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No fuimos creados para vivir sin un destino



Efesios 1:3-6

3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, 4 según nos escogió en El antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de El. En amor 5 nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, 6 para alabanza de la gloria de su gracia que gratuitamente ha impartido sobre nosotros en el Amado.

Uno de los sentimientos más tristes del mundo es sentir que tu vida no tiene sentido. Estás vivo. Pero sientes como si no tuviera sentido estar vivo. Sueñas despierto –un sueño pequeñito, una visión fugaz– de lo que sería ser parte de algo realmente grande e importante, y de como sería tener una parte significativa en ello. Pero cuando despiertas todo se ve tan pequeño, insignificante, lastimoso, desconectado, desconocido y sin sentido.

No fuimos creados para vivir sin un destino. Fuimos creados para ser sustentados por un futuro con sentido y propósito. Fuimos creados para ser fortalecidos cada día por esta seguridad, esta confianza: lo que ocurre hoy en nuestras vidas, no importa cuán opaco y ordinario sea, es un paso realmente significativo hacia algo grandioso y bueno y hermoso mañana.

Cuando este vínculo se quiebra –el vínculo entre mi vida presente y un destino grandioso, bueno y hermoso- tengo tres opciones:

1) Puedo quitarme la vida yo mismo; o

2) Puedo atontarme (con alcohol o drogas o televisión o pornografía o novelas románticas o computadoras o trabajo desesperado o juego frenético); o

3) Puedo buscar reestablecer el vínculo encontrando cuál es mi verdadero destino.

En un campo de concentración Nazi en Hungría durante la segunda guerra mundial, los prisioneros fueron obligados a realizar trabajos nauseabundos en una planta de residuos cloacales. Pero era trabajo; y algo se hacía. Cuando un día la planta fue destruida por los bombarderos aliados. Así que los oficiales Nazi ordenaron que los prisioneros apalearan arena en carretillas y la llevaran al otro lado de la planta y ahí la botaran. Al día siguiente les ordenaron que volvieran a apalear la arena en las carretillas y la trajeran donde la habían encontrado el día anterior. Y así pasan los días.

Finalmente un anciano rompió a llorar incontrolablemente; los guardias lo sacaron. Otro gritó hasta que a golpes lo silenciaron. En ese momento un joven, sobreviviente tres años en el campamento, se alejó corriendo del grupo. Mientras corría hacia la valla eléctrica los guardias le llamaban a voces que se detuviera. Los demás prisioneros gritaron, pero fue demasiado tarde; se vio una luz enceguecedora y se escuchó un ruido crepitante mientras el humo emergía de su piel calcinada. En los días subsiguientes, decenas de prisioneros enloquecieron y huyeron de su trabajo sólo para ser alcanzados por las balas de los guardias o electrocutados por la valla. (Charles Colson, Reinos en Conflicto, p. 68).

Fuimos creados para ser sustentados por un futuro con propósito. 
Fuimos creados para vivir con la seguridad de un destino con sentido.

Uso la palabra destino simplemente para conectar este tremendo clamor del corazón humano con la palabra predestinación en el texto de hoy, Efesios 1:5. Comenzamos la semana pasada con el verso 4: “según nos escogió en El antes de la fundación del mundo.” Esta semana tomamos el verso 5: “nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad.”

En esta mañana quiero establecer en sus corazones – en ustedes que creen en el Señor Jesucristo y lo llaman su Señor y Salvador y esperanza – quiero establecer en sus corazones un destino seguro, un futuro grandioso y bueno y hermoso, para que nunca tengan que sollozar durante días vacíos o aullar frente a la infructuosidad o tirarse sobre vallas electrificadas porque no hay un futuro por el que valga la pena vivir. Y la manera en que quiero establecer este destino en tu corazón y hacerlo firme es mostrándote dos cosas en este texto: la meta de tu destino y el fundamento de tu destino.

1. Por empezar, pongamos nuestra atención en la meta de nuestro destino. ¿Para qué estamos destinados? El verso 5 nos da parte de la respuesta: “nos predestinó para adopción como hijos.” Nuestro destino desde antes de la creación del mundo fue llegar a ser hijos de Dios.

La diferencia entre la predestinación, mencionada en el verso 5, y la elección (o selección) que se menciona en el verso 4, es que la elección se refiere a la libertad de Dios para escoger a quién predestinar. La predestinación se refiere a la meta o destino para el cual él nos escogió. La elección es el acto de Dios de escoger a quien él quiere, y la predestinación es la determinación de Dios de que ellos llegarán a ser sus hijos.

Cuando Dios te escogió, él tenía un propósito, así que predestinó que ese propósito se realizara, es decir, que te convirtieras en hijo de Dios. Que fueras parte de su familia. Que te convirtieras en heredero de todo lo que Dios posee. Que adquirieses la semejanza de la familia.

Tu destino de ser hijo de Dios se menciona en el verso 5: “nos predestinó para adopción como hijos.” Y uno de los significados de esto, la semejanza familiar, se menciona al final del verso 4: “nos escogió en El antes de la fundación del mundo (¿Por qué? ¿Para qué destino?) para que fuéramos santos y sin mancha delante de El en amor.” Este es el contenido práctico de nuestro destino como hijos de Dios. Somos destinados a adoptar el carácter de Dios nuestro Padre, el carácter de santidad y pureza. Ese es nuestro destino.

Ahora observen donde pongo la pequeña frase “en amor.” Estoy haciéndola parte del final del verso 4, no el inicio del verso 5.(1*)

La diferencia es la siguiente: sugiero que el verso cuatro dice, “nos escogió en El antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de El en amor.” “En amor” va con santidad y sin mancha y nos muestra lo que es la santidad.

La otra forma de leerlo asocia “en amor” con predestinar en el verso 5 y dice, “En amor nos predestinó para adopción como hijos.” Aquí se refiere al amor de Dios y nos dice en qué forma nos predestinó. El orden de las palabras en griego permite hacer ambas lecturas.

La razón principal por la cual sigo la versión King James y coloco la frase en el verso 4 y hago al amor la esencia de nuestra santidad se halla en el texto paralelo en 1 de Tesalonicenses 3:12-13 que dice así:

Que el Señor los haga crecer para que se amen más y más unos a otros…para que, cuando nuestro Señor Jesús venga con todos sus santos, la santidad de ustedes sea intachable [sin mancha] delante de nuestro Dios y Padre.

Me resulta sumamente notorio que hay por lo menos cuatro paralelos con nuestro texto: la palabra “amor” (“Que el Señor los haga crecer para que se amen más”), la combinación de sin mancha y santidad (“la santidad de ustedes sea intachable [sin mancha]”), la frase “delante de Él” (“la santidad de ustedes sea intachable delante de nuestro Dios”) lo que corresponde con la frase “santos y sin mancha delante de El” en Efesios 1:4; y la referencia a Dios como nuestro Padre reflejando el énfasis en nuestra adopción como hijos en Efesios 1:5.

Todo esto me dice que, así como el amor es el camino a la santidad en 1 Tesalonicenses 3:12, así el amor es también el camino a la santidad en Efesios 1:4. Así que vivir en amor y andar en amor es parte de nuestro destino en Efesios 1:4-5. Dios nos predestinó para que seamos sus hijos y esto significa que él nos destinó a ser como él – ser santos, sin mancha, o sea vivir en amor unos con otros y para con todos los hombres.

Juan lo expresa así en 1 Juan 3:10, “Así distinguimos entre los hijos de Dios…el que no practica la justicia no es hijo de Dios; ni tampoco lo es el que no ama a su hermano.”

Tu destino es ser santo como tu Padre es santo, y eso significa que tu propia esencia ha de ser amar, porque Dios, tu Padre, es amor (1 Juan 4:8). Estás predestinado a ser como tu Padre.

Pero ese no es tu máximo destino. Tu destino supremo está descrito en el verso 6. ¿Por qué nos predestinó Dios para ser hijos y ser santos e intachables y amor? El verso 6 dice: “para alabanza de la gloria de su gracia.” Ser santos e intachables y nuestro amor y adopción como hijos no son fines en sí mismos. Existen para algo mayor: la alabanza de la gloria de la gracia de Dios.

La meta final de Dios al elegir y predestinar es que Dios pueda ser alabado por su gloria. Y el punto más alto de esa gloria es la gracia. Esta es la meta final de nuestro destino. No existe mayor esperanza, no existe un mañana más grande, no existe un futuro más significativo, no existe una causa más valiosa por la cual vivir, que reflejar y alabar la gloria de la gracia de Dios por siempre y siempre.

La certeza de ese destino se halla cimentada en la libertad de Dios y en la completa suficiencia del trabajo de su Hijo Jesús.

2. Así que para concluir, consideremos brevemente la base de nuestro destino. Hemos visto la meta. Ahora miremos hacia la base o fundamento. En el verso 5 Pablo dice, “nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo.” Veamos lo que significa a través de Efesios 5:25-27.

25Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella 26para hacerla santa… 27para presentársela a sí mismo como una iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección, sino santa e intachable.
¡Las mismas dos palabras de Efesios 1:4! Dicho en otras palabras, la base para volverse santo y sin mancha delante Dios es el amoroso auto sacrificio de Cristo en tu lugar. La base de nuestro destino para ser santos e intachables en amor como hijos de Dios es la muerte de Jesús en nuestro lugar.

Significa que cuando Dios te escogió antes de la fundación del mundo, y te predestinó para que fueses su hijo santo, sin mancha, amoroso, él también predestinó a su Hijo a morir por ti. La base de tu destino no es sólo que el Hijo de Dios murió por ti, sino que Dios lo planificó así desde el principio. “Nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo.” El fin fue predestinado y los medios fueron predestinados. Nuestra santidad y la muerte de Jesús.

Pero la razón final, el fundamento más profundo para ser intachables y santos en amor no es la muerte del Hijo de Dios. El verso cinco nos señala una base aun más profunda, la libre y soberana voluntad de Dios.

El verso 5 dice, “Dios nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad.” El punto de este texto es enseñar a cada creyente esta mañana que debemos nuestra adopción en la familia de Dios al “beneplácito de la voluntad de Dios.” Fuimos escogidos antes de la fundación del mundo; fuimos predestinados para ser adoptados como hijos y a ser santos y a amar no por lo que habíamos hecho, o de acuerdo a lo que entendimos, o por quiénes fueron nuestros padres, o según nuestra raza, o por nuestro trasfondo religioso, o según donde vivíamos o conforme a nuestro trabajo o nuestro estatus o fortuna, o de acuerdo a nuestra voluntad. Fuimos escogidos y predestinados de acuerdo al beneplácito de la voluntad de Dios.

Y el motivo de la doble frase (no solo “por su voluntad” sino) “el beneplácito de su voluntad”, es para hacernos entender que Dios nos escogió y predestinó sin estar atado a ningún punto de referencia que no sea su propia voluntad soberana.

En resumen: la base de nuestra predestinación es el beneplácito de la voluntad de Dios, la meta de nuestra predestinación es la alabanza de la gloria de Dios, y los vínculos predestinados que conectan el beneplácito de su voluntad con la alabanza de su gloria son la muerte de su Hijo y la santidad de su pueblo.

Si estás confiado en Jesucristo en esta mañana las raíces de tu vida se plantaron en los eternos consejos de Dios, y las ramas de tu vida están creciendo hacia un futuro absolutamente seguro y glorioso con Dios. No hay días sin importancia en tu vida. Nunca tendrás que ir a la cama en la noche sintiendo que tu vida no va a ningún lado. Nunca tendrás que rendirte a la mentira de que no estás conectado a un propósito asombroso.

Porque Dios te escogió en Cristo desde antes de la fundación del mundo para que seas santo y sin mancha delante de él en amor; te predestinó para adoptarte como hijo para sí mediante Jesucristo de acuerdo al beneplácito de su voluntad para alabanza de la gloria de su gracia. Amén.

John Piper


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Dios puede. Dios quiere.

Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció —Mateo 8:2-3


Es probable que todos los cristianos crean que Dios tiene el poder para bendecir, sanar, proteger, prosperar y hacer que alguien prospere. Sin embargo, sabemos que no todos los cristianos creen que Dios quiere hacer todo eso por ellos. Mateo 8:1-3 registra la historia de un leproso que se acercó a Jesús en búsqueda de sanidad. Él dijo: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. El leproso no dudaba de la capacidad de Jesús para curarlo, pero no estaba seguro de que quisiera sanarlo a él, un leproso condenado al ostracismo por todos. En otras palabras, él creía en la omnipotencia de Dios, pero no estaba seguro de que el corazón de Dios fuera uno de amor y favor inmerecido hacia él. Estoy seguro de que conoces creyentes que son así. Pueden creer en el poder de Dios, pero no están seguros de la voluntad de Dios para con ellos. Saben que Dios puede, pero no están seguros de si quiere.
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Hacer mi morada en Dios

"El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente". (Salmos 91:1)
Dios tiene un lugar secreto donde nosotros podemos morar en paz y seguridad. Este lugar secreto es el lugar de descanso en Dios, un lugar de paz y consuelo. Este lugar secreto es un “lugar espiritual” donde la preocupación se desaparece y reina la paz. Es el lugar de la presencia de Dios. Cuando nosotros utilizamos tiempo orando, en búsqueda de Dios y morando en su presencia, estamos en el lugar secreto.
La palabra habitar significa “hacer nuestra morada; morar; vivir”. Cuando usted y yo habitamos en Cristo o habitamos en el lugar secreto, no visitamos ocasionalmente, sino que tomamos residencia permanente allí. En el Nuevo Testamento, una de las palabras griegas traducida habitar es la misma palabra morar en Juan 15:7 cuando Jesús dice: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho”.
Si usted y yo habitamos en Dios, es la misma cosa que morar con Dios. Juan 15:7 dice: “Si vives en mí [moras vitalmente unido a mí] y mis palabras moran en vosotros y continúan en tus corazones, pedid todo lo que queréis, y os será hecho”.
En otras palabras, necesitamos estar firmemente plantados en Dios. Necesitamos conocer el origen de nuestra ayuda en cada situación y circunstancia. Necesitamos tener nuestro lugar secreto de paz y seguridad. Necesitamos depender de Dios y confiar en Él completamente.
En el lugar secreto
"El que habita al abrigo del Altísimo morará"…(Salmo 91:1)
El salmista dice que el que habita en el lugar secreto estará sereno y seguro. El lugar secreto es un escondite, un lugar privado, o un lugar de refugio. Es el lugar donde corremos cuando estamos adoloridos, agobiados o a punto de desmayar. Es el lugar a donde corremos cuando estamos siendo maltratados o perseguidos, cuando estamos en gran necesidad o cuando creemos que ya no podemos más.
Recuerdo que cuando era niña vivíamos en una casa grande, espaciosa. (Mi madre limpiaba esa casa, y así era cómo obteníamos nuestro alquiler.) Era un edificio grande, recargado con muchas esculturas de madera, y muchos pequeños lugares secretos. Un día encontré uno de esos pequeños lugares secretos. Era un pequeño banco esculpido por debajo de la escalera al lado de una vidriera de colores. Aún ahora, todavía me veo sentada sobre el banco reflexionando. No sé qué reflexionaba como una niña pequeña, pero sí sé que tenía unos cuantos dolores y problemas. La vida en mi casa fue marcada por muchas situaciones domésticas de disgustos y perturbaciones.
Ese lugar, el pequeño banco esculpido, se convirtió en mi lugar secreto. Era allí donde yo iba cuando sentía miedo o necesitaba consuelo. Este versículo nos dice que Dios quiere ser nuestro escondite. Algunas personas en el mundo utilizan el alcohol como su escondite. Otros usan las drogas y otros la televisión. Algunos se deprimen y se arropan la cabeza con la colcha. Hay muchas personas en el mundo que están escondiéndose de muchas cosas.
En vez de mirar al mundo para escondernos, Dios quiere que encontremos nuestro escondite en Él. Esto es lo que Él quiso decir con la frase “El que habita al abrigo del Altísimo”. Cuando tenemos problemas, cuando estamos en peligro, Dios quiere que tomemos nuestro refugio bajo la sombra protectora de sus alas. ¡Quiere que corramos a Él!
Tomado del libro ¡Ayúdenme, siento preocupación! por Joyce Meyer.


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Jehova Rafa

El periodista le preguntó a la niña de tres años el nombre de su padre. Ella miró desconcertada, tomó fuertemente la mano de su padre y entonces respondió suavemente: “Papi”. Su padre, un general de cinco estrellas del ejército, altamente condecorado y un hombre muy influyente, le sonrió tiernamente a su hija después de escuchar su respuesta.

En su tierna mente, él no era un hombre con títulos, honores o incluso con un nombre o un apellido auspicioso. Él era una persona muy especial a quien ella llamaba “Papi”. En ese título residía todo cuanto ella necesitaba a su corta edad: amor, provisión, protección, diversión, seguridad y consuelo. Para otros, él podía ser el “General” o “Señor”; para esta pequeña él simplemente era “Papi”.

¿Qué importancia tiene un nombre? De acuerdo con el Diccionario Webster’s, un nombre es “una distinción designada a una persona o cosa”. Describe el carácter, la cualidad, la posición, la ubicación y la relevancia de cualquiera cosa a la que esté vinculado.

El significado de los nombres de las personas en las culturas bíblicas tenía una mayor trascendencia que en la actualidad. Reflejaba un aspecto de la naturaleza de la persona. A menudo, a un niño se le daba nombre de manera “profética” de acuerdo con una característica distintiva, su destino divino o un acontecimiento relevante en su nacimiento.

Por ejemplo, Jacob, que significa “el que suplanta o engaña”, caracterizaba la naturaleza embustera de este hijo de Isaac quien le robó a su hermano y engañó a su padre para que le diera la bendición patriarcal que le pertenecía a su hermano. Dios cambió el nombre de Jacob por Israel (“Dios gobierna” o “un príncipe de Dios”) después del encuentro redentor de Jacob con Dios.

Un hijo de Finees, el sacerdote, nació cuando el arca del pacto le fue robada a Israel en su derrota a manos del enemigo. El arca era la habitación para que la gloria de la presencia de Dios viviera en medio de ellos. De manera que su madre llamó al bebé: Icabod, que significa “sin gloria”. Su nombre describía el trágico acontecimiento que ocurrió en el tiempo de su nacimiento.

José era un seguidor de Cristo a quien los apóstoles llamaban Bernabé, que significa “hijo de consolación o ánimo” (Hechos 4:36). Vendió una propiedad y llevó el dinero a los apóstoles para los necesitados (v. 37). Fue el primero en hacerse amigo de Saulo de Tarso (más tarde llamado Pablo) cuando los demás apóstoles le temían.

Bernabé defendió a Saulo y lo ayudó a convencer a las iglesias de que realmente se había convertido y que ya no representaba un peligro para los creyentes. La vida de Bernabé reflejaba el significado de su nombre, era conocido por animar y consolar a los necesitados.

De la misma manera, Dios revela su carácter en los nombres que se da a sí mismo. Su nombre predominante es Jehová, el cual está escrito en la Biblia más de seis mil veces. Jehová significa: Dios y Señor supremo, el verdadero Dios, Aquel “que existe”.

Cuando Dios le dijo a Moisés que liberara a Israel de Egipto, le ordenó a Moisés que le dijera al pueblo: “YO SOY me envió a vosotros” (Éxodo 3:14). En nuestra mente, “YO SOY” necesita un calificativo, una descripción limitativa que le siga al tiempo presente del verbo “ser”: Yo soy . . . ¿qué? Al carecer de dicho calificativo debemos entender que Dios no tiene límites, Él es el supremo: Creador, Dios, Señor, Soberano del universo, entre otros miles “calificativos” que nos revelan su carácter y naturaleza.

Asombroso es la única palabra que puede describir a este gran e infinito Señor Dios, Jehová. Como criaturas finitas, nos sentimos insignificantes e impotentes ante tal grandeza infinita. Aunque Dios sea el gran YO SOY, sin límites, puede parecer increíble que prefiera que lo conozcamos como “Papi”.

Esta revelación de Dios como nuestro Padre es el mayor entendimiento que podamos recibir de la naturaleza del corazón amoroso de Dios. Su idea al crear a la humanidad, de acuerdo con las Escrituras, era tener una familia; hijos e hijas quienes aprendieran a conocerlo como “Abba, Padre”: Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos; ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios (Romanos 8:15–16).

¿Qué padre cariñoso no sufre cuando ve a su hijo en dolor, enfermo o afligido? Muchos han dicho que estarían dispuestos a resistir lo que su hijo esté padeciendo en lugar de ver al pequeño sufrir. ¿Cuánto más sufre el amor mismo (“Dios es amor”, 1 Juan 4:8) cuando ve a sus hijos en aflicción? Es lógico que YO SOY tenga una solución para la desventura de sus hijos. Él desea llenar nuestros corazones de su gozo.

Uno de aquellos maravillosos calificativos de YO SOY que Dios le comunicó a su pueblo Israel es Jehová Rafa que significa: “Yo soy Jehová tu sanador” (Éxodo 15:26). Rafa significa “sanar” en el sentido amplio y puede referirse literalmente a ser el médico de los hombres, como lo muestra en el pasaje al revelar primero su naturaleza sanadora. Asimismo, se refiere a la sanidad de aflicciones individuales, de heridas nacionales, a la restauración del favor, a la sanidad de aguas amargas y a la restauración hacia la plenitud de cualquiera otra situación que así lo requiera.

F. F. Bosworth explica la importancia del nombre de Dios para sanidad: “Jehová Rafa es el nombre dado para revelarnos el privilegio de ser sanados como parte de nuestra redención. Este privilegio es comprado por la Expiación [ . . . ] Esto es tan sagrado y vinculante para cada iglesia hoy como las ordenanzas de la cena del Señor y el bautismo cristiano. Jehová Rafa es uno de sus nombres redentores, el cual sella su pacto de sanidad”.

Usted no puede separar a Dios de sus nombres y esperar conocer al Dios vivo, el YO SOY. Él es quien dice ser o no es Dios. Y Dios nunca cambia. Este principio de su inmutabilidad rechaza toda falsa afirmación de que Él pueda ser un tipo de Dios en el Antiguo Testamento y otro en el Nuevo Testamento.

Más bien, entendemos que la revelación mostrada de su persona, carácter y naturaleza fue parcialmente revelada en el Antiguo Testamento. La naturaleza de Dios se mostró perfectamente a través de su Hijo, Jesús, en el Nuevo Testamento. Jesús les enseñó a sus discípulos que venía a revelar al Padre. Él dijo: “Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto” (Juan 14:7).

Lo único que podemos concluir desde el momento en que Dios se reveló a sí mismo a Israel como Jehová Rafa, “el Señor tu sanador”, es que Él continúa siendo el sanador de sus hijos. Él no ha cambiado su nombre. Jesús lo confirmó al llevar a cabo grandiosos milagros de sanidad cuando caminó sobre la tierra.

Como nuestro amoroso Padre celestial, Dios nos ofrece su propia naturaleza, el atributo divino de su amor sanador. Él no puede cambiar su carácter. Declaró a través de su profeta: “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta” (Números 23:19). El día de hoy Dios le dice: “YO SOY Jehová Rafa, el Señor tu sanador”.

—Extracto tomado del libro Palabras divinas que sanan, editora general Debbie Marrie. Una publicación de Casa Creación. Usado con permiso.
http://www.vidacristiana.com/

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Conocer a Dios





Más que conciencia

Antes que nada, cuando hablo de conocer a Dios, no me estoy refiriendo a estar conscientes de la existencia de Dios. Decir simplemente que Dios existe no dice mucho acerca de él, porque sería difícil no percibirlo de alguna manera si sabemos que él es un ser que lo abarca todo. Por tanto, cuando hablo de conocer a Dios, quiero decir más que estar consciente de su existencia.

Más que información

En segundo lugar, cuando hablo de conocer a Dios, quiero decir más que tener información acerca de él; es decir, saber que Dios es el Creador o el Poderoso, el Grande, el Majestuoso. Todos estos calificativos son ciertos, pero son insuficientes cuando hablamos de conocer a Dios.

Más que religión

Conocer a Dios significa más que tener una experiencia religiosa con Dios, o decir que podemos sentirlo. Es legítimo tener una experiencia emocional y religiosa con Dios, pero conocerlo significa más que eso.

Conocer a Dios implica más que conciencia, más que información y más que una experiencia religiosa. Conocer a Dios es tenerlo trasmitiéndote lo que Él es; es entrar en una relación con Dios, de tal manera que lo que Él es afecte lo que somos. Una de las grandes tragedias de hoy es que uno puede ir a una iglesia y tener una conciencia de Dios; ir a una iglesia y tener información acerca de Dios; y si tu iglesia tiene un gran coro, puedes ir a ella y "sentir" a Dios. Pero puedes salir de la iglesia sin que Dios nunca haya afectado tu vida.

Secreto

Me agrada lo que el gran predicador Charles Spurgeon dijo a su iglesia un domingo: Creo... que el estudio apropiado de los elegidos de Dios es Dios mismo; el estudio apropiado de un cristiano es la Deidad. La ciencia más elevada, la más excelsa reflexión, la más encumbrada filosofía, que puedan cautivar la atención de un hijo de Dios, es el nombre, la naturaleza, la persona, la obra y los hechos, y la existencia del gran Dios a quien llama su Padre.

Por eso, así dicen las Escrituras: "No se alabe el sabio en su sabiduría, ni se alabe el valiente en su valentía, ni se alabe el rico en sus riquezas. Más bien, alábese en esto el que se alabe: en entenderme y conocerme." Jer 9:23 El secreto para conocer a Dios es dedicar tiempo al estudio de Dios. El estudio de Dios es la actividad más significativa de la vida.

Pero no sólo la más significativa de la vida, sino además la más auténtica. En Juan 17, Jesús ora con estas palabras: "Padre, la hora ha llegado. Glorifica a tu hijo para que el Hijo te glorifique a ti, así como le diste autoridad sobre todo hombre, para que dé vida eterna a todos los que le has dado. Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien tú has enviado." La vida nunca podrá ser lo que estuvo destinada a ser para cada uno de nosotros, a menos que consista en la vida de Dios vivida en nosotros.

Conocer a Dios es vivir la vida como Él se propuso que la viviéramos. Por eso es que Jesús dijo que Él había venido para darnos vida y para darla en abundancia. La vida nunca podrá ser vivida como Dios se propuso que fuera vivida, sin el conocimiento de Él. Sin embargo, muchos de nosotros queremos vivir nuestra vida utilizando nuestro insignificante cerebro para comprenderlo todo. Queremos una vida de calidad sin un Dios de calidad que nos diga lo que tenemos que hacer. Pero no podremos tenerla. Nuestro cerebro es demasiado pequeño, nuestro conocimiento demasiado limitado, y nosotros demasiado finitos para vivir la vida que estamos llamados a vivir, aparte del conocimiento de Dios.

Si quieres la vida no vayas tras ella. Ve tras el conocimiento de Dios, porque la vida auténtica significa conocerlo a Él. Si no estás teniendo éxito en tu vida, es porque no estás teniendo éxito en el conocimiento de Dios. Lo que necesitas no es buscar la vida, sino a aquel que puede darle la vida.

Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, 
y a Jesucristo, a quien tú has enviado.  
Jun 17:3


Fuente: Nuestro Dios es maravilloso, Tony Evans
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Iniciativa de Dios


Caminando por las calles vi numerosos santuarios y gente que se arrodillaba frente a ellos... y uno tenía la inscripción: "Al Dios no conocido".
Así comienza el apóstol Pablo su discurso en el Areópago, con delicadeza, viendo que los atenienses adoraban a un Dios vivo, pero no lo conocían. Gente religiosa, que a tientas adoraba al Señor, careciendo de la verdadera intimidad con Dios.

Esto ocurre hoy día. Hay gente que visualiza un dios sentado cómodamente, distante, separado, desinteresado e indiferente a las necesidades de los mortales, hasta que los gritos constantes de éstos lo sacan de la modorra en que vive, y resuelve intervenir en su favor. Un dios a quien tienen miedo, y por las dudas, repiten largas oraciones o rituales para no ser castigados. Tal concepto es falso. La Biblia revela a un Dios que toma la iniciativa, se levanta de su trono, deja la gloria, se rebaja y humilla para buscar al hombre, mucho antes que éste, que se halla envuelto en oscuridad y hundido en el pecado, se le ocurra volverse a Él.

El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él es Señor del cielo y de la tierra. No vive en templos construidos por hombres, ni se deja servir por manos humanas, como si necesitara de algo. Por el contrario, Él es quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas.

Hay quienes viven ignorando a Dios, y deciden dejar "eso de la fe" para más adelante, cuando las cosas les vayan no tan bien como ahora, o cuándo estén cercanos a morir. También por ellos Jesús murió. Dios los ama, los espera con los brazos abiertos, y tienen el acceso abierto a Él. Siempre es Dios quien toma la iniciativa, quien da el primer paso. Antes que el ser humano tratara de buscarle, Él ya le había buscado. Nunca podemos tomar a Dios por sorpresa, nunca podemos anticiparnos a Él, y no es Su voluntad que alguien se pierda. El perdón está dispuesto para todos.

Ser cristiano no es aceptar una colección de ideas religiosas o un catálogo de reglamentos. Ser cristiano es creer en Jesús y en las buenas nuevas, es decir, las buenas noticias dadas a nuestro favor, las cuales declaran lo que Dios hizo en Cristo por amor. "Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna." Jn 3:16

PO. - mujerdevanguardia.blogspot.com
Hch 17:23-25. Cristianismo básico, John Stott.
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Ironman



"Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia."
Mat 3:17

El hijo le pide a su papá: "Papá, quieres participar en un maratón conmigo?" El papá, a pesar de su problema del corazón, le contesta: "Sí, hijo". Participaron, entonces, en su primer maratón juntos.

Después de ese, Dick y Rick Hoyt hicieron muchos maratones más. El papá siempre contestando "sí" a su hijo, que siempre quería hacer una carrera más.

Un día, el hijo desafía al padre, diciéndole: " Papá, participemos de un Ironman juntos". Otra vez el papá contestó que sí. El Ironman es la prueba más difícil del mundo. Es una carrera en 3 etapas: una prueba de natación en el mar de 3.86 km, sigue una carrera a bicicleta de 180.2 km, y finalmente, una carrera a pie de 42.195 km en la costa del Big Island.


Una vez más, el papá y su hijo enfrentaron el desafío y completaron el Ironman juntos.

Para comprender bien esta historia, tendrás que mirar el video. Seguramente el hijo pudo decir "Yo y el padre uno somos" Jn 10:30 y "Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar." Lc 10:22

"El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano." Jn 3:35



Publicado por mujerdevanguardia.blogspot.com - Aporte: Margit
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¿En problemas?


Cuando los problemas se agolpan en tu cabeza, y te ves tras las rejas de la desesperación...
Cuando el silencio se hace insoportable, y la soledad comienza a crecer...
Cuando el mañana es tan incierto que prefieres que no llegue...
Cuando el dinero no alcanza y la comida se acaba...
Dios te dice: "Soy el Señor, tu Dios, que sostiene tu mano derecha; yo soy quien te dice:“No temas, yo te ayudaré.”(Is 41:13)
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