a ser muchas, para volverse de la iniquidad (36:8, sig). Dos resultados pueden producirse: escuchar, servir a Dios (v. 11) y encontrar la bendición; o bien no escuchar, e irse en la desgracia (v. 12).

Acabando sus discursos, Eliu va a comparar esta disciplina con las nubes, con la tormenta que Dios permite en la vida de los suyos: «Regando también llega a disipar la densa nube,… Asimismo por sus designios se revuelven las nubes en derredor… Unas veces por azote,… Otras por misericordia las hará venir.» (37:11-13). Bajo el efecto de la tormenta, bajo el efecto de la disciplina, «se estremece el corazón, Y salta de su lugar»; «ahora ya no se puede mirar la luz brillante, está escondida en las nubes». Pero el propósito de la disciplina es la bendición: «Luego que pasa el viento y los limpia, produce un cielo claro» (37:21 Biblia J.N.D.).

La Disciplina. Georges André 

En breve, la coclusión de este estudio - Disciplia III

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Disciplina



Uno de los motivos del camino en el desierto era conducir al pueblo a «saber lo que había en tu corazón» (Deut. 8:2), este corazón que Dios solo verdaderamente sondea: «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras» (Jer 17:9-10). Es por eso que el salmista oraba para que Dios sondeara su corazón, para que Él conociera sus pensamientos, con el fin de que al encontrarse en el camino del dolor lo condujera a la vida eterna (Sal 139).

Fue la experiencia de Ezequías, cuando, en la cumbre de su carrera, «Dios lo dejó, para probarle, para hacer conocer todo lo que estaba en su corazón» (2ª Cr 32:31), y sobre todo tenemos la experiencia de Job. La Palabra de Dios dedica todo un libro que nos enseña que la satisfacción del yo debe enjuiciarse y abandonarse en la gracia: «Por tanto me aborrezco, Y me arrepiento en polvo y ceniza» (42:6). El objetivo de la disciplina de Job no fue para castigarle, como sus amigos lo creyeron sin razón. Dios lo empleó para poner en evidencia la justicia propia que se escondía en su corazón, y era el único medio para conducirlo a la verdadera bendición. Hablando de Job, Santiago nos dice: «y habéis visto el fin del Job, que el Señor es muy misericordioso y compasivo».

Job bendecido

Job era un hombre perfecto y recto, que temía a Dios y se apartaba del mal. Jehová mismo le llama «mi siervo». Fue bendecido en su familia.Tenía éxito en sus empresas. Su vida moral era ejemplar: era fiel; se ocupaba del huérfano y de la viuda; era hospitalario. Además era considerado entre sus conocidos. ¿Entonces qué le faltaba? Hasta en la prueba no le atribuye nada a Dios que sea inconveniente, no peca en absoluto con sus labios; conserva «perfección», pero… estaba muy conciente de ella: «¡Mi justicia tengo asida, y no la cederé; No me reprochará mi corazón en todos mis días!» (27:6) O aun: «Yo soy limpio y sin defecto; Soy inocente, y no hay maldad en mí (33:9). De sus hijos, Job decía: «Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones» (1:5). No pasaba por su pensamiento que él mismo habría podido hablar en contra Dios. ¿Entonces cómo Jehová podrá conducir a Job para que conozca su propio corazón?

Job probado 

Cap. 1:13 al 2 Las pruebas van a caer sobre Job. Será despojado de sus bienes y tocado en sus afectos por medio de la muerte de sus diez hijos. Pero su actitud permanece intachable: «Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.» Luego es tocado en su cuerpo, la enfermedad cae sobre él. El enemigo se sirve de su mujer para hacerle maldecir a Dios. Pero Job se mantiene firme y no peca en absoluto con sus labios.

No se trata de una continuación trágica de accidentes, de una acumulación de desgracias. No, la Palabra nos muestra que Dios gobierna todo. Luego delante de nuestros ojos se descubre algo más, es Dios que llama la atención de Satanás sobre Job, ¡poniendo límites al poder del enemigo! (1ª Corintios 10:13). A pesar de todo lo que será manifestado en su ser interior, ¿Job va a glorificar a Dios frente a Satanás? En 1ª Corintios 4:9, los apóstoles son ofrecidos igualmente en espectáculo para los ángeles, testimonio de su fe para la gloria de Dios, como lo fueron también los tres jóvenes Hebreos en el horno de fuego. Satanás es «el acusador de nuestros hermanos» (Apoc. 12:10). Es nuestro «adversario» (1ª Pedro 5:8). Provoca a Dios en contra de Job (1:9-11; 2:4-5). «Incita» a David a contar al pueblo (1ª Crónicas 21:1). Se «opone» a Josué, sumo sacerdote (Zacarías 3:1); «pide zarandear» a Simón Pedro (Lucas 22:31). Y sin embargo sólo es un agente en las manos del Señor; que desaparece al final de la prueba, dejando al santo frente a Dios: Job, en el capítulo 42, David en la era de Ornan, Josué revestido de trajes reales, Pedro plenamente restaurado. Pero cuando toma lugar en el corazón, el Adversario no deja a su presa, como un Judas (Juan 13:27), o Ananías (Hechos 5:3). Dios le dio a Pablo «un mensajero de Satanás para abofetearlo», a pesar de eso, y por el efecto de la gracia divina, su comunión con Dios se mantuvo por toda su vida (2ª Corintios 12:7). La reacción de Job a la prueba es notable; pero su historia no podía acabarse así. Dios deseaba bendecirlo doblemente, revelársele, manifestarle su gracia y darle el verdadero descanso a su alma inquieta (3:25-26). Job era un hombre de elite, una alma solitaria, de la que Dios se ocupa en gracia aparte del pueblo elegido, para formarle y conducirlo más cerca de Él.



Continuará...

La Disciplina. Georges André

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Resucitó

Si Jesús predijo su propia resurrección, ¿no serían estas predicciones suficientes para explicar el origen de la fe en la resurrección? Si Jesús había tratado de preparar a sus discípulos para su muerte violenta, ¿no habremos de imaginárnoslos recordando también que había predicho su resurrección? ¿No crearían estas predicciones en ellos la esperanza de la resurrección, de modo que las apariciones del resucitado serían el resultado de una fe previa en la resurrección?

Muy al contrario; los evangelios nos presentan a los discípulos como no estando preparados para la muerte de Jesús, y como abrumados por ella. Marcos (14:50), seguido por Mateo (26:56), nos relata que cuando Jesús fue prendido por los soldados, todos los discípulos le abandonaron y huyeron. Pedro, presa del temor, niega haber sido discípulo de Jesús (Mr. 14:66-72). En los Evangelios Sinópticos, los únicos amigos de Jesús presentes junto a él en sus últimos momentos fueron unas cuantas mujeres (Mr. 15:40-41); los discípulos abandonan por completo la escena, según comprobamos repasando los nombres. Sólo Lucas testifica (23: 49) que los amigos de Jesús estaban lejos, observando la crucifixión. Lucas se refiere probablemente a los discípulos. Juan es el único (19: 26) que menciona que "el discípulo a quien él amaba" estaba cerca de la cruz con su madre.

El domingo de Pascua, nos informa Juan, los discípulos estaban reunidos a puerta cerrada "por miedo de los judíos" (Jn. 20:19). Lucas cuenta el desaliento que sentían los discípulos en el camino de Emaús: "Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel" (Lc. 24:21). Esta esperanza ya pertenecía al pasado: nosotros habíamos esperado (este es el sentido en el texto griego). Jesús había muerto; y con él murieron sus esperanzas. Los evangelios nos presentan a los discípulos como sin la menor preparación para la muerte de Jesús. Para ellos fue un acontecimiento inesperado, y les dejó en estado de conmoción emocional.

¿Quizá este hecho contradice el testimonio de los evangelios de que Jesús en varias ocasiones había aludido a su muerte, y por lo menos en tres ocasiones había predicho específicamente su rechazamiento, muerte y subsiguiente resurrección? Esta aparente contradicción en los datos evangélicos puede resolverse si nos colocamos en la situación histórica real de los discípulos. el sufrimiento y la muerte parecían ser una absoluta contradicción de las esperanzas mesiánicas del Antiguo Testamento. El Mesías tenía que ser, o bien un rey
davídico divinamente dotado, o un celestial Hijo del Hombre; tanto en uno como en otro caso, su destino era reinar en el Reino de Dios.

Los discípulos no habían entendido a Jesús. Estaban absolutamente descorazonados y confusos a causa de su muerte, y no esperaban su resurrección. Tenía que ocurrir algo para crear en ellos esa fe: la de que Jesús vivía. Consideremos estos hechos históricos:
Los evangelios concuerdan en ciertos puntos de gran importancia
que podemos aceptar como históricamente creíbles.
1. Jesús fue muerto y sepultado.
2. Los discípulos fueron tomados desprevenidos ante su muerte; la confusión les abrumó.
3. La tumba fue hallada vacía la mañana del día de la Pascua.
4. La tumba vacía no era en sí misma una prueba de la resurrección. María creyó que el cuerpo había sido robado.
5. Los discípulos vivieron ciertas experiencias que ellos consideraron ser apariciones de Jesús resucitado de entre los muertos. En último análisis, no importa realmente dónde o a quién ocurrieron estas apariciones.
6. Es preciso incluir otro hecho histórico de importancia. El judaísmo contemporáneo no tenía ningún concepto de un Mesías que muere y resucita.
7. Otro hecho histórico: Los discípulos proclamaron la resurrección de Jesús en Jerusalén, cerca del lugar donde había sido sepultado.

Pero hay otro hecho definitorio. Cuando María informó a Pedro y a Juan de que la tumba estaba vacía, los dos hombres corrieron en dirección a la tumba. En la tumba donde había yacido el cuerpo de Jesús, vieron "los lienzos puestos allí, y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte" (Jn: 20:7). Como ya se ha observado, el cuerpo de Jesús había sido
envuelto en tiras de tela a modo de extenso vendaje, con especias depositadas entre las diferentes capas. El "sudario" era una pieza de tela aparte que se envolvía en torno a la cabeza y bajo la barbilla para impedir que las mandíbulas se abriesen. Cuando Pedro vio ésto, "creyó" (Jn. 20: 8) que Jesús ciertamente había resucitado de los muertos.

No fue la tumba vacía lo que le convenció, sino la posición en que se encontraban el sudario y los lienzos. Esto nos lleva por primera vez a la cuestión de la naturaleza de la resurrección, tal como los Evangelios la representan. No fue la revivificación de un cadáver que vuelve a la vida física. Algo le había ocurrido al cuerpo de Jesús, dándole nuevos y maravillosos poderes. El cuerpo emergió de las ropas de la tumba dejándolas intactas. Era obvio que Jesús no había simplemente revivido, ni el cuerpo había sido robado. Sencillamente, había desaparecido.

Hay un hecho aquí que posee enorme importancia: según el testimonio de nuestros evangelios, nadie presenció la resurrección. Los textos no dan a entender, en modo alguno, que la piedra fuese removida de la tumba para que Jesús saliera; al contrario, la inferencia que se puede sacar es que la piedra fue retirada para que los discípulos pudieran entrar. Lo primero que los ángeles dijeron fue "Ha resucitado, no está aquí" (Mr. 16: 6). La experiencia que probó a los discípulos la resurrección no fue la tumba vacía, ni siquiera la palabra de los ángeles; fue su confrontación con el Jesús resucitado. No le vieron en el acto de resucitar de los muertos, sino después que hubo resucitado. Los textos del evangelio no nos ofrecen otra explicación de la experiencia de los discípulos sino las simples palabras: "Ha resucitado".


La buena nueva CRISTO MURIÓ, RESUCITÓ Y HOY ES SEÑOR

Adaptado de Creo en la resurrección de Jesús, por George Ladd.


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Siervo o esclavo

Si nos entregamos sin reserva a Dios, ¡cuántos ajustes es necesario hacer! Ajustes en la familia, en los negocios, en las relaciones en la iglesia o en nuestras opiniones personales. Dios no permitirá que quede cosa alguna de nosotros. Su dedo tocará punto por punto todo lo que no es de Él, diciendo "Esto, hay que dejarlo... ¿estás dispuesto?".

Es insensato resistir a Dios, y siempre es sabio ceder a Él. Muchos de nosotros aún sostenemos controversias con Dios. Él quiere algo, mientras nosotros queremos lo opuesto. Hay muchas cosas que no nos atrevemos a investigar, ni a orar por ellas, ni siquiera a pensar en ellas por temor a perder nuestra paz. En esta forma podemos rehusarnos a encarar el asunto, pero al hacerlo nos apartamos de la voluntad de Dios. Es siempre cosa fácil salir de Su voluntad, pero bendita cosas es entregarnos completamente a Él y permitirle lograr Su propósito con nosotros.

Qué bueno es reconocer que pertenecemos al Señor y que no somos nuestros! No hay nada más precioso que eso en todo el mundo. Es lo que trae la certidumbre de su continua presencia, y la razón es obvia. Debo primero tener el sentido de la posesión divina antes que pueda tener el sentido de Su presencia. Cuando esta relación con el Señor está establecida, entonces no osamos hacer cosa alguna de nuestra propia iniciativa, porque somos su exclusiva propiedad. "¿No sabéis qu e si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis?" (Ro 6:16).

La palabra traducida "siervo" en las versiones anteriores a la revisión de 1960 de la Biblia Reina Valera, realmente significa "esclavo". Esta palabra se usa varias veces en la segunda mitad de Romanos capítulo 6.
 
¿Cuál es la diferencia entre siervo y esclavo?

Un siervo puede servir a otro pero no llega a pertencerle. Si su patrón le agrada, puede servirle; pero, si no le agrada, puede rehusarse a hacerlo, puede presentar su renuncia y buscar otro patrón.

No así con el esclavo. Él no solamente es siervo, sino que es la propiedad de otro. 

¿Cómo vine a ser el esclavo del Señor?

De su parte, Él me compró y de mi parte, me entregué a Él. Por el derecho de redención somos propiedad de Dios, pero si queremos ser sus esclavos, debemos voluntariamente entregarnos Él, porque Él jamás nos obliga.

Fuente: La vida cristiana normal, Watchman Nee







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Cristo es nuestra vida



La Biblia declara que Cristo es nuestra vida de muchas maneras. No obstante, el significado de la expresión “Cristo es nuestra vida” no es tan simple. Veamos 1 Corintios 1:30. Podemos dividir este pasaje en dos secciones. La primera dice: “Mas por El estáis vosotros en Cristo Jesucristo”. Esto se refiere a la relación que nosotros tenemos con Cristo. La segunda dice: “El cual nos ha sido hecho de parte de Dios sabiduría”. Esto se refiere a la relación que Cristo tiene con nosotros. Dicho de otra manera, este versículo muestra que nosotros estamos en Cristo, y que Cristo está en nosotros. Debemos prestar atención a estos dos aspectos. Algunos cristianos dan énfasis al primer aspecto, y otros, al segundo. Si somos parciales y damos énfasis a uno de los dos, esto nos ocasionará problemas y afectará nuestra vida cristiana. Debemos tener un conocimiento apropiado de ambos. Debemos saber que estamos en Cristo y que El está en nosotros. Dios nos dio al Señor Jesucristo, no como maestro ni como modelo, sino para que sea nuestra vida; de tal manera que Su vida se manifieste por medio de nosotros. Si no tenemos la vida de Cristo, no podemos ser cristianos. Sin embargo, si la tenemos y no sabemos cómo llegó a ser nuestra, no podemos manifestarla.

¿Cómo puede Cristo ser nuestra vida? 

Esta es una pregunta muy importante. El Señor Jesucristo es Dios y a la vez hombre. Entonces, ¿cómo puede El ser nuestra vida? Esto parece imposible. Nosotros no podemos solucionar este problema, pero Dios sí puede. El puede hacer lo que el hombre no puede.

Dice 1 Corintios 1:30 que Dios hizo esta obra. Si no fuera así, Cristo no habría podido ser nuestra vida. La primera parte de este versículo dice: “Mas por El estáis vosotros en Cristo Jesucristo”. Esto indica que la primera parte de la obra fue llevada a cabo por Dios. Y añade: “El cual nos ha sido hecho de parte de Dios sabiduría”. Esta segunda parte de la obra también fue realizada por Dios. Nosotros no podemos hacer que el Señor Jesucristo sea nuestra sabiduría; El “nos ha sido hecho sabiduría de parte de Dios”. Por lo tanto, el hecho de que Cristo sea nuestra vida, es algo que Dios mismo ha logrado. Nada de esto sería posible si Dios no lo hubiera hecho. Sin El no podemos hacer nada.

Dios hizo que Cristo sea nuestra vida.


Dios desea que Cristo sea nuestra vida. Pero ¿qué hizo para lograr esto? Primero, nos puso a nosotros en Cristo y luego puso la vida de Cristo en nosotros. Dios primero estructura nuestra relación con Cristo. Si no tenemos una relación con Cristo, no podemos tenerlo como nuestra vida. Primero nosotros somos puestos en Cristo y luego Cristo en nosotros.


Fuente: Cristo nuestra sabiduría. W. Nee 

Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, 
entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria. 
Col 3:4

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No se trata de religión, sino de relación


¿Qué significa entrar en la presencia de Dios? En nuestras iglesias esta frase se usa para referirse a la adoración y a la oración. Muchos no entienden lo que realmente significa porque a menudo carecen de una genuina reverencia a Dios. Al no haber arreglado las cuentas con Dios en la semana, y llega el domingo, apresuradamente se pide perdón en el camino a la iglesia. Al llegar a la puerta ya se está listo para unirnse en oración a los otros creyentes. Se trata a la preciosa sangre de Jesús, como si cubriera temporalmente nuestras inmundicias, para así pecar una y otra vez. En lugar de amar a Jesús, hacemos uso de Él.

Dios no quiere que lo usemos a Él como un seguro de protección contra el infierno. Él quiere una relación, no una religión. Él quiere ser un Padre para nosotros. Él quiere comunión con nosotros.

Entrar en la presencia de Dios es estar en comunión con Dios. Comunión significa intimidad con nuestro Padre celestial por medio de la cual expresamos nuestro amor por Él, descubrimos Su voluntad, y, entonces la hacemos. Es entrar en la mente y el corazón de Dios mismo, para llegar a ser uno con Él y Sus propósitos. En este sentido, acercarse más a Dios no es asunto sencillo.

La llave para entrar

Cuando hablamos de buscar a Dios, debemos hablar de santidad, la cual es crucial porque "sin santidad nadie verá al Señor" (He 12:14). Jesús enfatizó esta verdad: "Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios" (Mt 5:8). Se refieren a ver a Dios en la vida cotidiana, ahora, tener una íntima relación de amor con Él y entrar en Su presencia para conocer Su mente y corazón. Fue durante Su primera enseñanza pública que Jesús dijo que el de corazón puro verá a Dios, (Mt 5). No se estaba refiriendo a nuestra muerte y de ver a Dios en el cielo, sino a las actitudes con las que debemos vivir cada día en esta tierra. Nos estaba diciendo cómo permanecer en unidad con Dios.

¿Qué significa ser de limpio corazón? Limpio significa santo. Por eso Jesús decía: "Bienaventurados son los de corazón santo, porque ellos verán a Dios". Santo es "santificar", "apartar", "depurar". Cuando eres puro de corazón, tu mente está puesta en Dios y en Sus caminos. "Porque yo soy Jehová vuestro Dios, vosotros por tanto os santificaréis (pónganse aparte ustedes mismos) y seréis santos, porque yo soy santo" (Lv 11:44). "...Yo soy Jehová que os santifico" (Lv 20:8). (Jn 17:17; Ef 5:26).

La santidad tiene que ver con la separación, con que te sujetes a Dios y no te dejes influenciar por las personas que no se sujetan a Él y que tampoco creen en Su Palabra. En esencia, lo que Dios dice es: Si ustedes son santos, entonces Yo mismo me manifestaré ante ustedes. Si estás convencido de que Él hará lo que le ha prometido, si eres puro en lo que has creído y en lo que haces, entonces verás a Dios manifestado.

La santidad no es una presencia mística y misteriosa, sino práctica y real. Santidad significa integridad. Dios tiene integridad porque lo que Él dice, hace y es, son lo mismo. Dios hace siempre lo que Él dice hará porque Él es uno en Sí mismo. En el Antiguo Testamento si alguien entraba a la presencia de Dios sin estar santificado, moría. Dice el Señor: "Los limpios de corazón me verán" (Mt 5:8). Aquellos que están impuros no pueden ver a Dios. Cuando vamos a Dios en oración, debemos tener la misma integridad entre lo que decimos y lo que Él hace, porque la santidad es decir la verdad y luego vivir la verdad.

Dios dice: "Y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón" (Jer 29:13).  Si queremos encontrar a Dios, debemos ser claros en nuestros deseos de encontrarlo. Debemos decir como Jacob: "No te dejaré,  si no me bendices." (Gn 32:24-30).

Si no le buscas a Él con todo tu corazón, mente, pasión y atención, luego si Dios se presenta, significa que Él no está siendo fiel a Su Palabra, porque Él ha dicho que Él solamente vendrá si le buscas con todo tu corazón. Si Dios no fuera fiel a Su Palabra, entonces Él estaría actuando de manera impía. Si no contáramos con que Dios haga lo que Él dice que hará, no podríamos confiar nunca más en Él. Él tiene que ser fiel a Su Palabra, aun sí esto significara no contestar las oraciones que hacemos sin entusiasmo y sin creer.

Si buscas a Dios con todo tu corazón, mente y conciencia, si le buscas con todo lo que hay en ti, Él promete que le encontrarás y te deleitarás de estar en Su presencia.

Bibliograf: Biblia RV, Escritos sobre Oración, de W. Nee




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Pilares

Los cristianos contamos con ciertos pilares sobre los que se afirman nuestras convicciones: El poder de Cristo como Salvador, la fidelidad del Espíritu que habita en nosotros, la certeza de las promesas divinas, y la infalible eficacia de la oración. El Nuevo Testamento nos enseña con respecto a una verdadera "seguridad eterna," asegurándonos que a pesar de las debilidades, imperfecciones, desventajas o dificultades externas, el creyente puede descansar seguro y victorioso en Cristo. Como el Apóstol Pablo podemos exclamar: "¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquél que nos amó. Por lo cual estoy seguro que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro."

Ahora bien, hay tres puntos en cuestión para destacar, según Juan Wesley:
  • 1. Elección incondicional.
  • 2. Gracia irresistible.
  • 3. Perseverancia final.
Con respecto a la primera, Elección incondicional, creo lo siguiente:
Que Dios, antes de la fundación del mundo, eligió incondicionalmente a ciertas personas para realizar ciertas labores, como por ejemplo a Pablo para predicar el evangelio;
Que ha elegido incondicionalmente a algunas naciones para recibir ciertos privilegios especiales; en particular la nación judía;
Que ha elegido incondicionalmente a algunas naciones para escuchar el evangelio, como Inglaterra y Escocia, en la actualidad, y muchas otras en las edades pasadas;
Que ha elegido incondicionalmente a ciertas personas para disfrutar de muchas ventajas especiales, tanto en lo que respecta a lo temporal como a lo espiritual;
Y no niego (aunque no puedo demostrar que sea así) que ha elegido incondicionalmente a algunas personas a la gloria eterna.
Pero no puedo creer lo siguiente:
Que todos aquellos que no han sido elegidos así para la gloria deben perecer para siempre; o
Que haya un alma en la tierra que jamás haya tenido la posibilidad de escapar la condenación eterna.

Con respecto a la segunda, Gracia Irresistible, creo lo siguiente:
Que la gracia que produce fe, y por lo tanto salvación al alma, es irresistible en ese momento;
Que la mayor parte de los creyentes tal vez recuerden alguna vez cuando Dios los convenció irresistiblemente de su pecado;
Que la mayor parte de los creyentes descubre en algunas ocasiones que Dios actúa irresistiblemente sobre sus almas;
Y sin embargo creo que la gracia de Dios, tanto antes como después de esos momentos, puede ser y ha sido resistida; y
Que en general no actúa irresistiblemente, sino que podemos obedecerla o no.
Y no niego lo siguiente:
Que en algunas almas la gracia de Dios es a tal punto irresistible, que no pueden menos que creer y ser finalmente salvadas.
Pero no puedo creer:
Que deban perderse todos aquéllos en quienes la gracia de Dios no opera de esta forma irresistible;
Que haya un alma en la tierra, que no tenga, y nunca haya tenido otra gracia, que aquella que en realidad aumenta su condenación, y que estaba designada por Dios para que así ocurriera.

Con respecto a la tercera, Perseverancia Final, me inclino a creer lo siguiente:
Que existe un estado asequible en esta vida, del cual el hombre no puede caer; y
Que aquél que ha llegado a esto puede decir: "Las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas."

Bibliogr.: Teología Sistemática, Pearlman
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¿Por qué... la sangre?

El Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados. Col 1:13,14

Nunca será suficiente el agradecimiento que expresemos por lo que nuestro amado Jesús hizo por nosotros. Derramó toda su sangre, su preciosa sangre para pagar nuestro rescate. Muchas veces nuestro entendimiento se ve limitado para comprender tanto amor. Y más aún, nos cuesta comprender por qué el precio era de sangre.
Cuando los primeros predicadores del evangelio declararon que Jesús era el Cordero de Dios, cuya sangre había comprado la redención de los pecados, no tuvieron que definir estos términos a sus oyentes, para quienes estos vocablos eran conocidos, familiares. Nosotros, sin embargo, que vivimos miles de años después de estos acontecimientos, y que no hemos sido educados en el ritual mosaico, necesitamos estudiar la cartilla, por así decirlo, por la cual Israel aprendió a deletrear el gran mensaje: Redención por medio del sacrificio expiatorio.

¿Por qué LA SANGRE?

Si queremos comprender mejor el significado de la muerte de Jesús, debemos centrarnos en el vocablo "sacrificio". Ahí tenemos la clave. Cualquier explicación que excluye el elemento expiatorio, es anti-bíblica, ya que nada es más destacado en el Nuevo Testamento que el empleo de términos expiatorios para dar a conocer la muerte de Cristo. El describirlo como "Cordero de Dios," el decir que Su sangre limpia del pecado y compra la redención, el enseñar que murió por nuestros pecados, todo esto equivale a decir que la muerte de Jesús era un sacrificio verdadero por el pecado.
En el Antiguo Testamento, los sacrificios que eran parte del ritual de adoración para los israelitas, son símbolos proféticos que señalaban al Sacrificio perfecto. En su momento, esos sacrificios sirvieron para preparar al pueblo de Dios para un tiempo o dispensación de mayor importancia, que empezaría con la venida de Cristo.

¿IMPROVISADO?

El sacrificio de Jesús no fue una improvisación de Dios ante el curso que había tomado la humanidad. Antes de la creación del mundo, Dios hizo provisión para la redención del hombre. Se describe a Jesús como el "Cordero, el cual fue muerto desde el principio del mundo." Ap 13:18.
Así como el cordero que sería sacrificado en la pascua era "predestinado" varios días antes de ser muerto (Éx 12:3,6) de igual manera Cristo, el Cordero sin mancha había sido "ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor a vosotros." 1Pe 1:19,20. Adquirió para el hombre la vida eterna, que Dios prometió "desde antes del principio de los siglos." Ti 1:2. El que hubiera un grupo de personas santificadas por este sacrificio fue decretado "antes de la fundación del mundo." Ef 1:4. Pedro les comunicó a los judíos que aunque por su ignorancia habían crucificado a Cristo con manos malvadas, no obstante habían cumplido el plan eterno de Dios, puesto que había sido "entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios." Hch 2:23. El cristianismo no es una religión que comenzó hace veinte siglos, sino la manifestación histórica de un propósito eterno.

SIN CULPA

Puesto transcurrirían varios siglos antes de la consumación del sacrificio, ¿qué debía hacer el pecador mientras tanto? Dios ordenó una institución que prefigurara el Sacrificio, y asimismo se convirtió en un medio de la gracia para el arrepentido y creyente: los sacrificios de animales.
La primera mención de un animal sacrificado ocurre en Gn 3. Adán y Eva, después de haber pecado, tuvieron conciencia de su desnudez física, la cual era indicio exterior de la desnudez de conciencia. Fueron en vano sus esfuerzos de cubrirse exteriormente con hojas, y por dentro con excusas. Luego Dios tomó pieles de animales y los cubrió. Mientras que el registro no dice en palabras que se trataba de un sacrificio, sin embargo al reflexionar con respecto al significado espiritual del acto, se concluye en una apelación de Dios tomando disposiciones para la redención del hombre.
Una criatura inocente muere para que la culpabilidad sea cubierta. Ese es el objeto principal del sacrificio, una cubierta divinamente proporcionada para la conciencia culpable.

www.mujerdevanguardia.blogspot.com Bibliogr.: La Biblia RV60. “Teología Sistemática”, Pearlman.
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Asidos de la Palabra de Vida - Parte II

¡Que no nos sorprenda!

(Continuación del artículo: Asidos de la Palabra de Vida - Parte I) En segundo término, dice la Biblia que si alguno sufre, que no sea por asesino, ladrón o criminal, ni por meterse en asuntos ajenos. Se debe distinguir entre los sufrimientos causados por predicar al Señor y los padecimientos originados en el pecado. No te dejes sorprender por tu propio pecado. Que la causa de tu sufrimiento no sea producida por tu propia maldad y desobediencia, para vivir el resto de tu vida no satisfaciendo a las pasiones humanas sino cumpliendo la voluntad de Dios. Cristo ya padeció por nosotros y pagó con Su vida, por la nuestra. Es mejor padecer haciendo el bien, si la voluntad de Dios así lo requiere, que padecer haciendo el mal.

Resistiendo firmes en la fe

Por último Pedro aconseja: "Sean prudentes y manténganse despiertos, porque su adversario el diablo, como león rugiente, anda buscando a quién devorar. Resístanle, firmes en la fe, sabiendo que en todas partes del mundo vuestros hermanos están sufriendo las mismas cosas." El enemigo número uno de Cristo y los cristianos es Satanás. ¿Cómo defenderse de sus ataques? Pedro dice: "Resístanle firmes en la fe". Para estar firmes en la fe hay que mantenerse asidos de la Palabra de vida, es decir, retener la Palabra de Dios oída y ponerla por obra, permanecer bien aferrados a la Palabra de Dios. El nos ha dado Su Palabra a través del Hijo y hoy en día el Espíritu Santo nos recuerda todas estas palabras. Oír las Palabras de Dios acrecienta nuestra fe y cuando las confesamos estamos empuñando una espada más cortante que cualquier arma.

Artillería pesada

Dios nos promete: "Ninguna arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mi vendrá" (Is 54:17). Las armas espirituales que Dios nos ha dado son sumamente poderosas para destruir cualquier armamento que intente atacar a los hijos de Dios. Nuestra mejor defensa es la Verdad, la justicia de Dios, el evangelio de la paz, la fe, la salvación en Jesús, la Palabra de Dios y la oración perseverante. Todods estos son los ingredientes de una vida de santidad, y ella
precisamente, la santidad, es la clave de nuesra victoria. Perfector, firmes, fuertes y seguros Por último, Pedro nos consuela: "Pero después que ustedes hayan sufrido por un poco de tiempo, Dios los hará perfectos, firmes, fuertes y seguros. Es el mismo Dios que en su gran amor nos ha llamado a tener parte en su gloria eterna en unión con Jesucristo."

Que podamos declarar juntos: "Nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tiene fe para preservación del alma."

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Bibliografía: La Biblia
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Asidos de la Palabra de vida - Parte I

Una vez tuve un sueño. Cientos de personas estaban al borde de un precipicio. No era seguro estar allí, sólo era un lugar de espera. No se podía retroceder, ni tampoco avanzar pues esto hubiera sido un salto al vacío. Sólo había una soga que venía del cielo, que pendía sobre el precipicio. ¿Qué hacer entonces? Alguien me dio la respuesta: "La única salida es sujetarse bien fuerte de la soga y subir". Había que dar un salto certero y tomarse de la soga con firmeza, para luego subir mirando siempre hacia arriba.
Cuando desperté, unas palabras se repetían en mi mente: "asidos de la palabra de vida..." Filipenses 2:16

Hay ocasiones en la vida en que se deben enfrentar situaciones difíciles e ineludibles, como si se estuviera frente a un precipicio. Ante esto nos preguntamos cuál será la mejor decisión a tomar para avanzar con éxito, sin salir lastimado ni lastimar a nadie. Pero estos problemas problemas no debieran ser motivo de asombro para los cristianos, ya que la Palabra de Dios no sólo nos advierte sobre ellos, sino que nos enseña el origen de las dificultades y cómo enfrentarlas.

En primer lugar, el apóstol Pedro dice: "no se sorprendan de verse sometidos al fuego de prueba, com si alguna cosa extraña les sucediese. Al contrario, alégrense de tener parte en los sufrimientos de Cristo, para que también se llenen de alegría cuando su gloria se manifieste. Si alguno de ustedes sufre por ser cristiano, no debe avergonzarse, sino alabar a Dios por ello." 1 Pe 4:12-14. Pedro pasó grandes dificultades cuando inició su ministerio. En el libro de los Hechos vemos cómo fue encarcelado, perseguido, amenazado y azotado por predicar la salvación en Jesucristo. Pero cuando fue puesto en libertad, luego de ser azotado e intimado a no hablar más de Jesús, salió gozoso de haber sido tenido por digno de padecer afrenta por causa del Nombre de Jesús. Por eso tiene autoridad para decir: "dichosos ustedes, si alguien los insulta por causa de Cristo, porque el glorioso Espíritu de Dios está continuamente sobre ustedes. ¿Quién podrá hacerles mal, si ustedes se empeñana en hacer el bien? pero aún si por actuar con rectitud han de sufrir, ¡dichosos ustedes! No tengan miedo a nadie, ni se asusten, sino honren a Cristo como Señor en sus corazones. Pórtnese de tal modo que tengan tranquila la conciencia, para que los que hablan mal de su buena conducta como creyentes en Cristo se avergüencen de sus propias palabras. 1 Pe 3:13-16

Continuará.

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La oración es un asunto de gran importancia en la vida espiritual del creyente. Todo cristiano genuino es consciente de esto y por eso ora. Sin embargo, aunque algunos hijos de Dios pasan tiempo orando por numerosos asuntos, sus oraciones no parecen tener mucho efecto. Es como si no hubiesen encontrado la manera correcta de orar. Esto se debe a que aún no han descubierto la llave de la oración.
En todo lo que hagamos, primero debemos hallar la clave (contraseña) para hacerlo. Después que una persona ha descubierto la clave, puede hacer las cosas dos veces más rápido que los demás, mientras que aquellos que no la tienen, se esfuerzan en vano. Este mismo principio se aplica a la oración. Mateo 7 habla de los principios relacionados con la oración, uno de los cuales es: “El que busca, halla” (v. 8). Buscar requiere un esfuerzo. Todo el que busca sin interés ni seriedad, no hallará nada. Buscar implica tener paciencia y perseverancia, y a menos que seamos minuciosos, no hallaremos lo que buscamos. Cada vez que Dios no responda a nuestras oraciones, debemos ser pacientes y buscar diligentemente la llave de la oración. En el pasado, Dios respondió las oraciones de muchos santos porque poseían la llave de la oración. Muchos creyentes sinceros hacen oraciones largas y elaboradas, pero no reciben respuestas de parte de Dios. En la oración, las palabras son indispensables, pero nuestras palabras deben ir al grano; deben ser palabras que toquen el corazón de Dios y lo conmuevan de tal forma que no tenga más alternativa que conceder nuestras peticiones. Las palabras específicas son la llave de la oración, pues concuerdan con la voluntad de Dios, y El no puede evitar responderlas.

LA ORACION DE ABRAHAM POR SODOMA (Gn 18:16-33)

Cuando Dios le comunicó a Abraham que estaba a punto de ejecutar Su juicio sobre Sodoma y Gomorra, por la maldad de dichas ciudades, Abraham esperó delante de El. Luego comenzó a orar por Sodoma. El no se limitó a decir: “¡Oh Dios, ten misericordia de Sodoma y de Gomorra!” Tampoco le suplicó a Dios con gran vehemencia, diciendo: “¡Prohibe que Sodoma y Gomorra sean destruidas!” Abraham se aferraba al hecho de que Dios es justo (Gn. 18:25); ésa era la llave de su oración. En profunda humildad y con gran sinceridad, procedió a hacerle una serie de preguntas a Dios. Sus preguntas fueron sus oraciones. A medida que oraba, permaneció firme sobre la base de la justicia de Dios. Finalmente dijo: “No se enoje ahora mi Señor, si hablare solamente una vez: quizá se hallarán allí diez” (v. 32). Después de esto, no continuó haciendo más peticiones. Después de que Dios le respondió, se nos dice que “Jehová se fue”. Abraham no trató de aferrarse a Dios ni tampoco insistió con su oración. El regresó a su lugar. Algunos tal vez piensan que Abraham debió haber continuado suplicándole a Dios y que no debió haberse detenido con tan sólo diez justos. Sin embargo, las Escrituras muestran que Abraham conocía a Dios y conocía la llave de la oración. El escuchó al Señor decir: “El clamor contra Sodoma y Gomorra se aumenta más y más, y el pecado de ellos se ha agravado en extremo... El clamor ... ha venido hasta mí” (vs. 20-21). Si no hubiesen ni siquiera diez justos en una ciudad, ¿qué clase de ciudad es ésa? El Señor ama la justicia y aborrece la iniquidad (He. 1:9). El no puede encubrir el pecado y abstenerse de ejercer Su juicio. La destrucción de Sodoma y Gomorra era la terrible consecuencia de su pecado y era la manifestación de la justicia de Dios. Cuando Dios destruyó esas ciudades, no cometió ninguna injusticia en contra de ningún hombre justo; El “rescató al justo Lot, oprimido por la conducta licenciosa de los inicuos” (2 P. 2:7). La oración de Abraham fue concisa y recibió respuesta. No hubo injusticia en Dios. El no hizo morir al justo con el impío (Gn. 18:25).

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Líder: ¿Qué vé Dios en tu corazón?


Cierto rey que Dios había elegido tuvo una conducta reprobable. La consecuencia fue que Dios se buscó otro rey, uno que tuviera un corazón conforme al corazón de Dios. Porque Jehová no mira lo que mira el hombre, Jehová mira el corazón. ¿Qué vé Dios en el corazón del líder a la hora de elegirlo y llamarlo al ministerio?

Por medio de los hombres que Dios escogió a través de la historia, podemos aprender cómo el Señor estableció líderes, y en cada uno de ellos puso su confianza para darles autoridad. Demos un vistazo:

Dios inició el liderazgo creando a Adán. Todo lo puso bajo su dominio, y le dio una restricción: el árbol del bien y del mal (Gn 1:26-28). Al dar lugar al diablo, perdió su autoridad, dejando la creación bajo el gobierno del maligno.

En medio de una generación corrupta, Dios vio la conducta de Noé y le dio el mandato de presidir un proyecto de fe de largo alcance que involucraba a toda su familia (Gn 6). Su liderazgo fue eficaz.

Abraham obedeció a Dios para ser embajador suyo, e hizo un pacto con él. Abraham creyó y le fue contado por justicia. Tuvo una estrecha relación con Dios (Stg 2:23).

Moisés trató de ejercer su liderazgo antes de tiempo. Sólo contaba con lo que había aprendido en Egipto. Fue rechazado, y debió huir. Luego de haber pasado cuarenta años en Madián, forjó el carácter pastoral que necesitaba. Entonces Dios lo llamó a dirigir la salida de Su pueblo de la esclavitud (Ex 3:1-10). Moisés delegó autoridad en hombres idóneos. Dios protegió a Moisés, y lo respaldó con señales.

Josué tuvo visión de la buena tierra. Dios lo eligió para que lleve al pueblo a poseerla. No sólo cumplió su misión, sino que preparó hombres que continuasen en el liderazgo (Jos 24:31).

Desde los días de Samuel se practicaba el ungimiento de ciertas personas elegidas como líderes. El elegido quedaba consagrado a Dios en las funciones que se le delegaban, y el aceite valía como emblema de autoridad y protección para cumplirlas. De esta forma el pueblo sabía que debía obedecer al ungido, porque revestía autoridad de Dios.

En el Nuevo Testamento también se observa a los líderes como representantes de Dios. Juan el Bautista era respetado y considerado “grande delante de Dios” (Lc 1:15). Jesús, durante Su ministerio llamó a los que quiso, y le siguieron, aún antes de conocer por completo quién era.
Los discípulos obedecieron el mandato del Señor de ir y predicar en Su Nombre, haciendo discípulos. Pedro y Pablo se empeñaban en discipular, enseñando que se sujeten a sus pastores. Pablo se presentaba a sí mismo como siervo del Señor Jesucristo. Todas sus acciones estaban precedidas por sus convicciones, y eran dignas de ser imitadas.

El líder cristiano es enviado por Dios, es ejemplo de conducta y se reproduce, formando a otros para enviarlos en el Nombre del Señor Jesús. El Espíritu Santo les pone su sello como propiedad de Dios, dándoles la gracia para vivir como partes del cuerpo de Cristo y ejercer una autoridad espiritual en comunión con la Autoridad de Dios.

Decimos ¡Amén! a esta afirmación, orando por nuestros pastores, maestros y líderes espirituales, para que cada uno sea hallado fiel al Señor y a Su Palabra, hasta el fin.

Autor: P.O.- www.mujerdevanguardia.blogspot.com
Fuente: C. Yoccou
Foto Epictura.com
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