Unos a otros



Jesús nos ha llamado a la amistad, no solo con Él sino con sus seguidores. No me agradan las despedidas, especialmente en el campo misionero porque ocasionalmente me pongo sentimental. La última ocasión fue relamente dura para mi.

He pasado seis dias compartiendo con una iglesia en Tarapoto, Peru e invertí una gran cantidad de tiempo y energía animando a las personas, especialmente algunos líderes jóvenes. Cuando me llegó el momento de pasar a través del punto de cotejo de seguridad en el aeropuerto, cerca de 18 de estos hombres y mujeres irrumpieron a través de las puertas del vestíbulo y se reunieron alrededor mio y de Diego, mi traductor.

“El Cristianismo, en principio, se trata de relaciones. A diferencia de las religiones del oriente, en las cuales los individuos buscan un estado solitario como el Zen para descubrir la verdad, el cristianismo nos llama a seguir a Dios como una comunidad de amor.”

Yo me perdí. Traté de caminar alrededor del círculo para decir adiós a cada persona: Giancarlos, Jhor, Dalia, Juanita, Roberto, David, Cristian, Clavela, Rays. Cada vez que alguien me abrazaba, me echaba a llorar. Para el momento en que abrazé al último hermano, Enrique, ya era un completo desastre. La gente en el aeropuerto se quedaban atónitos mirándonos, pero esa no era la peor parte. Mi corazón se apretaba en mi pecho.

Cuando llegué a mi asiento en el avión, me compuse, fue entonces que me di cuenta que esto es una parte vital del cristianismo. Nuestro evangelio fluye desde el corazón. Nuestra fe está basada en la grandiosa verdad de que un Dios amoroso vino a la Tierra para reparar nuestra relación quebrantada con Él. Desde entonces, Dios ha enviado a personas a través de océanos y montañas para hablarle a otros acerca de su amor. Ellos ocasionalmente han tenido que experimentar dolorosas despedidas.

El cristianismo, en principio, se trata de relaciones. Aunque ciertamente la Biblia contiene teología, no es un libro de doctrinas secas. Es un relato dramático de hombres y mujeres que aprendieron a amarse unos a otros en su caminar con Dios. A diferencia de las religiones del oriente, en las cuales los individuos buscan un estado solitario como el Zen para descubrir la verdad, el cristianismo nos llama a seguir a Dios como una comunidad de amor.

Jesús modeló este mensaje al invertir tiempo en sus discípulos. El no flotó alrededor montado sobre una almohada como Yoda mientras lanza palabras de sabiduría de otro mundo. Él caminó con sus amigos. Se ensuciaron los pies juntos. Él pescó con ellos, comió con ellos y anduvo con ellos.

Marcos 3:14 dice que Jesús estableció a los doce "para que pudieran estar con Él y para enviarlos a predicar". Tenga en cuenta que su relación con ellos no era sólo acerca de la tarea de ministerio. ¡Él quería su amistad!

En ocasiones entendemos esto al revés. Tendemos a valorar más la ejecución religiosa, sin embargo estamos en banca rota en lo que ha relaciones se refiere. Nos sentamos juntos en inumerables reuniones pero nunca abrimos el corazón unos a otros. Incluso algunos ministros me han admitido que no tienen amigos. Hemos creado un cristianismo robótico y programado que cuenta cabezas pero carece del corazón amoroso del Nuevo Testamento.

He tenido demasiado de esta religión esteril. He aprendido que el ministerio no se trata de obtener grandes masas, llenar asientos, tabular tarjetas de visita o provocar grandes aplausos. No se trata de correr la pista del crecimiento de la iglesia. La religión que se enfoca en cosas externas es una basada en la ejecución.

¿Cómo catalogas tu amistad con Dios? ¿Intima? ¿Distante? ¿Fría? ¿Qué tal tus relaciones con otros? ¿Tienes amigos cercanos? ¿O vives tu fe en una carcel solitaria?

Le digo a los cristianos por todo el mundo que ellos necesitan tres tipos de relaciones en su vida:

“Pablos” son padres y madres espirituales en quienes confias. Todos nosotros necesitamos cristianos maduros y sabios que nos guien, oren por nosotros y nos ofrezcan consejos. Mis mentores me han animado cuando he querido renunciar y me enfocan hacia delante cuando pierdo de vista las promesas de Dios. En el camino de la fe, no debes sentirte caminando en la oscuridad. Dios le dio a Rut una Noemí y a Josué un Moisés. Pídele a Dios un mentor.
“Bernabeses” son pares espirituales los cuales son amigos cercanos. Ellos conocen todo sobre ti y aun así te aman por igual. ¡Ellos también están dispuestos a corregirte de ser necesario! Ellos te proveen un lugar para rendir cuentas en áreas de tentaciones personales. Además, ellos estarán dispuestos a permanecer despiertos toda la noche orando por ti cuando enfrentes una crisis.
“Timoteos” son cristianos más jóvenes que tu ayudas a crecer. Jesús nunca nos habló de organizar multitudes pero si nos enconmendó hacer discípulos. El discipulado relacional toma mucho tiempo y energia pero el invertir tu vida en otros es una de las experiencias más enriquecedoras en la vida. Una vez que derramas tu vida en otro hermano o hermana y los ves madurar en Cristo, nunca volverás a la religión superficial.
Jesús lo dijo de la mejor manera cuando le dijo a sus seguidores: “Ya no os llamaré más siervos... pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer” (Juan 15:15). La vida cristiana es una relación vibrante y de amor con Dios, pero no termina ahí. Oro para que abras tu corazón e inviertas en las personas alrededor tuyo.

J. Lee Grady

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El gobierno soberano de Dios sobre el pecado

Con respecto al gobierno soberano de Dios sobre el pecado la Biblia enseña claramente al menos 3 cosas: En primer lugar, que las acciones pecaminosas de los hombres sólo pueden ocurrir por el permiso de Dios y conforme a Su propósito. Esa es una de las grandes lecciones que aprendemos de la vida de José; sus hermanos pecaron contra él de diversas maneras, pero al revelárseles en Egipto, José les dice estas asombrosas palabras:

“Ahora, pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros” (Gn. 45:5).

¿Quiénes lo vendieron? Ellos lo hicieron. ¿Quiénes fueron los responsables de esa acción? Ellos otra vez. ¿Pecaron los hermanos de José al tratarlo como lo trataron? Sí. Pero aún así José les dice que fue para preservar la vida de muchos que Dios lo envió a Egipto. Y más adelante, luego de la muerte de Jacob, les dice:

“Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo” (Gn. 50:20).

Dios usó el pecado de los hermanos de José para llevar a cabo Sus propósitos buenos y santos. Pero el caso más impresionante de todos es el de nuestro Señor Jesucristo. Dice en Hch. 4:27-28:

“Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera”.

En este pasaje vemos claramente la responsabilidad humana envuelta en la muerte del Señor. Herodes, Poncio Pilato, los gentiles y el pueblo de Israel se unieron para llevar a cabo sus planes perversos contra el Hijo de Dios. Ellos hicieron lo que quisieron, y al hacerlo pecaron gravemente contra Dios. Pero a final de cuentas, llevaron a cabo lo que Dios había propuesto en Su consejo eterno que sucediera.

En segundo lugar, la Biblia también nos enseña que Dios restringe el pecado de Sus criaturas. No todos los planes malvados que el hombre concibe son llevados a cabo, y cuando son permitidos por Dios, éstos no pueden llegar en su intensidad más lejos del permiso divino (comp. Sal. 76:10; Is. 10:5-7, 15).

En tercer lugar, también vemos en la Biblia que Dios usa el pecado de los hombres para obrar Sus buenos y sabios propósitos a través de ellos, sin ser autor de pecado y sin quitar al hombre su responsabilidad al cometerlos:

“Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio” (Hab. 1:13).

“Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido” (Sant. 1:13).

“Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1Jn. 1:5).

¿Cómo podemos congeniar todas estas enseñanzas bíblicas? Debo decir de antemano que Dios no nos ha revelado toda la información que necesitamos para desvelar por completo este misterio de este lado de la eternidad. Pero hay algunas cosas que sí nos fueron reveladas en las Escrituras.

Lo primero que debo decir aquí es que al usar la palabra “permitir” no lo hago en el sentido de dejarle libertad de acción a las criaturas para que actúen fuera de Su control soberano, como si Dios fuera un espectador pasivo de las acciones malvadas de los hombres. Como bien señaló Teodoro Beza, el sucesor de Calvino, la palabra “permiso” es apropiada si lo que significa es que “Dios no actúa en el mal, sino que deja a los hombres a merced de Satanás y de sus propias concupiscencias”. En otras palabras, el decreto de Dios incluye dejar a algunos hombres seguir el curso de su propia maldad, sabiendo que a final de cuentas el pecado de ellos cumplirá el propósito de Dios (como sucedió en el caso de José y en el del Señor Jesucristo).

En ese sentido, no podemos igualar la obra salvadora que hace Dios en los elegidos y Su actuación en aquellos que finalmente se pierden. O para decirlo de otra forma, la actuación de Dios al endurecer el corazón del pecador no es idéntica a la obra que Él hace en los pecadores elegidos al transformar sus corazones de piedra en corazones de carne.

La Escritura revela claramente que Dios endurece el corazón de los pecadores (Ex. 7:3; Rom. 9:18; 11:7; 2Cor. 3:14); pero también enseña que es el hombre quien endurece su propio corazón (Ex. 8:15; Sal. 95:8; Is. 63:17; Mt. 19:8; He. 3:8, 13). En todos estos textos es tan claro como la luz del medio día que el hombre es responsable y culpable de su dureza.

El decreto de Dios con respecto a los réprobos, entonces, contempla dejarlos actuar conforme a su inclinación pecaminosa. Mientras que en el caso de los que se salvan, es Dios, y solo Dios, el que transforma sus corazones para que, libertados ya del pecado, escojan libremente lo bueno (1R. 8:58; Sal. 51:10; Is. 57:15; Jer. 31:31-34; Ez. 11:19; 36:26; 2Cor. 3:3; 4:6; He. 10:16).

Los teólogos que redactaron los Cánones del Sínodo de Dort fueron muy cuidadosos en afirmar “que las Iglesias Reformadas no sólo no reconocen, sino que también rechazan y detestan de todo corazón” la idea de “que la reprobación es la fuente y causa de la incredulidad e impiedad de la misma manera en que la elección es fuente y causa de la fe y de las buenas obras”.

En otras palabras, ellos rechazaron vehementemente la enseñanza de aquellos que equiparan la acción de Dios en los que se salvan y la acción de Dios en los que se pierden. O si queremos ponerlo de otra manera, estos teólogos condenaron la idea de que, así como la elección de Dios es la causa final de la salvación de los elegidos, así también la reprobación de Dios es la causa final de la incredulidad e impiedad de los que se pierden. No. Los perdidos se condenarán porque decidieron voluntaria y libremente mantenerse en su incredulidad e impiedad. Como dice C. S. Lewis, a todos aquellos que quisieron mantener a Dios lo más lejos posible de sus vidas, al final Dios les dirá: “Hágase tu voluntad”.

Por otro lado, en vez de perturbarnos por esta enseñanza de las Escrituras, debemos dar gracias a Dios de que el pecado no está fuera de Su control y de que nosotros como criaturas no podemos en nuestro pecado frustrar Sus designios, porque de no ser así este mundo sería un infierno, un caos total. No habría restricción ni consuelo, porque estaríamos a expensas de la maldad de los demás; y, lo que es peor aún, de nuestra propia maldad. ¿Cómo podría Dios prometer, en Rom. 8:28, que todas las cosas obran para el bien de aquellos que aman a Dios, esto es, de los que conforme a Su propósito son llamados, si Dios no tuviera control de todas las cosas, incluyendo el pecado de los hombres?

Somos agentes libres en el sentido de que nuestras decisiones no vienen determinadas desde afuera. Pero Dios posee tal control sobre Su creación, y aún sobre las causas que determinan nuestras acciones, que nuestros pecados no solo no lo toman por sorpresa, sino que en Su sabiduría infinita llevará Su plan a cumplimiento, algunas veces frustrando nuestros designios pecaminosos, y en otras ocasiones usándolos para Sus propósitos santos, buenos y sabios, como hizo en el caso de José, o en el caso de la crucifixión de nuestro Señor Jesucristo.

Ese es nuestro Dios, el Dios que se revela en las Escrituras y el Dios al cual adoramos. Hemos de reconocer que hay muchas cosas de Su providencia que no comprendemos. Pero ¿cómo puede un hombre finito pretender comprender a un Dios infinito? El es una Roca bajo la cual podemos refugiarnos precisamente porque es más grande que nosotros. Si Dios pudiese ser plenamente comprendido por Sus criaturas sería de nuestro tamaño, y un Dios de nuestro tamaño no puede ofrecernos toda la protección que necesitamos.

© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo.

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Quién eligió a quién?

En la declaración de Pablo, en el capítulo 1 de su carta a los Efesios, de que los creyentes hemos sido bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales, en Cristo. Pero luego Pablo continúa diciendo que todas esas bendiciones vienen a nosotros de acuerdo al plan eterno de Dios. Él nos bendijo con toda bendición espiritual “según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo”.

Todas esas bendiciones no llegaron a nuestras vidas por casualidad, ni por capricho, y mucho menos por algo bueno que Dios haya visto en nosotros. Dios nos bendijo con toda bendición espiritual, porque así había determinado hacerlo desde antes de la fundación del mundo. Este no fue un plan de último minuto, algo que a Dios se le ocurrió de repente hacer. Todo esto fue hecho conforme a la intención eterna de Dios.

Y eso nos coloca frente a una de las doctrinas más impopulares, más atacadas y más abusadas de toda la Escritura: la doctrina bíblica de la elección soberana de Dios. Muchos crujen sus dientes contra esta enseñanza; se sienten profundamente molestos cuando nos escuchan hablar de un Dios soberano que hace todas las cosas según el designio de Su voluntad. En otras palabras, no soportan la idea de que de que Dios ejerza Su prerrogativa de ser Dios.

Pero la Biblia enseña con toda claridad que nuestro Dios es soberano, y que antes de la fundación del mundo Él escogió libremente a un grupo de personas para salvación, y a los otros los dejó sumidos en su justa condenación.

Y noten que Pablo incluye esta gloriosa verdad de las Escrituras en una carta enviada a creyentes comunes y corrientes quienes debían unirse a Pablo bendiciendo a Dios y alabando Su nombre, por haberlos escogido para salvación desde antes de la fundación del mundo. Obviamente él no pensaba que estas cosas debían quedar ocultas, o que solo debían ser estudiadas en un seminario teológico.

Por la importancia de esta doctrina en la vida del cristiano me sentí motivado a postear algunas ideas que podemos extraer de los versículos 3 al 6 de Efesios 1. Les ruego que pongamos a un lado las etiquetas y prejuicios teológicos y observemos con cuidado lo que Pablo dice en este pasaje:
  
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado”.

 Al acercarnos al estudio de estos versículos hay dos palabras claves que debemos notar. En el vers. 4 Pablo dice que Dios nos escogió, y en el vers. 5 que Dios nos predestinó. Fuimos escogidos, fuimos predestinados. Ambos términos son muy similares en significado.

“Escoger” significa “hacer una selección”. Esta palabra se usa en Lc. 6:13 para hablar de la selección que hace Cristo de los doce apóstoles. Ellos no decidieron ser apóstoles de Cristo; Cristo los seleccionó soberanamente de entre la multitud que lo seguía para ser Sus apóstoles. Pues lo mismo tenemos aquí. Dios nos escogió para salvación. Como dice nuestro Señor en Jn. 15:16: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros”.

La segunda palabra que aparece en nuestro texto de Ef. 1 es “predestinación”. Esta es la traducción de la palabra griega “proorizo”, palabra compuesta de “pro” que significa “de antemano”, y “orizo” de donde proviene nuestra palabra “horizonte”. El horizonte es la línea que divide el cielo de la tierra. La idea de esta palabra es, entonces, trazar un límite de antemano. Dios soberanamente trazó una línea, y a algunos los destinó de antemano para ir al cielo. Podemos revelarnos contra esta verdad de las Escrituras, pero es imposible evadir el hecho de que eso es lo que la Biblia enseña (comp. Rom. 8:28-30; 9:16; 11:32-36). Veamos lo que Pablo nos enseña en este texto con respecto a la elección.

En primer lugar, Pablo establece la base de esa elección. “Según nos escogió en Él”. Cuando Dios nos incluyó en Su plan soberano Él sabía que no merecíamos ser incluidos. Pero Cristo se comprometió de antemano a pagar completamente nuestra deuda. Es en ese sentido que fuimos elegidos en Él. De no haber sido por la segunda Persona de la Trinidad nunca habríamos sido parte del plan redentor de Dios.

En segundo lugar, Pablo establece claramente el momento de la elección: Fuimos escogidos “desde antes de la fundación del mundo”. En otras palabras, esta selección se hizo en la eternidad. Antes del inicio del tiempo, antes de la creación de todas las cosas, Dios nos incluyó soberanamente en Su plan de redención.

En tercer lugar, vemos el propósito de la elección. ¿Para qué nos escogió Dios? Pablo responde dos cosas: por un lado nos dice que Dios nos escogió “para ser santos y sin mancha delante de Él”. No fue que Él vio algo bueno en nosotros y por eso nos escogió, no. Él nos vio más bien en nuestro pecado, en nuestra impiedad, y nos escogió para hacernos santos (comp. Ef. 2:1-3). La santidad es un fruto de la elección, no su causa.

El mejor comentario de este texto es el que encontramos en la carta de Pablo a Tito (2:11-14). Dios el Padre nos escogió, y Dios el Hijo murió en una cruz, para que nosotros fuésemos un pueblo santo, un pueblo de hombres y mujeres apartados para Dios, viviendo bajo los principios de Su voluntad revelada.

Ese propósito divino en la elección debe repercutir en nuestras vidas como cristianos. Positivamente debemos tener la ambición de ser santos, de conformarnos cada vez más al carácter santo de Dios. Negativamente debemos tener la ambición de ser sin mancha, irreprensibles. Amparados en la gracia de Dios debemos apartarnos de toda apariencia de mal, dice Pablo en 1Ts. 5:22. Para eso fuimos escogidos.

Esa obra de santificación se inicia en nosotros en el momento mismo de la conversión, cuando nuestros corazones son purificados y librados de la esclavitud del pecado; continúa desarrollándose en nuestra vida práctica en la medida en que hacemos uso de los medios de gracia que Dios ha provisto; y será finalmente perfeccionada cuando seamos glorificados, totalmente perfeccionados, luego de la venida en gloria de nuestro Señor Jesucristo.

El propósito de Dios al elegirnos de ninguna manera será frustrado. Algún día nos presentaremos delante de Él y seremos perfectos. Pero no solo eso. En el vers. 5. Pablo nos dice también que fuimos escogidos, predestinados en amor, “para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo”.

Hoy día, cuando hablamos de adopción pensamos de inmediato en niños pequeños, pero en el tiempo de Pablo no se solían adoptar bebés, sino personas adultas. Si un hombre rico no tenía herederos, buscaba una persona que fuese digna a quien dejarle toda su herencia, y lo adoptaba como su hijo. De inmediato esa persona tenía derecho sobre todos los bienes del hombre rico. Y eso es lo que Pablo tiene en mente cuando habla aquí de adopción. Nosotros somos ahora hijos de Dios, con todos los derechos filiares de un hijo, porque Dios nos adoptó. Solo que cuando Dios decidió hacer eso nosotros no éramos dignos herederos Suyos. Por eso primero nos justificó, poniendo en nuestra cuenta la justicia perfecta de Cristo, y luego nos adoptó ahora que hemos sido perdonados.

Por eso dice Pablo una vez más que todo eso ocurrió en Jesucristo. En virtud de la obra redentora de Su Hijo que nos es aplicada por la fe, el Juez de toda la tierra nos declara “sin culpa”, y luego nos recibe como hijos en Su familia, y pone sobre nosotros Su nombre, y nos concede liberalmente un sinnúmero de beneficios porque ahora Él es nuestro Padre y nosotros somos Sus hijos. Así que Dios nos escogió para ser santos y para ser adoptados como hijos Suyos.

Pero también vemos en el texto, en cuarto lugar, la razón por la cual Dios nos escogió: “… según el puro afecto de Su voluntad” (vers. 5). La elección de Dios no fue arbitraria o caprichosa. Una decisión arbitraria es aquella que se toma sin razón alguna. Pero en el caso de Dios, Él sí tenía una razón para escogernos, solo que esa razón se encuentra en Él, no en nosotros. Él nos escogió conforme a Su benevolente soberanía, por Su bondad que es santa y que no posee motivos impuros en ella. Eso es todo lo que nos ha sido revelado al respecto y, por lo tanto, es todo lo que debemos decir. Dios se deleitó en amarnos desde antes de la fundación del mundo, y conforme a ese amor soberano nos eligió. Por eso dice en el vers. 5 que fuimos predestinados en amor.

En quinto lugar, y finalmente, Pablo nos muestra en el texto el propósito ulterior de Dios en hacer todo esto: “Para alabanza de la gloria de Su gracia” (vers. 6). La meta final hacia la cual se mueve todo lo antes dicho es el reconocimiento en adoración (eso es alabanza) de la excelencia divina (eso es gloria) manifestada en favor de los indignos (eso es gracia).

Y una vez más, Pablo conecta todo esto con la persona de Cristo: “Para alabanza de la gloria de Su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado”; literalmente el texto dice que esa gracia nos fue bondadosamente conferida, gratuitamente impartida sobre nosotros “en el Amado”. Dios el Padre ama a Su Hijo, con un amor eterno e inalterable, y nosotros estamos en Él. En virtud de esa unión, nosotros somos ahora el objeto del amor del Padre, y beneficiarios de todas Sus bendiciones.

Y a la luz de todo esto yo me pregunto, ¿acaso existe un privilegio más grande que ser cristiano? Nuestro Dios nos ha bendecido “con toda bendición espiritual”; nosotros somos ahora los beneficiarios de las riquezas de Su gracia, somos coherederos de Dios juntamente con Cristo, y algún día entraremos en el disfrute pleno y eterno de esa herencia. Y todo eso, porque Dios de pura gracia nos amó cuando no había nada digno en nosotros que nos hiciera merecedores de ese amor. ¿Acaso no deberían nuestros corazones llenarse de sobrecogimiento, de gozo y gratitud, y nuestras bocas de alabanza, ante un cuadro como el que Pablo nos presenta en este pasaje?

Oh, que Dios nos conceda vivir a la altura de nuestros privilegios, que podamos mostrar al mundo la gloria de Dios a través de una vida santa y gozosa, independientemente de las circunstancias adversas en que nos encontremos en estos momentos. Que al igual que Pablo seamos movidos a levantar nuestros corazones y nuestras voces para bendecir a Aquel que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales, en Cristo.

© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo.

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No regresa vacía

Isaías nos enseña que la Palabra que sale de la boca de Dios (lo cual creo que también puede ser nuestra boca, dedicada a Él) no regresa vacía. Sino que lleva a cabo aquello para lo que ha sido enviada. La Palabra de Dios es la semilla, y cuando la liberemos en la Tierra, veremos buenos resultados.

"Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié." (Isaías 55:10–11).

Nosotros somos los representantes de Dios en la Tierra, sus portavoces, y el apóstol Pablo nos ordena imitarlo. Como sus representantes, debemos confesar su Palabra tal como Él lo haría. Debemos confesarla audazmente, con autoridad, creyendo que tiene poder para cambiar nuestra vida y nuestras circunstancias.

Este principio ha cambiado mi vida. Algunas veces he dejado que el principio se escabulla, pero el Espíritu Santo siempre es fiel y me recuerda confesar su Palabra. Algunas veces paso más tiempo de lo normal confesando la Palabra de Dios en voz alta. Puedo decir con seguridad que ha sido una parte regular de mi vida a lo largo de estos años. No creo que yo pudiera estar donde estoy ahora si no hubiera aplicado este poderoso principio bíblico en mi vida.

Tome poderosos versículos y pasajes en orden temático que le permitan comenzar a confesar la Palabra en voz alta con respecto a sus necesidades específicas. Hágalo una disciplina espiritual. Libere su fe al pronunciar las Escrituras con su boca y prepárese para ver cambios asombrosos en su vida.

"Y me dijo: Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos? Y dije: Señor Jehová, tú lo sabes. Me dijo entonces: Profetiza sobre estos huesos, y diles: Huesos secos, oíd palabra de Jehová [ . . . ] Profeticé, pues, como me fue mandado; y hubo un ruido mientras yo profetizaba, y he aquí un temblor; y los huesos se juntaron cada hueso con su hueso [ . . . ] Y profeticé como me había mandado, y entró espíritu en ellos, y vivieron, y estuvieron sobre sus pies; un ejército grande en extremo." (Ezequiel 37:3–4, 7, 10).

Estas escrituras son un ejemplo sorprendente de cómo pueden cambiar las cosas al profetizar (declarar) la Palabra de Dios. ¡Declarar con regularidad la Palabra de Dios con su boca produce una vida poderosa y victoriosa!

Ahora conoce el secreto: el poder de la Palabra es desatado cuando la confiesa en voz alta. ¡Tome la decisión de comenzar hoy!
del libro El poder secreto para declarar la Palabra de Dios por Joyce Meyer.
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Ordena tu vida...


Ordena tu casa, porque tú morirás, y no vivirás. Isaías 38:1 

Estas fueron las Palabra de Dios, dirigidas a un rey de la antigüedad.
Ordena tu casa, ordena tu vida, porque vas a morir.
¿Que pasaría si Dios nos hiciera saber que tenemos tan solo un año de vida.?
Algunas personas tratarían de dejar en orden todo lo que tenga que ver con la parte económica para que su familia esté bien.
Pagarían un seguro de vida, harían trámites de sucesión de bienes para que sus familiares lo hereden, pondrían en orden los títulos de propiedad de sus casas, a fin de que los suyos, puedan verse beneficiados, despues de su "partida".
¿Que pasaría si nos dijeran que nos queda solo un mes de tiempo.?
Allí, con menos tiempo, tratarían algunos de disculparse con familiares con los cuales estaban enemistados.
Irían otros a saldar sus dudas con aquel amigo al cual trataton injustamente.
Tratarían de dejar todas las cosas lo más pacíficas posibles. ¿Verdad.?

¿Y si nos dijeran que tuviéramos un día... solamente de vida.?
Sin duda iríamos y abrazaríamos a nuestra familia y le diríamos lo mucho que la amamos. Si somos padres, seguramente hablaríamos con nuestros hijos y con nuestra esposa o esposo, para dejar todas las cosas en "orden", y demostrarle todo el afecto posible. Si no, con nuestros hermanos o padres, para que también ellos puedan recibir de uno, la "ultima manifestación" de cariño. Sea como sea, nunca será suficiente el tiempo que necesitamos para poner "todas las cosas en orden".


Pero hay una cosa que sí podemos poner en orden, y que no hemos mencionado en toda la lista de prioridades. Debemos poner el orden el destino eterno de nuestra alma, después de la muerte. No pensar en ello, sería como armar nuestras maleta, para emprender un viaje, cuyo destino desconocemos.
Pero hay algo más... en este "viaje" no se puede llevar ningún equipaje!

1Timoteo 6:7 Porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar.


Estimado amigo/a:
En Cristo está la seguridad de nuestro viaje, El es el boleto a la vida eterna.
Solo Dios sabe cuando nos llamará de este mundo.
Lo importante es tener resuelto nuestro destino eterno.
Si crees en Cristo como tu salvador, habrás puesto en "orden" lo principal de tu vida. ¿Lo has hecho ya.?
Cristo quiere perdonar tus pecados, haciendo un obra en tu corazón, de modo que El pueda decir: "Esta vida está en orden." Y de esta manera podrás tener el boleto preparado para el "viaje" a las mansiones eternas, ya que serás un hijo/a de Dios. Si aún no has "ordenado tu vida espiritual" te ruego que hoy lo hagas.

Ya que nunca sabes cuando recibirás el llamado de Dios.


Mateo 16:26 Porque ¿de qué aprovecha al hombre, si granjeare todo el mundo, y perdiere su alma...


Por Alejandro Riff © 2008 - www.PalabraFiel.com.ar





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La era de fuego

¿Por qué Dios exaltó a Jesús a su diestra? Incluso en los más importantes comentarios, muy pocos escriben acerca de este asunto. La ascensión de Cristo parece ser un tema de estudio que se descuida. ¿Tiene tan poca importancia? Jesús declaró que su ascenso sería conveniente para nosotros (Juan 16:7). Él nos dijo que, a menos que subiera al Padre, no experimentaríamos algo que nos sería esencial. Sin la ascensión del Señor, no recibiríamos el bautismo en el Espíritu.

Miremos atrás a todo lo que hizo Jesús. Juan escribe que sus hechos fueron tantos, que si se escribieran todos, no cabrían los libros en el mundo. Entonces, ¿qué sería eso que Él no hizo cuando estaba en la tierra? Juan el bautista lo dijo: “Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego”. Él no lo hizo mientras estaba en la tierra. Jesús vino del cielo, y tenía que regresar allá, por medio de la cruz y la tumba, antes de que pudiera comenzar la parte final de su misión.

Nada de lo que Jesús hizo en la tierra podría describirse como bautizar con el Espíritu Santo y fuego. En ninguna de sus poderosas obras—su predicación, su enseñanza, sus sanidades, o en su muerte y resurrección—Él bautizó con el Espíritu Santo. Jesús hizo mucho por sus discípulos. Les dio autoridad para realizar misiones de sanidad, pero partió de esta tierra sin bautizarlos con el Espíritu Santo.

Tal bautismo no podía ocurrir hasta que Él fuera al Padre. En verdad, el Señor no solo dijo esto, sino que lo enfatizó. Él entró a la gloria para ocupar un oficio del todo nuevo, el oficio del que Bautiza con el Espíritu Santo. Esta es la razón por la cual ascendió al Padre. El Antiguo Testamento desconoce de tal bautismo. Es la “cosa nueva” de Dios. Jesús nos da muchas otras bendiciones en este tiempo, por supuesto. Es nuestro Sumo Sacerdote, nuestro Abogado y nuestro Representante.

Sin embargo, Él no mencionó estas funciones. Solo describió la venida del Espíritu. Luego de su ascenso, y nunca antes, el Espíritu vino y “aparecieron lenguas repartidas como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos” (Hechos 2:3). Años atrás, los altares del tabernáculo de Moisés y del templo de Salomón habían recibido fuego puro del cielo. En Pentecostés, las llamas en el aposento alto vinieron de la misma fuente celestial. Jesús tiene todo el poder en su mandato. Él está en la sala de control.

El fuego de Dios en Jesús

En términos de emoción humana, el fuego de Dios se traduce en pasión; el tipo de pasión que vemos en Jesús. Sin embargo, Él no solo era apasionado en sus palabras. Cuando iba en su viaje final a Jerusalén, leemos: “Iban por el camino subiendo a Jerusalén; y Jesús iba delante, y ellos se asombraron, y le seguían con miedo.” (Marcos 10:32).

Ellos vieron cómo Él se apresuraba en proseguir. Lucas lo expresó de esta manera: “Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén.” (Lucas 9:51).

De alguna manera el fuego en su alma se manifestaba en su apariencia externa. Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús vio la profanación del templo. Los discípulos entonces tuvieron evidencia adicional de su pasión, y recordaron las palabras del salmista: “me consumió el celo de tu casa” (Salmo 69:9). Con todo, era un enojo mezclado con amor, no furia fría. Jesús no era un fanático frenético. Él amaba la casa de su Padre.

Su deseo era ver a las personas en el templo, adorando con libertad y felicidad. Sin embargo, el comercialismo en él lo había estropeado todo. Su corazón se desbordó como un volcán. El fuego en su alma lo hizo purificar el templo. Sus acciones produjeron temor, y muchos salieron huyendo de la escena. “Y vinieron a él en el templo ciegos y cojos, y los sanó” (Mateo 21:14).

Era eso lo que Él había deseado hacer, y esa fue la razón por la que su enojo alcanzó la temperatura de un horno. Su indignación apuntaba al gozo. Jesús recibió el canto de los niños diciendo: “¡Hosanna!”.

“Pero los principales sacerdotes y los escribas, viendo las maravillas que hacía, y a los muchachos aclamando en el templo y diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! se indignaron. (Mateo 21:15).

Esta es la única ocasión en la Escritura en que se reprende el entusiasmo por Dios; la única vez que se demandó silencio en los atrios del Señor. Fueron los fariseos los que demandaron el silencio; la alabanza al Señor estaba ahogando el tintineo en sus cajas de dinero. ¡Se enmudeció la música del dinero! Todas estas reacciones de Jesús son parte del cuadro del “fuego del Señor”.


Tomado del libro Evangelismo de poder por Reinhard Bonnke
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¡Proteja la marca!

¡Nombre, marca e imagen! En un mundo lleno de nomenclaturas, manipuladores de ficheros y gurús de mercadeo, hemos llegado a comprender en la realidad actual que hay poder en un ¡nombre! Compramos automóviles, ropa, comida, computadoras y hasta papel higiénico, dejándonos llevar por la marca y el nombre. Le damos importancia a los nombres. Exaltamos y honramos nombres de artistas, políticos, presidentes, reyes, deportistas y demás.

No obstante, nada es más santo, más sagrado ni debe ser más honrado y respetado que el nombre de nuestro Dios todopoderoso. Jesús comenzó la oración más poderosa en toda la humanidad declarando: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.

¿Qué significa santificado sea tu nombre? Quiere decir que no hay nada más santo que el nombre de Dios; santo es su nombre. No significa que hacemos santo su nombre, sino que su nombre ya es santo. Isaías dio testimonio del clamor del serafín en Isaías 6:3 (NVI): “Santo, santo, santo es el Señor todopoderoso”.

Cuando santificamos su nombre reconocemos que nuestro Dios no es cualquier Dios, Él es el Dios santo. En un mundo lleno de decepciones, Dios sigue siendo santo. En una cultura llena de mentiras y engaños, Dios sigue siendo santo. En un tiempo lleno de falsedades de todo tipo, Dios sigue siendo santo. En una era repleta de relativismo y confusión, Dios sigue siendo santo. En una realidad en la cual políticos, deportistas, actores de Hollywood y predicadores fallan, Dios sigue siendo santo. ¡Santo es el Señor, Dios todopoderoso! ¡Santificado sea su nombre!

Entonces, ¿cómo santificamos su nombre? Con nuestro testimonio. Verá, en Génesis nadie sabía el nombre de Dios, sólo por el nombre de aquellos que lo seguían. Esta idea revolucionaria, que transformó la historia, de que sólo hay un Dios (monoteísmo), se dio a conocer mundialmente no sólo por el nombre que lleva sino por las personas que llevan su nombre.

En otras palabras, lo conocían como el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Aún hoy día, Dios se conoce por aquellos que lo siguen. Por eso es que nuestro testimonio es importante.

Su testimonio importa. Su narración importa. Como señaló una vez el pastor, autor y orador estadounidense Tony Campolo, el testimonio triunfa sobre los títulos. Faraón tenía el título, pero Moisés tenía el testimonio. Acab tenía el título, pero Elías tenía el testimonio. Nabucodonosor tenía el título, pero Sadrac, Mesac y Abed-nego tenían el testimonio. Además, ¡hace más de 2,000 años Herodes tenía el título, pero Jesús tenía el testimonio! De manera que deje que su luz alumbre; Mateo 5:16 y su nombre serán santificado.

Tiene que santificar su nombre al confiar en Él. El Salmo 9:10 dice: “En ti confiarán los que conocen tu nombre”. No podrá santificar su nombre a menos que confíe en Él. No importa lo que esté pasando, confíe en Él. Si conoce su nombre, entonces confiará en Él.

¿Por qué? Porque el nombre del Señor dice Proverbios 18:10 es “torre fuerte es el nombre de Jehová; A él correrá el justo, y será levantado”.

¿Qué está santificando? ¿Hacia dónde está corriendo? A Abraham y sus hijos, Él no le reveló su nombre completo sino que les dijo que su nombre es Dios todopoderoso (ver Éxodo 6:3). Cuando santifica su nombre al confiar en su santo nombre está corriendo hacia la todopoderosa y omnipotente presencia de Dios.

Dios todopoderoso, El Shadai, que también significa el que es del todo poderoso, del todo suficiente y el Dios que no se puede detener. Dígase: “Él ya está haciendo algo en mí y no se puede detener”.

Cuando Isaías vio al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, los ángeles dijeron santo, santo, santo es el Señor todopoderoso. Cuando Él es santificado sus fuerzas se activan a nuestro favor.

No se detiene ahí. Cuando Moisés le preguntó a Dios qué decir en caso que lo cuestionaran, dice en Éxodo 3:13-14: “Dijo Moisés a Dios: He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros”.

¿Qué está santificando, en cuál nombre está confiando? ¿Hacia dónde está corriendo? YO SOY EL QUE SOY. ¿Sabe lo que eso significa dentro del contexto hebreo? Existo, no cambio y nunca me agoto.

Hermano, ¡Él vive! No cambia y nunca jamás se cansa de amarlo, no se cansa de bendecirlo, ni de cubrirlo. ¡De manera que corra a su nombre y santifíquelo!

Santifique al ir a la batalla con su nombre. Cuando un joven pastor peleó con el gigante que estaba mofándose del pueblo de Dios, el chico lo confrontó y le dijo en 1 Samuel 17:45: “Entonces dijo David al filisteo: Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado”.

Santifique al ir a la batalla con su nombre. Mire a los ojos a la opresión, la aflicción y las ataduras y diga: ¡Vengo en contra tuya en el nombre del Señor todopoderoso! USTED tiene un NOMBRE que le garantiza la victoria, ¡pelee! ¡Santificado sea su nombre! Salmo 124:8 dice: “ Nuestro socorro está en el nombre de Jehová, que hizo el cielo y la tierra”.

Santifique su nombre protegiendo los derechos de autor, por tanto, permítame concluir con una pregunta: ¿Le permitiría la compañía Apple a la gente usar su logo y su nombre fuera de contexto y sin permiso? Entonces, ¿por qué le permitimos a la gente que use el nombre de Dios como una palabra soez, en broma, o como improperio o blasfemia?

Santificamos su nombre al poner en práctica Éxodo 20:7: “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano”. Recuerde: ¡Proteja la marca!

—Rev. Samuel Rodríguez, presidente de la Conferencia Nacional de Liderazgo Cristiano Hispano (NHCLC), la organización hispana cristiana más grande en los Estados Unidos la cual representa a más de 34,000 iglesias.

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