Habitar en Dios



“Jehová es mi roca y mi fortaleza, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; Mi escudo, y el fuerte de mi salvación, mi alto refugio; Salvador mío; de violencia me libraste. Invocaré a Jehová, quien es digno de ser alabado, Y seré salvo de mis enemigos” (2 Samuel 22:2-4).

No deberíamos suponer que simplemente porque seamos cristianos hemos aprendido el secreto de permanecer en Cristo. Jesús dijo: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Juan 15:7). Permanecer en Él es vivir en incesante fusión con sus pasiones; es haber encontrado la habitación de Dios en la que ninguna barrera ni sombra existen entre nuestra debilidad y su suficiencia, o entre nuestro anhelo y el cumplimiento de Él.

Considerando el tamaño de las promesas de Dios, en realidad es una desgracia que la mayoría de nosotros no tengamos nada más que algunos minutos de tiempo a solas con Dios cada día y un servicio en la iglesia o dos por semana.

El refugio de Dios no es solamente un lugar para visitar a Dios, sino también un lugar para habitar con Él. Para aquellos que habitamos con Dios, su presencia no es meramente nuestro refugio; es una dirección permanente. Cuando permanecemos en Cristo, al igual que Él y el Padre son uno, así nosotros nos convertimos en uno con Él. Es su vida, su virtud, su sabiduría y su Espíritu lo que nos sostiene. Nos volvemos perfectamente débiles, incapaces de resistirnos a Él. Al igual que la relación del Hijo con el Padre, así también nosotros no hacemos nada por propia iniciativa a menos que sea algo que le veamos hacer a Él. Si Él no requiriese de nosotros nada más que nuestro amor, estaremos bien contentos. Jesús es nuestra primera elección, y nuestro último recurso.

Para quienes hemos entrado en el lugar permanente, nuestras preguntas no tratan sobre doctrinas o pronunciar la oración adecuada en un altar. Hemos descubierto a aquel a quien ama nuestra alma. Somos constreñidos y guiados por su voz, rendidos y encarcelados en su amor. Él dice: “Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes, muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz; porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto” (Cantares 2:14).

Esta comunión del corazón entre Cristo y su novia es una fortaleza. Es el refugio de Dios de las angustias y las distracciones de la vida. Aquí Él nos dice qué orar; aquí nuestras súplicas son respondidas. Sin embargo, a pesar de nuestros fallos y de la debilidad de nuestras oraciones, para Él nuestra voz es dulce; a pesar de nuestra bajeza, nuestro aspecto es agradable ante sus ojos.*


* Francis Frangipane, El refugio de Dios.

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Santidad = luz radiante



Cuando existe verdadera santidad en la vida de un cristiano, ella produce a su alrededor una luminosidad y un resplandor. Los bebés y los niños pequeños, cuyos espíritus son todavía puros e incontaminados, y que por lo tanto están más cerca de la presencia real de Dios, también emanan esta luz. Su luz es visible por cuanto sus corazones son transparentes y veraces. Para nosotros, el camino a la luz radiante de la santidad es esta misma senda detransparencia y verdad. Ella es la vía que nos lleva al oro puro del reino de Dios.

Cuando nuestro enfoque es claro

Desde el momento en que Cristo entra en nosotros, somos santos, separados para Dios. Este tipo de santidad es la misma santificación que hizo que los utensilios utilizados en el servicio del templo fueran santos: santos porque fueron usados en el servicio del Señor. No tenían virtud alguna en sí mismos; el material del cual estaban hechos no sufrió ningún cambio. En ese sentido es que el cristiano, en general, es santo. Pero la santidad que buscamos es la realización de nuestra separación. Pretendemos una santidad que refleje en nuestras vidas la presencia de Dios en los cielos. Queremos tener ambas cosas: Su naturaleza y su calidad de vida.

Siendo que la verdadera santidad produce en nosotros la vida real del Espíritu Santo, debemos estar seguros de saber lo que es el espíritu.

El espíritu de Dios es amor, no religión. Dios es vida, no ritualismo. El Espíritu Santo hace en nosotros mucho más que sencillamente “hablar en lenguas” o testificar. El Espíritu nos guía a la presencia de Jesús. Mediante nuestra unión y comunión con Jesucristo recibimos nuestra santidad.

Repito que la santidad que procuramos tener no es un conjunto de normas legales o legislativas, sino la calidad de vida del mismo Cristo. El Espíritu Santo obra en nosotros no solamente un nuevo deseo de amar, sino que nos imparte el mismo amor de Jesús. Desarrollamos mucho más que una fe común en Jesús. En realidad comenzamos a creer como él, con su misma calidad de fe. Es Dios en nosotros quien nos hace santos. Dejemos que él nos sacuda, que nos baje de nuestras cómodas perchas, hasta que con gran temblor y gozo, con profunda adoración y temor santo nos aproximemos a la realidad divina, a Dios mismo, quien nos ha llamado a ser suyos por su propia voluntad y propósito.

“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3: 16). El Espíritu de Dios habita en nosotros. A la luz de esta verdad, hagámonos otra vez la antigua pregunta: “¿Qué es el hombre?” Sabemos cómo lucimos ante las demás personas, pero si en verdad Dios mora en nosotros, ¿cómo nos ven los ángeles o los demonios? ¿Qué luz nos señala en el mundo espiritual, qué iluminación nos rodea, qué gloria declara al mundo invisible: “Tenga cuidado, este es un hijo de Dios?” Piense en ello: El Espíritu del creador, quien desde el principio tuvo el propósito de hacer al hombre a su imagen, está en usted…ahora.

La santidad es un cuerpo lleno de luz
Hay límites. Hay condiciones. Usted no puede servir a dos señores. No puede servir a la luz y a las tinieblas, al pecado y a la justicia, al yo y a Dios. La luz está en usted, pero lo rodean las tinieblas. Nuestro mundo es un mundo en oscuridad. Nuestras mentes carnales siguen siendo un teatro de las tinieblas. En un mundo de opciones debemos optar por la luz. Por eso es que Jesús enseñó que debemos tener determinación y ser de un solo propósito si deseamos llegar a ser hijos de luz plenamente maduros. Él dijo: “La lámpara del cuerpo es el ojo; cuando tu ojo es bueno, también todo tu cuerpo está lleno de luz; pero cuando tu ojo es maligno, también tu cuerpo está en tinieblas” (Lucas 11: 34).

Si su voluntad y su corazón están enfocados en Dios, su cuerpo está lleno de luz, y está expresando con plenitud la gloria de Dios en usted. Pero si es de doble ánimo, si está viviendo en pecado o consintiendo pensamientos pecaminosos, su luz se disminuye proporcionalmente hasta que su cuerpo se llena de tinieblas. Jesús continuó advirtiendo: “Mira, pues, no suceda que la luz que en ti hay, sea tinieblas” (Lucas 11: 35).

Si usted no hace nada por su salvación, si no busca a Dios, o decide desobedecerlo, está en oscuridad. No se consuele con una esperanza carente de propósito de que algún día, y de alguna manera, será mejor. ¡Ármese de determinación! Porque si la luz que hay en usted son tinieblas, qué terrible serán las mismas tinieblas. Mi querido hijo o hija de luz: ¡usted debe odiar las tinieblas! Porque ellas son las sustancia del infierno; son el mundo sin Dios.

Pero nuestra esperanza es luz, no oscuridad. Sus pies están andando la senda de los justos, que “como la luz de la aurora va en aumento hasta que el día es perfecto” (Proverbios 4: 18). “Así que, si todo tu cuerpo está lleno de luz, no teniendo parte alguna de tinieblas, será todo luminoso, como cuando una lámpara te alumbra con su resplandor” (Lucas 11: 36). Este versículo nos muestra un cuadro muy claro de la apariencia de la santidad en su madurez: nuestros cuerpos son radiantes de gloria, así como cuando una lámpara alumbra en su plenitud. ¡Qué tremenda esperanza que podamos ser íntegramente iluminados con la presencia de Dios, que no haya “parte alguna de tinieblas” en nosotros! Un manto de luz y de gloria espera a los que son espiritualmente maduros, a los Santos de Dios, un manto similar al que Jesús lució en el Monte de la Transfiguración. Un esplendor no para la eternidad sino para lucirlo aquí “...en medio de una generación maligna... en medio de la cual resplandecemos como luminares en el mundo” (Filipenses 2: 14-15).

“Porque en otro tiempo eráis tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz” (Efesios 5: 8) Ahora usted es un hijo o hija de luz. Estas no son solo figuras de retórica, o frases literarias. ¡La gloria de Dios está en usted, y lo rodea y circunda! Esa es una realidad espiritual. ¿Pero qué de las tinieblas que todavía hay en usted? Pablo continúa diciendo: “Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino mas bien, reprendedlas; porque vergonzoso es aún hablar de lo que ellos hacen en secreto. Mas todas las cosas cuando son puestas en evidencia por la luz, son hechas manifiestas; porque la luz es lo que manifiesta todo” (Efesios 5: 11-13).

No oculte sus tinieblas, expóngalas a la luz. No las excuse con simpatía; confiéselas. Ódielas. Renuncie a ellas. Porque en la medida que las tinieblas continúen ocultas, continuarán dominándolo. Pero cuando la oscuridad la exponemos a la luz, se transforma en luz. Cuando usted toma sus pecados secretos y con confianza los lleva al trono de la gracia de Dios en confesión, él lo limpia de toda iniquidad (1 Juan 1: 9). Si peca otra vez, arrepiéntase otra vez. Hágalo hasta que el hábito del pecado se rompa en su vida.

Como los buscadores de oro de tiempos pasados: reclame el derecho de propiedad de su mina en el reino de Dios, y esté listo a defender ese derecho sobre el “oro puro” del cielo (Apocalipsis 3: 18). Y cuando acampe frente al trono de la gracia, algo eterno comenzará a brillar en usted como carbones encendidos en un horno. Y al persistir con el todopoderoso, el fuego sacro de su presencia consumirá la madera, el heno y la hojarasca de sus antiguos caminos. Poder como el que Jesús tenía habitará en su ser interior. Los ángeles se asombrarán porque su oro será refinado, sus vestidos serán luz, y su vida será santa.

Este mensaje fue adaptado de un capitulo en el libro del Pastor Francis La santidad, la verdad y la presencia de Dios – publicado en español por Editorial Asociación Buena Semilla – Disponible a la venta en Editorial Arrow Publications Inc.”

http://ministeriofrancisfrangipane.blogspot.com

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Sin el evangelio no hay salvación


En 1Cor. 15:1-2 Pablo recuerda a los corintios que fue precisamente por medio de la proclamación de la buena noticia del evangelio que ellos fueron salvados por Dios. Ellos escucharon el evangelio predicado por Pablo, lo recibieron por fe, y de esa manera fueron hechos partícipes de todos los beneficios de la obra redentora de Cristo.
“Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano” (1Cor. 15:1-2).
Es por eso que Pablo dice en Rom. 1:16 que “el evangelio es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree”, porque es a través de la proclamación de ese mensaje que el Espíritu Santo produce en el corazón del pecador una profunda convicción de pecado y de impotencia, moviéndolo así a poner toda su confianza en Cristo para el perdón de sus pecados.
De manera que ese mismo mensaje que muchos desprecian como una increíble tontería, es lo que Dios usa para magnificar Su poder. Ese es el argumento de Pablo en 1Cor. 1:18-25: “Porque la palabra de la cruz (el evangelio) es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios… Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres”.
Los hombres quisieran algo más complicado para alimentar su propio ego, algo más difícil de entender, o más difícil de hacer. Pero lo que Dios pide del hombre es que acepte por fe la buena noticia del evangelio; que reciba de todo corazón lo que Él nos ofrece en Cristo de pura gracia: el perdón de todos nuestros pecados y el don gratuito de la vida eterna, únicamente por medio de la fe en Él.
Paradójicamente, es la buena noticia contenida en el evangelio lo que lo hace tan detestable al hombre incrédulo. Recibir ese mensaje implica un reconocimiento de nuestra pecaminosidad e impotencia delante de Dios. El pecador prefiere una religión que le de buenos consejos de las cosas que tienen que hacer para poder conectarse con Dios y alcanzar Su favor, que recibir por fe la buena noticia de lo que Él ya hizo por medio de Su Hijo y Su obra redentora.
El evangelio humilla la soberbia humana y exalta únicamente la gracia de Dios en Cristo. Pero es precisamente por eso que puede ser un instrumento poderoso en las manos de Dios para alcanzar a los perdidos, porque nadie será salvado sin ser primero humillado.

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Celebridades en la casa de Dios?

Una de las marcas distintivas de esta época es la obsesión con las celebridades: En el mundo del cine, de la música popular, del deporte, de la moda. Mucha gente quiere estar al tanto de lo que hacen los famosos: de lo que compran, de los lugares que visitan, de la ropa que usan; de quién está saliendo con quién, o quién se separó de quién.
Es toda una obsesión que ha creado un enorme mercado de consumo. Y lamentablemente la iglesia de Cristo no es inmune a crear celebridades: los predicadores más conocidos o los de las iglesias más grandes, los que venden más libros, los cantantes cristianos.

Incluso podemos llegar a pensar que tales personas son más importantes en la presencia de Dios que aquella madre cristiana que casi nadie conoce fuera del círculo de su familia y de sus hermanos en la fe, y que está luchando en dependencia del Señor para criar a sus hijos para Él; o aquel pastor de una iglesia rural que sólo tiene 20 miembros y que nunca va a ser invitado a predicar en una iglesia reconocida.
Pero lo cierto es que Dios no mide a Sus hijos por sus dones, y mucho menos por su fama. De hecho, Él ha determinado valerse de gente débil para que a final de cuentas sólo Su nombre sea glorificado. Esa es una de las enseñanzas de Pablo en 1Cor. 1:26-31:
“Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor”.
Somos personas ordinarias a quienes Dios ha encomendado una labor extraordinaria, para que la excelencia del poder sea de Él y no nuestra (2Cor. 4:7). A final de cuentas, es por la gracia de Dios que somos lo que somos (1Cor. 15:10); consecuentemente, debemos ministrar de tal manera que nuestro Dios se lleve toda la gloria, porque solo a Él le corresponde (Rom. 11:36).

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Jesús es el camino



Jua 14:6

(BAD)  —Yo soy el camino, la verdad y la vida —le contestó Jesús—. Nadie llega al Padre sino por mí.

("CJ")  Le dice Yeshúa: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.Nadie va al Padre sino por mí.

(Jer 2001*)  Le dice Jesús: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí.

(LBLA)  Jesús le dijo*: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.

(NBLH)  Jesús le dijo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por Mí.

(OSO)  Jesús le dice: YO SOY el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.

(DHH L 1996*)  Jesús le contestó:
 –Yo soy el camino, la verdad y la vida. [1] Solamente por mí se puede llegar al Padre.

(BLS)  Jesús le respondió: —Yo soy el camino, la verdad y la vida. Sin mí, nadie puede llegar a Dios el Padre.


(PDT)  "Jesús le dijo: -Yo soy el camino, la verdad y la vida. Solamente por mí se llega al Padre."

(BLA*)  Jesús contestó: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí.

(NRV2000**)  Jesús le dice: YO SOY el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.

(RV 1960)  Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.

(Oro*)  Le respondió Jesús : Yo soy el camino, la verdad, y la vida: Nadie viene al Padre sino por mí.

("Kadosh")  Yahshúa dijo: "YO SOY EL CAMINO Y LA VERDAD Y LA VIDA; nadie viene al Padre, excepto a través de mí.

(VM)  Jesús le dice: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.

(NBJ)  Le dice Jesús: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí.

(BL95)  Jesús contestó: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí.

(BPD)  Jesús le respondió: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí.

(BTX)  Jesús le dice: Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida; nadie viene al Padre sino por mí.

(NT NV°)  עשוהי le dijo, Yo soy el Derej, la Emet, y la Jayim: nadie viene al Abba sino por Mí.

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