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Nuestro Maestro



El Espíritu Santo es nuestro divino Maestro. Creo que la mayor obra del Espíritu Santo es enseñar. Cada nueva revelación y aspecto de luz que descubrimos en Dios se produce como resultado de la obra del Espíritu Santo, que vino para enseñarnos y guiarnos a toda verdad (Juan 14:26; 16:13). Su objetivo es enseñarnos la voluntad de Dios. Nos enseña sobre el pecado y nos trae convicción. Nos enseña a orar, nos enseña sobre la eternidad, viene para revelarnos a Jesús, nos abre dimensiones de vida para que podamos ver quiénes somos a ojos de Dios, qué necesitamos en ese momento y hacia dónde vamos en el futuro. Nicodemo y otros llamaron a Jesús “maestro que ha venido de Dios” (Juan 3:2).


Los dos discípulos que caminaban por el camino de Emaús dijeron: “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” (Lucas 24:32). Jesús les enseñó mientras iban de camino. De igual forma, el Espíritu Santo ha venido para ser nuestro Maestro a fin de revelarnos a Jesús para que podamos caminar en una relación personal con Dios y después compartir esa relación con otros. El Espíritu Santo es el mejor Maestro, que se compromete con nosotros y nos ayuda a aprender caminando a nuestro lado en las situaciones de nuestra vida.*


-Fuchsia Pickett, Presenting the Holy Spirit [Presentar al Espíritu Santo].







- Tomado de la sección Fundamentos para la guerra espiritual de la Biblia para la guerra espiritual publicada por Casa Creación. Usado con permiso.


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La voz del Espíritu está en tu interior

Quienes hemos nacido de nuevo en Cristo hemos recibido una ventaja que no tenían los profetas del Antiguo Testamento. Aunque Elías tuvo que aprender el principio de escuchar el silbo apacible de Dios sin depender de voces externas más obvias, no tenía la voz del Espíritu Santo en su interior. Elías escuchó la voz de Dios a su alrededor, pero no en su interior.

Nosotros tenemos al Espíritu Santo en nuestro interior y podemos escucharlo desde dentro. Es por ello que en el Nuevo Testamento normalmente no vemos que Dios hable a través de cosas como zarzas; sino que lo vemos hablar a través del Espíritu Santo que moraba dentro de los creyentes, como en Hechos 16:6–7, cuando el Espíritu le prohibió al equipo de Pablo predicar en Asia. Es cierto que la gente continuaba teniendo experiencias externas, como visiones (vea Hechos 16:9); pero los creyentes escuchaban a Dios y seguían su voluntad principalmente a través de la llenura del Espíritu Santo en su interior.

De manera que para muchos la pregunta es: ¿Cómo escuchar al Espíritu Santo en mi interior? A continuación veremos algunas sugerencias que le ayudarán a escuchar con exactitud a Dios desde el interior de su espíritu.

Pase tiempo con Dios

Esto es muy simple: no podemos esperar conocer la voz de alguien con quien no pasamos tiempo. Será mucho más difícil escuchar la voz del Señor cuando no hacemos las cosas espirituales básicas como orar, leer la Biblia y asistir a la iglesia. Aquello de lo que nos alimentamos y con lo que pasamos tiempo, dominará nuestra vida. Incluso lo que es bueno y necesario en la vida como trabajar, hacer los deberes, el tiempo de esparcimiento y el tiempo familiar pueden ser una distracción y todo eso no nos enseñará a escuchar al Espíritu Santo.

La razón por la que reconozco las voces de mis hijos y de mi esposo cuando me llaman por teléfono es porque paso tiempo con ellos todos los días. No reconocemos la voz de una persona con quien no pasamos mucho tiempo. Necesitamos pasar tiempo con Dios para poder reconocer su voz.

Además de la oración y el estudio bíblico, ore a menudo en lenguas. La razón por la que también se le llama orar con el espíritu (vea 1 Corintios 14:15), es porque nos conecta con el reino espiritual donde se encuentra el Espíritu Santo.

Mi esposo y yo hacemos un ejercicio para ayudar a que la gente vea que orar en lenguas viene de su espíritu y no de su cabeza. Les pedimos que oren en lenguas en su interior, en silencio, sin abrir la boca, moviendo su lengua o produciendo sonidos. Aunque estén orando en lenguas en silencio, les pedimos que opriman tan fuerte como puedan sin emitir sonido. Después de detenerse, les pedimos que indiquen en dónde sienten la presión. En nuestra experiencia, la gente señala su estómago o su espíritu, nunca señala su cabeza.

Hemos visto lo contrario cuando la gente hace el mismo ejercicio en su idioma, como en español. Hacemos que vitoreen a su equipo favorito, algo como: “¡Vamos equipo!”, tan fuerte como puedan. Cuando lo hacen, no sienten la presión en su espíritu sino en su cabeza.

La presión que sentimos en nuestro espíritu es la manera en que aprendemos a escuchar a Dios. Pase tiempo orando en su espíritu con frecuencia y mientras ora en voz alta o en silencio, sintonice mentalmente los sonidos y sílabas de su lenguaje espiritual. Aunque no necesita acallar sus pensamientos mientras ora en lenguas para que la oración sea efectiva, es útil disciplinar su pensamiento cuando aprendemos a escuchar a Dios. Esto le enseñará a escuchar al Espíritu Santo.

Evidentemente, Dios no siempre le hablará algo en ese momento, pero debe estar abierto a ello. Algunas veces la simple práctica de concentrarse en la presión de su espíritu le ayudará a reconocerla cuando llegue, incluso aunque no esté orando. Entonces comenzará a reconocer cuando sea el Espíritu Santo. Algunas veces, después de orar en lenguas durante un tiempo, comience a orar en su idioma y verá lo que “sale” en sus oraciones. ¡Es muy posible que encuentre una revelación proveniente de su espíritu! Recuerde, ¡la pericia surge de la práctica!

- Tomado del libro La ruta divina por Brenda Kunneman


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Dependencia del Espíritu Santo

La fuerza motora detrás de la iglesia de David fue una total dependencia del Espíritu Santo. He aquí lo que distinguió a David:

"Samuel tomó el cuerno del aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. A partir de aquel día vino sobre David el espíritu de Jehová." (1 Samuel 16:13).

Cuando David se encontraba en su lecho de muerte, él le expresó a su hijo Salomón: “Quiero decirte por qué Dios me ha bendecido. Quiero compartir contigo el secreto de mi ministerio.” Escuche las últimas palabras de David dirigidas a su hijo: “El espíritu de Jehová habla por mí, su palabra está en mi lengua.” (2 Samuel 23:2).

David estaba diciendo: “Yo no confié en conocimiento y ni sabiduría. Yo no confié en ninguna parte de mi carne. ¡Yo fui un hombre débil - pero dependí del Espíritu Santo! Toda palabra que yo pronuncié fue bajo Su unción. ¡Sus palabras llenaron mi boca!”

Cuando abrimos las puertas del ministerio de Teen Challenge en Nueva York, nuestro motto fue, “¡Aquí el Espíritu Santo está a cargo!” No fue, “cómo podemos predicar” para salvar a miembros de pandillas. Los pandilleros no se postraron en sus rodillas porque nosotros les predicamos sermones concisos. Ellos no sintieron la convicción del Espíritu a través de ilustraciones claras o historias cotidianas. ¡No! Estos ex-drogadictos testificaron ante sus amigos, “¡Un día yo estuve en la calle, como tú. Pero mírame ahora! ¡El Espíritu de Dios me ha cambiado!”

Salomón habló de árboles, hisopos, bestias, peces, insectos. Pero David habló sobre la intimidad con el Señor, sobre quebrantamiento y sobre tener un espíritu contrito. David obtuvo convicción y transformación mediante su propia predicación. Él valoró tanto la presencia del Espíritu Santo en su vida que le pidió al Señor que Su Espíritu nunca se apartara de él. ¡David sabía que no era nada sin el Espíritu Santo!

Pablo dijo,“y ni mi palabra ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.” (1 Corintios 2:4-5).

“De estas cosas hablamos, no con palabras enseñadas por la sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual. Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura; y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.” (vv. 13-14).

David Wilkerson
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La era de fuego

¿Por qué Dios exaltó a Jesús a su diestra? Incluso en los más importantes comentarios, muy pocos escriben acerca de este asunto. La ascensión de Cristo parece ser un tema de estudio que se descuida. ¿Tiene tan poca importancia? Jesús declaró que su ascenso sería conveniente para nosotros (Juan 16:7). Él nos dijo que, a menos que subiera al Padre, no experimentaríamos algo que nos sería esencial. Sin la ascensión del Señor, no recibiríamos el bautismo en el Espíritu.

Miremos atrás a todo lo que hizo Jesús. Juan escribe que sus hechos fueron tantos, que si se escribieran todos, no cabrían los libros en el mundo. Entonces, ¿qué sería eso que Él no hizo cuando estaba en la tierra? Juan el bautista lo dijo: “Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego”. Él no lo hizo mientras estaba en la tierra. Jesús vino del cielo, y tenía que regresar allá, por medio de la cruz y la tumba, antes de que pudiera comenzar la parte final de su misión.

Nada de lo que Jesús hizo en la tierra podría describirse como bautizar con el Espíritu Santo y fuego. En ninguna de sus poderosas obras—su predicación, su enseñanza, sus sanidades, o en su muerte y resurrección—Él bautizó con el Espíritu Santo. Jesús hizo mucho por sus discípulos. Les dio autoridad para realizar misiones de sanidad, pero partió de esta tierra sin bautizarlos con el Espíritu Santo.

Tal bautismo no podía ocurrir hasta que Él fuera al Padre. En verdad, el Señor no solo dijo esto, sino que lo enfatizó. Él entró a la gloria para ocupar un oficio del todo nuevo, el oficio del que Bautiza con el Espíritu Santo. Esta es la razón por la cual ascendió al Padre. El Antiguo Testamento desconoce de tal bautismo. Es la “cosa nueva” de Dios. Jesús nos da muchas otras bendiciones en este tiempo, por supuesto. Es nuestro Sumo Sacerdote, nuestro Abogado y nuestro Representante.

Sin embargo, Él no mencionó estas funciones. Solo describió la venida del Espíritu. Luego de su ascenso, y nunca antes, el Espíritu vino y “aparecieron lenguas repartidas como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos” (Hechos 2:3). Años atrás, los altares del tabernáculo de Moisés y del templo de Salomón habían recibido fuego puro del cielo. En Pentecostés, las llamas en el aposento alto vinieron de la misma fuente celestial. Jesús tiene todo el poder en su mandato. Él está en la sala de control.

El fuego de Dios en Jesús

En términos de emoción humana, el fuego de Dios se traduce en pasión; el tipo de pasión que vemos en Jesús. Sin embargo, Él no solo era apasionado en sus palabras. Cuando iba en su viaje final a Jerusalén, leemos: “Iban por el camino subiendo a Jerusalén; y Jesús iba delante, y ellos se asombraron, y le seguían con miedo.” (Marcos 10:32).

Ellos vieron cómo Él se apresuraba en proseguir. Lucas lo expresó de esta manera: “Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén.” (Lucas 9:51).

De alguna manera el fuego en su alma se manifestaba en su apariencia externa. Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús vio la profanación del templo. Los discípulos entonces tuvieron evidencia adicional de su pasión, y recordaron las palabras del salmista: “me consumió el celo de tu casa” (Salmo 69:9). Con todo, era un enojo mezclado con amor, no furia fría. Jesús no era un fanático frenético. Él amaba la casa de su Padre.

Su deseo era ver a las personas en el templo, adorando con libertad y felicidad. Sin embargo, el comercialismo en él lo había estropeado todo. Su corazón se desbordó como un volcán. El fuego en su alma lo hizo purificar el templo. Sus acciones produjeron temor, y muchos salieron huyendo de la escena. “Y vinieron a él en el templo ciegos y cojos, y los sanó” (Mateo 21:14).

Era eso lo que Él había deseado hacer, y esa fue la razón por la que su enojo alcanzó la temperatura de un horno. Su indignación apuntaba al gozo. Jesús recibió el canto de los niños diciendo: “¡Hosanna!”.

“Pero los principales sacerdotes y los escribas, viendo las maravillas que hacía, y a los muchachos aclamando en el templo y diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! se indignaron. (Mateo 21:15).

Esta es la única ocasión en la Escritura en que se reprende el entusiasmo por Dios; la única vez que se demandó silencio en los atrios del Señor. Fueron los fariseos los que demandaron el silencio; la alabanza al Señor estaba ahogando el tintineo en sus cajas de dinero. ¡Se enmudeció la música del dinero! Todas estas reacciones de Jesús son parte del cuadro del “fuego del Señor”.


Tomado del libro Evangelismo de poder por Reinhard Bonnke
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