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Video: Por las llagas de Jesús

Por las llagas de Jesús 
mis dolencias el llevo 
fue la sangre que el vertió 
que mis culpas el lavo 

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Así comienza esta hermosa canción de adoración que interpreta Marcela Gándara, y realizada en video por Jenny Lara
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Definiendo la adoración

La adoración se trata sencillamente del valor. La definición más sencilla que puedo ofrecer es esta: La adoración es nuestra respuesta a lo que más valoramos. Es por eso que la adoración es esa cosa que hacemos todos. Es nuestra esencia misma en cualquier día dado. La adoración tiene que ver con decir: «Esta persona, esta cosa, esta experiencia (este lo que sea) es lo que más me importa... es la cosa de supremo valor en mi vida». Esa «cosa» quizá sea una relación. Un sueño. Una posición. Una condición social. Algo de tu propiedad. Un nombre. Un empleo. Algún tipo de placer. Le llames como le llames, esta «cosa» es lo que has concluido en tu corazón que es lo que tiene más valor para ti. Y lo que sea que tiene mayor valor para ti es, lo adivinaste, lo que adoras.
La adoración es, en esencia, declarar lo que más valoramos. Como resultado, la adoración estimula nuestras acciones, convirtiéndose en la fuerza motriz de todo lo que hacemos y no hablamos solo de la gente religiosa. El cristiano. El que va a la iglesia entre nosotros. Nos referimos a todo el mundo del planeta tierra. Una multitud de almas que proclaman con cada aliento lo que es digno de su afecto, de su fidelidad. Proclamando a cada paso qué adoran.
Algunos de nosotros asistimos a la iglesia de la esquina profesando adorar al Dios vivo por sobre todas las cosas. Otros, que pocas veces ponen un pie en la puerta de la iglesia, dirían que adorar no es parte de su vida porque no son «religiosos». Sin embargo, todo el mundo tiene un altar. Y todo altar tiene un trono.
Así que, ¿cómo sabes dónde adorar y qué adorar? Es fácil. Solo sigue el rastro de tu tiempo, tu afecto, tu energía, tu dinero y tu fidelidad. Al final del sendero encontrarás un trono; y lo que sea, o quien sea que esté  en ese trono, es lo que más vale para ti. En ese trono está lo que adoras.
Seguro, no muchos de nosotros andamos por ahí diciendo: «¡Yo adoro mis cosas. Adoro mi empleo. Adoro este placer. La adoro a ella. Adoro mi cuerpo. ¡Me adoro a m!'».
Con todo, el rastro nunca miente. Es posible que digamos que valoramos esta o aquella cosa más que cualquier otra, pero el volumen de nuestras acciones habla más alto que nuestras palabras. Al final, nuestra adoración es más sobre lo que hacemos que lo que decimos.
Todos adoramos siempre algo. ¿Y sabes qué? Somos en verdad buenos en eso. Si lo piensas, la historia no ha conocido escasez de adoración. La vida de la humanidad está llena de billones de pequeños ídolos. Toda cultura, en cada rincón de la tierra, de todas las edades ha tenido sus dioses. Solo viaja alrededor del mundo y observa la adoración. Estudia las grandes civilizaciones y explora sus templos. La pregunta obligatoria para mí es: «¿Por qué?». ¿Por qué ansiamos algo para adorar? ¿Por qué nos atrae un ídolo tras otro de forma tan insaciable, necesitando con desesperación algo para defender, algo para exaltar, algo para adorar? ¿Cómo sabemos con seguridad que algunas cosas son más importantes que otras, más dignas de adoración? ¿Cómo sabemos siquiera que existen el mérito, la belleza, el valor?
Pienso que esto se debe a que nos diseñaron de esa manera. Nos hicieron para Dios. La Biblia lo dice de esta manera: Todas las cosas se han creado por medio de Él; y todas las cosas se  hicieron para Él. Dios te creó. Ycomo si eso fuera poco, también te creó para Él. Como resultado, existe un radiocompás interno remachado en lo más hondo de tu alma que ansía de forma perpetua a su Hacedor. Un imán interno dirigido hacia Dios, halando tu ser hacia Él. Con la imagen de Dios impresa, sabemos que hay alguien al cual unirnos, alguien con quien encajamos, alguien a quien pertenecemos, en alguna parte que llamamos hogar. Es por eso que salimos del vientre equipados para la conectividad con Dios con la preconexión para la adoración. Y es por eso que, desde la más temprana edad, comenzamos a adorar.

Del libro "Mi respirar", Louie Giglio



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El poder de la alabanza

Durante treinta años el padre de Jim había sido alcohólico. Todos aquellos años, la madre de Jim y, más tarde, Jim y su joven esposa, rogaron a Dios que le sanara, pero sin resultado aparente. El padre de Jím no quería admitir que tuviera un problema con el alcohol y se ponía furioso si alguien le mencionaba algo sobre religión.
Un día, Jim me oyó decir algo sobre el poder que se experimenta cuando empezamos a alabar a Dios por cada cosa en nuestra vida, en lugar de interceder para que cambie las circunstancias que nos son dolorosas.
Jim puso la cinta de audio grabada de esta reunión una y otra vez para que la oyesen sus amigos. Pero un día se dio cuenta de que él mismo nunca había intentado dar gracias a Dios por la condición de su padre. En seguida, fue a buscar
a su esposa para hacerle partícipe de este pensamiento. -Querida -le dijo-- ¡demos gracias a Dios porque él ha permitido que nuestro padre tenga esta tentación con el alcoholismo y alabémosle porque ello es parte de su plan maravilloso para su vida!
Durante el resto de aquel día dieron gracias y alabaron a Dios por cada aspecto de esta situación y, al anochecer, sintieron una emoción Y una expectación nuevas.
Al día siguiente, los padres fueron a -comer a casa del hijo como tenían la costumbre de hacer todos los domingos. Comúnmente, el padre de Jim se quedaba el menor tiempo posible después de la comida, marchándose enseguida. Pero esta vez, de repente, y mientras tomaba una taza de café, hizo una pregunta muy significativa.
_¿Qué piensan en cuanto a este movimiento denominado Revolución de Jesús? -preguntó dirigiéndose a Jim-. He leído algo acerca del mismo en el diario la otra noche. ¿Se trata sólo de una novedad o es algo real que experimentan esos muchachos que estaban drogados?
La pregunta llevó a una larga discusión acerca del cristianismo, y el matrimonio mayor no se marchó hasta bien entrada la noche.
Después de algunas semanas, el padre de Jim reconoció su problema respecto de la bebida, se volvió a Jesucristo y fue completamente curado.
Ahora, él se une al resto de la familia pata contar a otros lo que puede resultar de la alabanza a Dios.
-Date cuenta -le dijo Jim a su esposa- que durante treinta años le pedimos a Dios que cambiara a mi padre. Sólo durante un día le alabamos por su sabiduría de hacernos vivir con este problema, y mira lo que ha ocurrido.

Muchos de nosotros usamos las frases "¡ Alabado sea Dios!", y "¡ Gracias a Dios!", con tanta soltura, que llegan a perder su verdadero significado.
Alabar, según el diccionario, significa ensalzar, celebrar, elogiar, aclamar expresando también aprobación.
El alabar, entonces significa que aceptamos, o que estamos de acuerdo con lo que aprobamos. De modo que, alabar a Dios por una situación difícil, una enfermedad o una desgracia,significa literalmente que aceptamos o aprobamos lo que está ocurriendo como parte del plan de Dios para nuestra vida. Realmente, no podemos alabar a Dios sin estar agradecidos por aquello por lo cual le estamos alabando. Y, realmente, no podemos estar agradecidos sin sentirnos gozosos por todo aquello por lo que le damos gracias. La alabanza, entonces, comprende la gratitud y el gozo.
El mero hecho de que alabamos a Dios y no a un destino o azar desconocidos significa también que aceptamos el hecho de que Dios es responsable de lo que sucede. De otro modo, no tendría objeto darle gracias.

"Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. 
Dad gracias en todo; porque ésta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús"
(1 Tesalonicenses 5: 16-18).

He encontrado muchas personas que alaban a Dios por sus circunstancias, simplemente porque aceptan la palabra de la Biblia que enseña a alabar a Dios por cada cosa. Alabando a Dios, experimentan pronto el resultado de una actitud de constante gratitud y gozo, y, a su vez, su fe es fortalecida y pueden continuar viviendo de este modo.

Tomado de El poder de la alabanza, Merlin Carothers



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No es un juego


"El hombre entonces se inclinó, y adoró a Jehová, y dijo: Bendito sea Jehová, Dios de mi amo Abraham, que no apartó de mi amo su misericordia y su verdad, guiándome Jehová en el camino a casa de los hermanos de mi amo" (Gn. 24:26-27).

¿Qué significa adorar a Dios? Significa darle toda la gloria a El. Si todo sale bien después de que oramos y decimos que tuvimos suerte, que las circunstancias cambiaron a nuestro favor en el momento justo, o que nosotros mismos hicimos un buen trabajo, no damos gloria a Dios. Una persona que conoce a Dios, reconoce que no puede hacer otra cosa que inclinarse y adorar a Dios cuando ve que El actúa. El siervo de Abraham ni siquiera se detuvo para hablar con Rebeca. Lo primero que hizo fue adorar a Dios. No le dio vergüenza inclinarse instantáneamente; inclinó su cabeza y dijo: “Dios, te adoro”.

¿Qué es la adoración? Adorar a Dios es dar gloria a El cuando hace lo que desea en nosotros. Dar gloria a Dios equivale a adorarle. Debemos ver la relación que existe entre dar gloria y adorar. Darle la gloria a Dios significa adorarlo. La gloria que le damos a Dios no es otra cosa que adoración. Al inclinarnos delante de El le ofrecemos adoración. Adorar a Dios es inclinarnos ante El y decirle: “Me someto a Ti”. Las personas orgullosas no pueden adorar a Dios, porque cuando su camino es próspero, lo atribuyen a su propia habilidad o a la suerte. Dicen: “Qué inteligente fui al decir esto o aquello”. Piensan: “Tuve la suerte de encontrarme con tal persona”. Personas así jamás dan la gloria a Dios, pues no adoran a Dios. Un verdadero adorador de Dios le ofrece alabanzas y acciones de gracias por todo lo que ha hecho por él y todo lo que le sobreviene a lo largo del camino. Permítanme decir que muchas veces no podremos evitar arrodillarnos y darle gloria a Dios. Sólo diremos: “Dios, te adoro”.

Cuando el siervo de Abraham fue a la casa de Rebeca, explicó su misión a Labán, a Betuel y al resto de la familia de Rebeca, y les dijo que quería llevarse a Rebeca consigo en su viaje de regreso (Gn. 24:34-49). Después de que Labán y Betuel escucharon el relato, reconocieron la mano de Jehová y dejaron ir a Rebeca (vs. 50-51). Tal vez digamos que Eliezer tuvo mucha suerte o que él era muy astuto, y que por eso todo le salió bien. Si decimos tal cosa, demostramos que no conocemos a Dios ni lo hemos visto. Pero aquí vemos a una persona que conocía a Dios y había visto Sus hechos. El tenía una característica especial. Aun cuando su camino fue extraordinariamente próspero, no se alegró con aquellos que estaban con él ni les dio las gracias; simplemente se postró en tierra ante Jehová (v. 52). Esta es verdadera adoración.

El viaje del siervo de Abraham fue muy próspero, pero tenía una característica especial: la reacción que tenía frente a todo lo que se le presentaba era adorar inmediatamente a Jehová. Adorar no es un juego. Si realmente deseamos adorar a Dios, encontraremos vez tras vez que El nos da muchas oportunidades para hacerlo.

"Todas las naciones que hiciste vendrán y adorarán delante de ti, Señor,
Y glorificarán tu nombre."
Sal 86:9

P.O., W. Nee - www.mujerdevanguardia.blogspot.com
Foto: Guitarra de Guitar Hero
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