Alza tu mirada

Es en esa posición de impotencia, abandono o descontrol que alzamos nuestros ojos al cielo.

Cuando éramos niños, en ocasiones, mi padre solía recitar con nosotros el Salmo 121 cada vez que salíamos fuera de nuestra casa. Mientras lo recitaba, venía a mi mente la estampa vívida del lugar montañoso donde vivía. Desde el balcón de mi casa, podía ver los montes adyacentes, con algunas casas y calles. Pero mi vista sólo alcanzaba ver la parte interior de esos montes, no podía ver lo que pasaba al otro lado del monte, o si alguna persona o vehículo se aproximaba, hasta que llegaban al lado donde sí podía ver.

Así como el salmista dice: “Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro?” (v. 1), muchas veces, hay montes que se levantan en nuestra vida, que nos impiden ver lo que pueda estar pasando al otro lado o lo que pueda estarse acercando. Es como si estuviéramos en medio de ese valle de desolación y sólo a nuestro alrededor hay montañas que nos impiden salir de él o ver si viene la ayuda de camino.
En ocasiones, los montes pueden ser mucho más altos a nuestra vista, y sólo estamos mirando a ver por dónde puede estar la salida. Estamos esperando ver esa luz a la distancia que nos indique el camino a seguir. Por eso, tendemos a mirar hacia arriba y decir entre sí: “¿Cómo podré salir de esta situación?”,“¿Quién podrá ayudarme a salir de esto?”, “¿De dónde vendrá mi socorro?”.

Sin embargo, es en esa posición de impotencia, abandono o descontrol que alzamos nuestros ojos al cielo. Nuestra posición nos obliga a tener que alzar nuestra mirada y exclamar: “Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra” (v. 2).

Hay alguien mucho más grande que yo, más grande y más alto que el monte que se levanta en mi vida, y tiene que estar arriba en los cielos. Tiene que ser el Dios creador de los cielos y la tierra, quien habita en las alturas y mira desde los cielos a la tierra y acude al socorro de su criatura (ver Sal. 14:2; 33:13; 53:2; 85:11; 102:19). Él es siempre nuestro oportuno socorro, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones (ver Heb. 4:16; Sal. 46:1). Así como vemos la tierra, plana y redonda, desde la cámara potente de alguna nave espacial (como cuando vemos algún documental por la televisión), así mismo ve Dios la tierra desde las alturas. ¡Las montañas no se ven como montañas! Desde arriba no se puede apreciar cuán alta es la montaña. Así que a Dios no le impresiona nada de eso. ¡Él se enfoca en ti y solamente en ti!

Por eso es que no tenemos por qué estar atemorizados. Nuestro Dios es alto y sublime, pero también está accesible a nosotros. Él ha dicho: «Yo habito en la altura y la santidad, pero habito también con el quebrantado y humilde de espíritu, para reavivar el espíritu de los humildes y para vivificar el corazón de los quebrantados. Porque no contenderé para siempre, ni por siempre estaré enojado, pues decaerían ante mí el espíritu y las almas que yo he creado...Produciré fruto de labios: Paz, paz para el que está lejos y para el que está cerca», dice Jehová. «Yo lo sanaré» (Is. 57:15-16, 19). Dios tiene cuidado de sus criaturas, de sus hijos. Sólo espera que le abramos el corazón.

La única manera en que Dios puede habitar dentro de nosotros es pidiéndole a Él que venga y haga morada en nosotros; y Él lo hace por medio de su Espíritu. Nuestro espíritu está anhelando conectarse con Él para ser reavivado; nuestro corazón, nuestra mente y nuestros pensamientos también anhelan ser vivificados. Sólo así se podrá producir en nosotros la paz, el descanso y la confianza que necesitamos tener cuando las situaciones difíciles nos rodean como montes a nuestro alrededor.

Anímate a levantar tu rostro, a enfocar tu mirada en Aquel que es tu socorro. Cuando te enfocas en los cielos, lo demás a tu alrededor se vuelve insignificante. Confía de todo corazón en Dios, quien te creó y te conoce, aun desde antes que existieras en este mundo. Él está ahí para sostenerte, para ayudarte y para darse a conocer tal como Él es: el Dios de paz, el Dios que provee, el Dios que sana y el Dios que te bendice.

Lydia C. Morales


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Dependencia del Espíritu Santo

La fuerza motora detrás de la iglesia de David fue una total dependencia del Espíritu Santo. He aquí lo que distinguió a David:

"Samuel tomó el cuerno del aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. A partir de aquel día vino sobre David el espíritu de Jehová." (1 Samuel 16:13).

Cuando David se encontraba en su lecho de muerte, él le expresó a su hijo Salomón: “Quiero decirte por qué Dios me ha bendecido. Quiero compartir contigo el secreto de mi ministerio.” Escuche las últimas palabras de David dirigidas a su hijo: “El espíritu de Jehová habla por mí, su palabra está en mi lengua.” (2 Samuel 23:2).

David estaba diciendo: “Yo no confié en conocimiento y ni sabiduría. Yo no confié en ninguna parte de mi carne. ¡Yo fui un hombre débil - pero dependí del Espíritu Santo! Toda palabra que yo pronuncié fue bajo Su unción. ¡Sus palabras llenaron mi boca!”

Cuando abrimos las puertas del ministerio de Teen Challenge en Nueva York, nuestro motto fue, “¡Aquí el Espíritu Santo está a cargo!” No fue, “cómo podemos predicar” para salvar a miembros de pandillas. Los pandilleros no se postraron en sus rodillas porque nosotros les predicamos sermones concisos. Ellos no sintieron la convicción del Espíritu a través de ilustraciones claras o historias cotidianas. ¡No! Estos ex-drogadictos testificaron ante sus amigos, “¡Un día yo estuve en la calle, como tú. Pero mírame ahora! ¡El Espíritu de Dios me ha cambiado!”

Salomón habló de árboles, hisopos, bestias, peces, insectos. Pero David habló sobre la intimidad con el Señor, sobre quebrantamiento y sobre tener un espíritu contrito. David obtuvo convicción y transformación mediante su propia predicación. Él valoró tanto la presencia del Espíritu Santo en su vida que le pidió al Señor que Su Espíritu nunca se apartara de él. ¡David sabía que no era nada sin el Espíritu Santo!

Pablo dijo,“y ni mi palabra ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.” (1 Corintios 2:4-5).

“De estas cosas hablamos, no con palabras enseñadas por la sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual. Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura; y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.” (vv. 13-14).

David Wilkerson
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El perdón de un Dios Justo



Cuando Jesús comenzó a revelárseme como Juez, temí empezar a querer que Dios diera rienda suelta a su ira sobre los que me habían herido. Pensé que podría desear venganza divina por despecho. Sucedió exactamente lo opuesto a medida que continué encontrando al Jesús de la Biblia. Si usted hace lo mismo, tratar de encontrar no solamente una vaga idea de Jesús el Juez, sino al verdadero Jesús, hallado por la meditación larga y amorosa de la Palabra, sé que esta revelación dará el mismo fruto en su corazón.

Cuando Jesús se reveló a mí como el Juez justo, alcancé a captar una vislumbre de la llama de fuego en sus ojos, que me llevó al ámbito de perdón más profundo que haya conocido. Comprender a Jesús como el testigo fiel (Apocalipsis 1:5), el que vio y oyó lo que nadie más, era lo que mi corazón había estado deseando siempre. Al ver en los ojos de Dios el fiero celo por la justicia y su determinación de hacer bueno todo lo malo, me encontré queriendo clamar misericordia para los que me habían perjudicado.

En mi estudio sobre el perdón a la luz de la revelación de Jesús como el Juez descubrí verdades de la Biblia que me ayudaron a explicar la obra que Dios estaba haciendo en mi corazón. Comprendí por primera vez que el Señor me reivindicaría, y esa verdad comenzó a dirigir mi corazón hacia el perdón real. Jesús vio, oyó y decidirá cómo enderezar las cosas. Importo tanto para él que su justicia exige que alguien debe pagar. O Jesús carga el pecado y considera pagada la deuda por su obra en la cruz, si la persona se arrepiente, o castigará a los infractores cuando se paren ante Él en el juicio. Esta realidad se apoderó de mi corazón.

Es fácil para los cristianos bien intencionados reducir el perdón de pecados a barrer las transgresiones bajo la alfombra, pero esto se convierte en catastrófico al enfrentar las peores atrocidades de la vida. ¿Cómo podemos barrer el abuso sexual bajo la alfombra? ¿Cómo podemos decirle a alguien cuyo corazón ha sido aplastado “Adelante, y no dejes que el delito te robe tu alegría”? Sin el entendimiento de que Dios vengará las injusticias cometidas contra nosotros, el verdadero significado del perdón se pierde. Para los que no conocen a Cristo como el Juez justo, un llamado al perdón puede parecer afirmar que a Jesús no le importa lo que nos pasó o que es demasiado magnánimo para que lo abrumen nuestras quejas. En lugar de ofrecer esperanza, el perdón se convierte en un mensaje de “superarlo y seguir adelante”.

La Escritura nos ofrece un enfoque totalmente diferente del perdón. A través del perdón entregamos nuestro caso a un Juez justo que lucha por nosotros. Podemos olvidar lo que pasó porque sabemos que Dios nunca lo hará. Alguien va a pagar por lo que se nos hizo. Cualquier noción de que Jesús es complaciente ante el pecado y el mal no se alinea con la descripción de las Escrituras del terror que les aguarda a los impíos cuando Cristo regrese. Vemos esto claramente en el libro del Apocalipsis.

Y el cielo se desvaneció como un pergamino que se enrolla; y todo monte y toda isla se removió de su lugar. Y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes; y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie? (Apocalipsis 6:14-16 ).

Cuando nuestra comprensión del verdadero perdón se abarata, desarrollamos ideas erróneas acerca de Jesús que disminuyen nuestra autoestima porque creemos que no vale la pena luchar. En todo el mundo, los pobres, oprimidos y víctimas de abusos anhelan recibir una respuesta a su dolor y sufrimiento. Jesús es esa respuesta. Él es el Juez justo, que pedirá cuentas, pero con demasiada frecuencia la iglesia tiene miedo de esta verdad.

Conocer a Jesús como nuestro Juez no nos convertirá en cristianos rencorosos que hablan constantemente palabras negativas de juicio y condenación. Puedo decirle por experiencia que en realidad es lo contrario. Cuando comprendemos que Jesús es el Juez, nos damos cuenta de una verdad igualmente importante: ¡que nosotros no lo somos! Jesús quiere sanar nuestros corazones con la revelación de que Él es el Juez, y nos quiere dar noticias realmente buenas para otros que están oprimidos.

Amado, usted amará mucho más a Jesús si en su corazón le permite ser el Juez. Lo reto a que se familiarice con Aquél que dictará sentencia sobre toda la humanidad, pondrá fin de una vez por todas al pecado, y pedirá cuentas de todo el mal que se haya hecho.
--Tomado del libro Un clamor por la justicia por Shelley Hundley.
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En las manos de Dios nada es desperdiciado

¿Siente como si todo fuese un desperdicio de tiempo porque ha malgastado una gran parte de su vida para que Dios haga algo por medio de usted? Quizá piense en ese ser querido al que ha intentado alcanzar durante años. Quiero dejar totalmente claro que usted está totalmente equivocado en ese modo de pensar. En las manos de Dios nada es desperdiciado. La Biblia dice que el hijo pródigo “juntándolo todo . . . se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente” (Lucas 15:13). Pero llegó el día en que se produjo la recompensa de quien desperdició. Él volvió en sí y su padre le restauró por completo. ¿Ha pasado usted su vida desperdiciándola en drogas, en alcohol? ¿Ha desperdiciado sus años abusando de su cuerpo con adicciones sexuales? El ayuno puede romper el yugo. Se necesita valentía para decir: “Tengo una adicción en mi vida y necesito ser libre”. Pero Jesús sabe que usted ha desperdiciado lo suficiente de su vida y es momento de ser hecho nuevo por completo. Si está usted batallando con una adicción, ayune y ore . . . busque al Señor en su quebrantamiento. Nada está oculto de los ojos de Él. Al igual que Él lo sabía todo de la mujer en el pozo, lo sabe todo de usted. Pero si se da usted permiso para quebrantarse y derramarse delante de Él, Él puede limpiarle. Él puede llenarle de su amor. Él puede quitar esa carga y reparar lo que se ha desperdiciado.

Incluso después de que Jesús alimentase a las multitudes comiendo todo lo que podían al multiplicar unos pocos panes y peces, les dijo a sus discípulos: «Recoged los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada» (Juan 6:12). Quizá conozca a alguien que está enganchado a las drogas, el alcohol o algún otro tipo de vicio. Le insto a que haga a un lado la hamburguesa y en cambio clame a Dios por esa persona. Reúna los fragmentos de la vida desperdiciada de esa persona mien­tras ayuna y ora por su liberación. ¡Dios no quiere que nada se desperdicie! ¿Está su vida llena de fragmentos y pedazos rotos? Entréguelos al Señor. Póngalos a sus pies. Permita que Él le restaure, le levante y le llene de su pasión. ¡Dios se inte­resa por los fragmentos y los pedazos de su vida!

Si es usted padre o madre, ¿le ha convencido el enemigo de que nunca ha tenido una buena relación con sus hijos, que nunca la tendrá, y que es una pérdida de tiempo intentarlo? O quizá le haya susurrado que usted nunca arreglará la relación con sus padres, con su cónyuge o con sus hermanos porque se han dicho y se han hecho demasiadas cosas. Usted se ha convencido de que las heridas son tan profundas que ellos nunca volverán a hablarle. Creo que cuando usted ayuna según lo que Dios llama ayuno, no se esconderá usted de su hermano (véase Isaías 58:7). En otras palabras, los muros que les han dividido se derrumbarán a medida que cada muro de resistencia comience a debilitarse. Mientras usted ayuna y ora, pida a Dios que restaure lo que el enemigo ha tomado de su familia. Ore para que las líneas de comunicación que han sido destruidas entre los familiares de su propia sangre sean restauradas.

Del ayuno que Él escoge, Dios dice: “Y los tuyos edificarán las ruinas antiguas; los cimientos de generación y generación levantarás, y serás llamado reparador de portillos, restau­rador de calzadas para habitar” (Isaías 58:12). Una vez que es usted libre, Dios puede usarle como una calle bien ilumi­nada para guiar a otros a Él. Él puede usarle como un puente para alcanzar a quienes están distantes de Él. Por medio de usted, Él puede tomar esas vidas que han estado desoladas y destruidas por adicciones, opresión y abuso y convertir lo que antes fue un terreno estéril en un huerto fructífero.

Un amigo mío comenzó una iglesia en un granero hace muchos años. Lo interesante es que ese granero se utilizaba como salón de baile durante toda la semana, pero no se utili­zaba para nada los domingos en la mañana. Mi amigo tenía muy poco dinero, pero se las arregló para rentar ese granero los domingos en la mañana a muy buen precio. Había sufi­ciente espacio para un pequeño púlpito y algunas sillas para la congregación en la zona de baile. Él llegaba temprano la mañana del domingo y limpiaba y preparaba todo. Poco a poco, personas comenzaron a ser salvas. A medida que las personas de la localidad comenzaron a entregar sus vidas al Señor, dejaron de hacer fiestas, y el granero y salón de baile comenzaron a perder dinero. Finalmente lo cerraron, y mi amigo pudo comprar el edificio. Años después, me dijo: “Cuando tomamos ese terreno, era solo cincuenta acres de tierra estéril, pero ahora tenemos un fructífero huerto en él”. Eso es lo que Dios puede hacer con su matrimonio, con su familia. Es momento de ayunar y orar por ellos, y no tirar la toalla. Puede que no haya nada que usted pueda hacer . . . pero no hay nada que Él no pueda hacer.

El Señor responde a su quebrantamiento cuando usted le dice: “Señor, te entrego mi corazón y mi alma; tú eres el único por quien vivo. Con cada aliento, Señor, quiero que tú hagas tu obra en mí”. Y entonces, permita que Él se muestre fuerte por medio de su vida.

Del libro El ayuno de vanguardia por Jentezen Franklin. Image and video hosting by TinyPic
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Padre nuestro

Padre nuestro. Existe una revolución espiritual en esas palabras. Jesús no les enseñó a sus discípulos a comenzar sus oraciones: “Oh, Dios de Abraham, Isaac, Jacob y Moisés”, u: “Oh, hacedor del cielo y la tierra”, ni: “Oh, gran Espíritu que todo lo ve y lo sabe”; sino “Padre” y no solamente “Padre”, sino “Padre nuestro”. No comenzó con “Padre mío”, porque la gente habría pensado que solamente debía ser el “Padre de Jesús”, sino “Padre nuestro”, expresando el hecho de que “ustedes son mis hermanos y hermanas y Dios es nuestro Padre”. Pablo, quien recibió esta revelación, amplió lo que Jesús dijo aquí, explicando: “Habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Romanos 8:15).

Es lo que Jesús oró en el huerto de Edén cuando inquirió si tenía que sufrir la cruz en Marcos 14:36. En esencia preguntó: “¿Papi? ¿Padre? Haré todo lo que deseas que haga pero, ¿no podemos salvar a la humanidad de otra manera?”. Él estaba recurriendo a la relación íntima que compartía con su “Papi”, mientras apelaba a la autoridad de la cabeza de su hogar, que era su “Padre”. Doblando la rodilla delante de cada uno fue a la cruz, pero debido a la calidad de su relación con Aquel a quien podía llamar “Papi”, no fue solo. Al ordenarnos orar “Padre nuestro”, Jesús nos dijo que teníamos el mismo derecho de acudir a Dios. Si no aprende nada más de este libro, deseo que comprenda esta revelación: Usted es hijo de Dios y Él desea tener una relación con usted de Padre a hijo, de Papi a hija. Dios desea escuchar sus oraciones y ver que la oración desarrolla en usted el poder para ser un vencedor. Como lo describió Pete Greig, uno de los fundadores y líderes del movimiento 24–7 Prayer (Oración 24–7):

La oración se trata de poder. La oración se trata de milagros. La oración se trata de avance. La oración se trata de la extensión del Reino. Pero más que todo eso, la oración se trata de tener intimidad con Dios. Se trata del regazo del Padre y de ser escogido por Jesús.

El comienzo de la confianza en la oración es darse cuenta de que existe Alguien del otro lado, que no solamente desea lo mejor para usted, sino que también desea la misma relación con usted que tiene un padre con su hijo. Él desea verlo nacer saludable, admirando cada dedito, verlo crecer, verlo aprender a caminar, verlo aprender a valerse por sí mismo y nunca estar más lejos de una llamada o un mensaje de texto mientras madura y sale para llevar a cabo su propósito en el “negocio familiar”. Él desea escuchar lo que usted quiere decir, Él desea ver que sus necesidades sean satisfechas, Él desea responder sus preguntas, Él desea darle entendimiento, sabiduría y revelación, y Él desea conocer a sus amigos. Él siempre lo apoya, Él siempre tiene un consejo sabio para usted, Él tiene palabras de ánimo y edificación y Él posee el poder del universo para utilizarlo para usted cuando lo considere necesario. Todo lo que usted tiene que hacer es conectarse con Él.

Sé que para algunos este concepto puede ser difícil de comprender, especialmente si nuestros padres terrenales no se concentraron exactamente en la “conexión”. Muchos padres están ausentes, si no física, emocionalmente. Realmente creo que ha habido un ataque a los padres en nuestro mundo por esta precisa razón. El enemigo no desea que tengamos una buena opinión de los padres que nos acerque más a Dios el Padre. Satanás desea que pensemos de los padres como personas que se van cuando estamos muy jóvenes como para acordarnos de ellos, hombres que beben mucho, que utilizan las manos para golpearnos en lugar de enseñarnos o consolarnos, quienes son egoístas y flojos, sin rumbo, imprudentes, indiferentes, destructivos e imperfectos.

William P. Young, el autor de La cabaña describió este sentimiento de la siguiente manera: “Pasé la mayor parte de mi vida intentando borrar el rostro de mi padre del rostro de Dios”. Si así era su padre, deseo que ponga eso a un lado. Deseo que permita que esa mentalidad se rompa en su vida, porque es una maldición que no le pertenece. Su Padre celestial no tiene ninguna de esas características negativas.

En lugar de eso deseo que imagine cómo sería el mejor padre de la tierra. Su corazón sabe más acerca de la verdadera paternidad de lo que usted se imagina. Dios puso un poco de sí mismo en cada uno de nosotros. Piense en los buenos padres de quienes ha leído en los libros y visto en las películas, o imaginado en las casas de sus amigos. ¿Qué características de esos padres le dieron pautas de cómo es verdaderamente un buen padre? Tómese un momento para imaginar cómo sería el mejor padre y después piénselo de nuevo, porque Dios es un Padre más allá de lo que podemos pedir o imaginar.

Medite en la bondad de Dios, el Padre, y permítale llenar sus pensamientos de Él mismo. Ese es “nuestro Padre”, ese es “su padre y “mi Padre”. Ese es el Padre que creó el cielo y la tierra, de hecho todo el universo, solo para que tuviéramos un lugar dónde jugar. Ese es el Padre que planeó lo mejor para usted antes de que fuera concebido en el vientre de su madre. Una vez más, miré cómo describe Jesús a “nuestro Padre”: "¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?" (Mateo 7:9–11).

Incluso si usted no tuvo un padre, en su interior sabe cómo sería un buen padre. Aunque pueda pasar un tiempo antes de que estas verdades sean reales para usted, el comienzo es acudir a nuestro Padre en oración. Vaya y permanezca en su presencia, y permítale enseñarle quién es Él en realidad. Pase tiempo sentado en su regazo. A Él no le molestará, de hecho, ¡eso es lo que Él siempre ha esperado que usted haga!

- Fuente: Como un guerrero ora por Cindy Trimm

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La influencia del enemigo

Quiero destapar una de las mayores estrategias del enemigo contra las personas. Conocer esta sencilla verdad puede liberarle por completo. Una mujer me contó en una ocasión una historia sobre algo que había experimentado. Un día, ella estaba en su cocina colocando algunos vasos cuando de repente, de la nada, sintió un gran deseo de beber alcohol. Lo que hace que esto sea tan inusual es su trasfondo. Ella provenía de una familia en la que había mucho alcoholismo. Se crió en un hogar muy disfuncional con la policía siempre en las puertas de su casa cuando era niña. Su padre era alcohólico; algunos de sus hermanos eran alcohólicos y siempre estaban provocando problemas. Ella creció detestando el alcohol y nunca bebió un solo trago en su vida. Ella educó a su familia para que sintieran lo mismo acerca del alcohol. Nunca había una bebida alcohólica en su casa. Ella nunca había tenido deseos de beber anteriormente. De hecho, lo detestaba. Por tanto, se podrá imaginar lo sorprendida que ella se quedó cuando sintió ese deseo de beber.

Mas adelante aquel día estaba hablando con su esposo al respecto, para descubrir que aquella misma tarde él también había experimentado algo parecido. Mientras estaba en el trabajo, él también sintió deseos de beber alcohol. Ninguno de ellos bebía nunca. Entonces, ¿de dónde provenía ese deseo? Bien, ella pronto descubrió no mucho después de ese incidente que uno de sus hijos adolescentes estaba siendo atraído por el alcohol. Él había comenzado a beber en secreto con amigos en la escuela. La debilidad generacional de la familia estaba influenciando a uno de sus hijos. Cuando ella lo descubrió, entendió exactamente lo que estaba sucediendo. Ese deseo que ella sintió de beber no era deseo de ella en absoluto; era un pensamiento y sentimiento proyectado que provenían del enemigo y que ahora estaban rondando a su hijo. El espíritu de alcoholismo estaba tentando a su hijo adolescente y se estaba abriendo una puerta en su vida. Precisamente ese mismo espíritu es el que intentaba proyectar sobre ella y su esposo el deseo de beber. Pero causaba risa, porque ella nunca toleró al pensamiento o sentimiento. Cuando entendió de dónde provenía, pudo orar eficazmente por su hijo y ver llegar a su vida una libertad total.

Esto es algo que usted tiene que saber. ¡No todo lo que piensa o siente es de usted! Eso es exactamente lo que hace el enemigo; le habla en primera persona, haciéndole creer que los pensamientos son de usted. Pero va más allá de pensamientos o imágenes en su mente. Él también intenta proyectar deseos y sentimientos en usted; deseos de beber, deseos de fumar, deseos lujuriosos, sentimientos de temor, sentimientos de celos, sentimientos de enojo y muchos más. Claro que habrá momentos en que esos deseos y sentimientos serán tan sólo de usted; pueden provenir de su vieja naturaleza del pecado que necesita ser crucificado con Cristo. Es ahí donde necesitamos tomar la decisión de que vamos a escoger tomar buenas decisiones y resistir nuestra propia carne. Pero hay momentos en que no es tan sólo usted. A medida que aprenda a discernir cuándo el enemigo está proyectando un deseo o sentimiento sobre usted, tendrá el poder total para resistirlo y expulsarlo. Su identidad no está basada en las emociones efímeras, está basada en la Palabra de Dios. Y eso nunca cambia. Es quien es a causa de Cristo en usted. Él es su verdadera identidad.

-Fuente: Poder para vivir de Matt Sorger

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¿Qué caso tiene orarle a un Dios soberano?

Porque nuestro Dios escucha y responde la oración, cosas que desde nuestra perspectiva habrían de suceder de un modo, Dios las torna para que ocurran de otro. Un ejemplo notorio de esto lo encontramos en Ex. 32. Los hijos de Israel habían pecado gravemente contra Dios haciéndose un becerro de oro para adorarle, en vista de que Moisés tardaba en bajar del monte Sinaí. Ante ese terrible acto de idolatría Dios le anuncia a Moisés que va a destruir al pueblo:

“Dijo más Jehová a Moisés: Yo he visto a este pueblo, que por cierto es pueblo de dura cerviz. Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira en ellos, y los consuma; y de ti yo haré una nación grande” (vers. 9-10).

Pero Moisés no piensa “dejar a Dios”; él no está dispuesto a quedarse de brazos cruzados; así que, a pesar de todo, intercede por el pueblo apelando a un argumento poderoso: el pacto que Dios había hecho con Abraham, Isaac y Jacob:

“Entonces Moisés oró en presencia de Jehová su Dios, y dijo: Oh Jehová, ¿por qué se encenderá tu furor contra tu pueblo, que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y con mano fuerte? ¿Por qué han de hablar los egipcios, diciendo: Para mal los sacó, para matarlos en los montes, y para raerlos de sobre la faz de la tierra? Vuélvete del ardor de tu ira, y arrepiéntete de este mal contra tu pueblo. Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel tus siervos, a los cuales has jurado por ti mismo, y les has dicho: Yo multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo; y daré a vuestra descendencia toda esta tierra de que he hablado, y la tomarán por heredad para siempre” (vers. 11-13).

Moisés no pensó: “Dios no puede destruir a este pueblo, porque Él hizo un pacto prometiendo su preservación; así que puedo quedarme tranquilo, porque eso seguro no va a suceder”. ¡No! El pacto de Dios no conduce a Moisés al “quietismo”, sino más bien a la oración. Él descansa en la promesa de Dios para interceder por el pueblo, y al hacerlo Dios responde Su oración: “Entonces Jehová se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo” (vers. 14).

Alguien ha dicho al respecto: “Dios escucha las oraciones de Su pueblo. Por eso considera como un grave pecado cuando nadie intercede en medio del peligro: ‘Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé. Por tanto, derramé sobre ellos mi ira; con el ardor de mi ira los consumí; hice volver el camino de ellos sobre su propia cabeza, dice Jehová el Señor’” (Ez. 22:30-31). Nadie intercedió, y por eso el castigo no sería retenido.

Dios espera que Su pueblo ore, que Sus hijos intercedan delante de Él. Esas intercesiones forman parte de Su plan soberano: son el medio diseñado por Dios mismo para que las cosas pasen. Es por eso que Santiago dice en su carta: “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Sant. 4:2).

“Pedid y se os dará – dice el Señor – porque todo aquel que pide recibe” (Mt. 7:7-8). Algo de razón tenía el poeta que definió la oración como…

cuerda que liga las divinas manos,
música de admirable punto y letra,
que al mismo Dios el corazón penetra.

Cuando el creyente ora, su clamor penetra en el corazón mismo de Dios, porque Él ha decretado obrar en el contexto de las oraciones de Su pueblo. Como bien señala D. Carson: “La auténtica y maravillosa verdad es que los seres humanos como Moisés, usted y yo, podemos participar en los propósitos de Dios a través de los medios que Él dispone”.

Y más adelante añade: “Este Dios se nos presenta como personal, de forma que podemos orar a Él, discutir con Él, presentarle razones, interceder ante Él. Pero también es soberano, el tipo de Dios que obra en nosotros – ¡y en nuestras oraciones! – ‘así el querer como el hacer, por Su buena voluntad’ (Fil. 2:13). Su carácter soberano no rebaja su carácter personal; el hecho de que sea una persona no disminuye su soberanía. Nunca es nada menos que soberano y personal”.

Nuestro Dios es soberano, pero también es personal; Él en Su soberanía ha decretado que cosas pasen cuando Su pueblo ora. Cuando Su pueblo no ora, esas cosas no pasan, y entonces debemos concluir que, por una razón solo conocida por Dios, era parte del decreto que no ocurriera.Para ponerlo más sencillo aún: cuando Dios decreta que algo ocurra, Él también decreta las causas que deben suceder para que eso ocurra. Todo lo que pasa en el mundo tiene una causa, y tanto el hecho como la causa forman parte del decreto de Dios.John Piper lo explica de este modo: “Si Dios predestinó que yo muriera por una herida de bala, entonces yo no moriré si la bala no es disparada. Si Dios predestinó que yo fuera sanado por una cirugía, entonces, si no hay cirugía, no seré sanado”.

Es como en el caso del sol, dice Piper. Ya que Dios predestinó que el sol brillara, también predestinó que fuera una bola de fuego inextinguible. Si se extinguiera el fuego ya no habría brillo porque Dios decretó que el brillo del sol emanara del fuego.“Pues así pienso yo acerca de las respuestas a las oraciones. Ellas son el brillo y la oración es el fuego. Dios ha establecido el universo de tal manera que en gran medida este se mueve por la oración, de la misma manera que ha establecido la brillantez para que en gran medida ocurra por medio del fuego”.

Oremos, entonces; no nos detengamos de interceder ante el trono, que el Dios de gloria cumplirá Su promesa, sin importar los aspectos del misterio que nosotros no podemos comprender por el momento. “Pedid y recibiréis, dice el Señor en Jn. 16:24, para que vuestro gozo sea cumplido”.

© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.Image and video hosting by TinyPic
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Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia

Jesús estaba enseñando, y, como de costumbre, otros, además de sus discípulos, se habían congregado a su alrededor. Hablara a sus discípulos de las escenas en las cuales ellos tomarían pronto una parte. Debían proclamar las verdades a ellos confiadas, y serían llevados a conflictos con los dominadores de este mundo. Por causa de él serían llevados ante tribunales, y ante magistrados y reyes. El les prometió que recibirían tal sabiduría que ninguno los podría contradecir. Sus palabras, que conmovían los corazones de la multitud y confundían a sus astutos adversarios, testificaban del poder de aquel Espíritu que prometió a sus seguidores.

Había muchos, sin embargo, que deseban la gracia del cielo únicamente para satisfacer sus propósitos egoístas. Reconocían el maravilloso poder de Cristo al exponer la verdad con una luz clara. Oyeron la promesa hecha a sus seguidores de que les sería dada sabiduría especial para hablar ante gobernantes y magistrados. (Luc. 12:11, 12). ¿No les concedería también su poder para provecho material?

"Le dijo uno de la multitud: Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia." (Luc. 12:13). Por medio de Moisés, Dios había dado instrucciones en cuanto a la transmisión de la herencia. El primogénito recibía una doble porción de la propiedad del padre, mientras que los hermanos menores se debían repartir partes iguales (Deut. 21:17). Este hombre juzga que su hermano le ha usurpado la herencia. Sus esfuerzos fracasaron en conseguir lo que considera como suyo; pero obtendrá seguramente su propósito si Cristo interviniese. Había oído las conmovedoras súplicas de Cristo, y sus solemnes denuncias contra los escribas y fariseos. Si palabras con tanta autoridad fueran dirigidas a este hermano, no osaría rehusarle su parte.

En medio de la solemne instrucción que Cristo había dado, este hombre reveló su disposición egoísta. Podía apreciar la habilidad del Señor, la cual iba a obrar en beneficio de sus asuntos materiales, pero las verdades espirituales no le habían impresionado la mente y el corazón. La obtención de la herencia era su tema absorbente. Jesús, el Rey de gloria, que era rico, pero que por nuestra causa se hizo pobre, le estaba abriendo los tesoros del amor divino. El Espíritu Santo estaba suplicándole que fuese un heredero de la "herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos" (1 Pedro 1:4) El había visto las evidencia del amor de Cristo. Ahora tenía la oportunidad de hablar al gran Maestro, de expresar el deseo más elevado de su corazón. Pero sus ojos estaban fijos en la Tierra. No vió la corona sobre su cabeza. Como Simón el mago, consideró el don de Dios como un medio de obtener ganancia material.

La misión del Salvador en la tierra se acercaba a su fin. Faltaban pocos meses para completar lo que había venido a hacer para establecer el reino de su gracia. Sin embargo, la codicia humana intentaba apartarlo de su obra, para solucionar la disputa por un pedazo de tierra. Pero Jesús no podía ser desviado de su misión. Su respuesta fue: "Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor?" (Luc. 12:14) Jesús hubiera podido decirle a ese hombre lo que era justo. Sabía quién tenía el derecho en el caso, pero los hermanos discutían porque ambos eran codiciosos. Cristo dijo claramente que su ocupación no era arreglar disputas de esta clase. Su venida tenía otro fin: predicar el Evangelio y así despertar en los hombres el sentido de las realidades eternas.

En la actitud de Cristo en este caso hay una lección para todos los que ministran en su nombre. Cuando él envió a los doce, les dijo: "Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia." (Mat. 10:7, 8). Ellos no habían de arreglar los asuntos temporales de la gente. Su obra era persuadir a los hombres a reconciliarse con Dios. En esta obra estribaba su poder de bendecir a la humanidad. El único remedio para los pecados y dolores de los hombres es Cristo. Únicamente el Evangelio de su gracia puede curar los males que azotan a la sociedad.

La injusticia del rico hacia el pobre, el odio del pobre hacia el rico, tienen su raíz en el egoísmo, el cual puede extirparse únicamente por la sumisión a Cristo. Solamente él da un nuevo corazón de amor en lugar del corazón egoísta de pecado. Prediquen los siervos de Cristo el Evangelio con el Espíritu enviado desde el cielo, y como Cristo trabajen por el beneficio de los hombres. Entonces se manifestarán, en la bendición y la elevación de la humanidad, resultados que sería totalmente imposible alcanzar por el poder humano.

Nuestro Señor atacó la raíz del asunto que perturbaba a este interrogador, y la raíz de todas las disputas similares, diciendo: "Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee."

"También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios." (Lucas 12:16-21)

Daniel Alejandro Flores


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Sabrán que Jesús es real

El león invita a la leona a descansar a la sombra de su protección, y ella le invita a él a celebrar la bondad y la promesa que ella proporciona. Él protege la vida de ella, y ella a su vez le da un legado. Piense en un momento en la palabra sumisión. ¿Qué viene a su mente? Probablemente Efesios 5:22, sobre que las esposas se sometan a sus esposos. Curiosamente, muchos cristianos han tomado este versículo y han creado una definición extrema y limitadora de la palabra. Yo creo que la palabra sumisión ha sido distorsionada, llevada muy lejos de la intención de Dios para ella. Muchas mujeres cristianas han creído que su valor principal yace en su capacidad de servir a los hombres. No han entendido que hablar en la iglesia, dando sus opiniones con respeto, o asumir la responsabilidad de un papel de liderazgo es servir.

Oí una definición de la palabra sumisión que encajaba y estaba en consonancia con el plan de Dios para todos los cristianos, no sólo las parejas. Piense en lo siguiente: el prefijo su- significa “bajo”, y misión es una tarea. Si los unimos, podemos sacar la conclusión de que sumisión significa “bajo la misma tarea o misión”. Personalmente, John y yo estamos bajo la misma misión. Estamos comprometidos a criar hijos piadosos y edificar un matrimonio sano y vibrante. En la esfera de la iglesia, nuestra misión es apoyar a pastores y fortalecer a individuos.

Pero piense en ello. ¿No somos todos ministros de reconciliación, embajadores de Dios a los perdidos? Los siguientes versículos captan nuestra misión como embajadores de Dios varones y hembras: “Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándole en cuenta sus pecados y encargándonos a nosotros el mensaje de la reconciliación. Así que somos embajadores de Cristo, como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros: «En nombre de Cristo les rogamos que se reconcilien con Dios». (2 Corintios 5:19-20, énfasis añadido)

Lo fundamental: ellos sabrán que nuestro Jesús es real cuando nos amemos y trabajemos bien los unos con los otros. Ese debería ser el objetivo conjunto de todos los hombres y mujeres, sean solteros o casados, líderes o laicos. La fuerza de la Caída ha terminado.

El perdón de Dios se ofrece libremente a todos. No hay necesidad de culpar a nadie si el sacrificio de Él nos ha considerado intachables a todos. Dios quiere que todos nosotros, varones y hembras, ¡digamos a todo el mundo lo que Él está haciendo! En cambio, hemos estado demasiado ocupados diciéndonos los unos a los otros qué podemos o no podemos hacer.

Él quiere que trabajemos juntos como influencias persuasivas que alienten y convenzan a hombres y mujeres de que desechen sus conflictos (cualesquiera que puedan ser) y entren en la obra de Él. Este tema de la resolución de conflictos debería aplicarse a cada área de las relaciones humanas. Este mandato no es tan sólo un tema de género; es también de raza, socioeconómico, familiar, de la iglesia y de la dinámica en el ámbito de trabajo. ¡Él quiere la reconciliación para todos nosotros!

Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo! Todo esto proviene de Dios, quien por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio el ministerio de la reconciliación. (2 Corintios 5:17-18)

“Alguno” significa, bueno, cualquiera. Cualquier hombre, cualquier mujer, cualquier niño unido a Cristo es creado de nuevo. La vieja vida desaparece. El verbo ha llegado en el versículo anterior es un verbo que significa “crecer mucho”. Es una interesante elección de palabras, que implica multiplicarse, prosperar, crecer rápidamente y desarrollarse. Nuestra nueva vida en Cristo es algo más que un concepto de sustitución. Es vida multiplicada en el interior, y está a disposición de cualquiera.

Los leones y las leonas ya han establecido sus relaciones mutuas. Las leonas entienden que están bajo la misma misión que el león. ¿Cuál es su misión? Es establecer una generación de leones con legado y fortaleza. Para lograrlo crían, protegen y sostienen bien a sus cachorros. Tanto el león como la leona tienen un papel que desempeñar dentro de esa misión, y ninguno de los felinos usurpa el papel del otro.

Fuente: Se despierta la leona, de Lisa Bevere.
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La Palabra que sana


Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.·—Romanos 8:15–16.

Kathryn Kulman, una importante evangelista de sanidad del siglo veinte dijo que existe algo mucho más grande que sanar cuerpos enfermos. El milagro mucho más grande es la regeneración de su espíritu por el Espíritu Santo. En sus palabras:·Jesús dijo: “Debes nacer de Nuevo”. No es opcional. Él nunca le impone la salvación. Usted viene a Él porque desea hacerlo. Las Escrituras dicen: “Y al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). No existe ningún toque en el universo como el toque de su mano perforada. Todo aquel que es tocado por ella es restaurado. Todo aquel que es tocado por Él, descubre la salvación, la sanidad y el poder que yacen en su toque. El toque del maestro hace nuevas todas las cosas.·

En sus primeros años como cristiano, Watchman Nee, un famoso teólogo chino, aprendió que el hombre está compuesto de tres partes: espíritu, alma y cuerpo. Él comprendió que el alma es la personalidad del hombre, el cuerpo es la parte exterior del hombre que está en contacto con el mundo físico y el espíritu es la parte más profunda del hombre que está en contacto con el mundo espiritual. Los creyentes son regenerados por el Espíritu de Dios en su espíritu (Romanos 8:16) y se convierten en un espíritu con el Señor (1 Corintios 6:17). Ese poder de regeneración trae sanidad y plenitud a su hombre interior: su espíritu.

A menudo no nos concebimos fácilmente como un “ser espiritual” hecho a la imagen de Dios, como enseña el libro de Génesis (Génesis 1:26–27). Tampoco discutimos de la condición de nuestra alma cuando hablamos acerca de nuestra necesidad de sanidad. Sin embargo, podemos describir inconscientemente nuestra aflicción de alma y espíritu cuando nos referimos al dolor emocional o angustia mental que padecemos.

El temor, la depresión, la ira y otras enfermedades del alma (mente, emociones, voluntad) también afectan a nuestro hombre espiritual así como a nuestro cuerpo. No obstante, Dios ofrece su paz a todo nuestro ser: espíritu, alma y cuerpo. Jesús les dijo a sus discípulos poco tiempo antes de su muerte:

La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.·—Juan 14:27

Gozar de la paz de Dios no significa que jamás habrá problemas, dolor o conflictos en la vida. A pesar de las circunstancias tenemos la promesa divina de que podemos recibir el don de la paz de Dios. Disfrutar de la paz de Dios es consecuencia de hacer la paz con Dios: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1).

Isaías profetizó los nombres que caracterizarían al Mesías: “Y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Isaías 9:6). Todo lo que necesitamos para vivir en paz divina después de haber aceptado a Cristo como nuestro Salvador, se encuentra en Su nombre: Príncipe de Paz.

La Biblia enseña que Dios es Espíritu “y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:24). Ya que estamos hechos a su imagen, debemos conectarnos con Él a través de nuestro espíritu, lo profundo de nosotros. Como usted sabe, después de que la humanidad desobedeció a Dios en el Huerto de Edén, se rompió nuestra conexión espiritual con Dios. De ello se trata la obra redentora de Cristo en el Calvario.

Él vino a “sanarnos” a través del nuevo nacimiento, para restaurar la vida eterna de nuestro espíritu cuando aceptamos su perdón por nuestro pecado y lo recibimos como nuestro Salvador y Señor. Jesús explicó el grandioso proceso de redención: Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado, pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. —Juan 3:16–18

Jesús le dijo a Nicodemo, un maestro de los judíos que “el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). Él explicó que hemos nacido de nuevo del agua (el nacimiento humano) y del Espíritu: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del espíritu, espíritu es” (v.6).

Este principio redentor de la sanidad espiritual de Dios fue profetizado a lo largo del Antiguo Testamento, comenzando después de la caída el hombre. Dios puso al tentador y rival al descubierto: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:15). Conocida por muchos teólogos como el “protoevangelio” o el “primer evangelio”, esta promesa de redención es el primer anuncio que Dios hace del plan divino para regenerar nuestro espíritu. Su cumplimiento requeriría el supremo sacrificio de su Hijo único en el Calvario.

·Sin embargo, la redención a través de Cristo no era el plan B de Dios.

Él no fue sorprendido por las elecciones de la humanidad en el jardín. Las Escrituras declaran que Jesús es “el Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:8). Tal amor no puede ser comprendido por nuestras mentes finitas, que Dios creara la humanidad sabiendo que lo rechazaría y necesitaría que su Hijo único sufriera de modo incomprensible para redimirla.

Descubra su destino en el toque del Maestro

Entonces, ¿sabe usted por qué fue creado? ¿Con qué propósito? Cumplir el destino de Dios para su vida comienza al reconectarse espiritualmente con Dios, quien es Espíritu. Este es posiblemente el milagro más grande de sanidad divina a disposición de la humanidad, ir de la vida a la muerte, de la condenación a la bendición eterna, de un lugar de exilio a un lugar de amistad íntima con la familia de Dios como su propio hijo.

Al rendirse al Espíritu Santo y aprender a obedecer su voluntad para su vida, usted será fortalecido en su interior: su espíritu. Jesús prometió que de su espíritu regenerado fluirían ríos (Juan 7:28).Su destino, su propósito y el poder sobrenatural de Dios residen en su espíritu. Su poder sanador fluirá hacia su mente y cuerpo desde esa vida divina que reside en su espíritu. Y fluirá hacia las vidas que usted impacte, trayendo gloria a Dios en todo lo que usted realice.

- Extracto tomado del libro Palabras divinas que sanan de Siloam & Casa Creación. Image and video hosting by TinyPic
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¿Es peligrosa tu sombra?

Y lo mismo es cierto para nosotros. Puede que usted diga: “¡Jesús era Dios! Por eso Él tenía el poder que tenía. Yo soy una persona común y corriente”. Es cierto, somos tan sólo personas comunes y corrientes, pero Jesús también era un hombre. Él vino en forma de una persona, como usted y yo, pero recibió poder sobrenatural al someter su vida a Dios. Lo mismo puede sucedernos a usted y a mí.

Me encanta la historia de Pedro en la Biblia. Él era uno de los discípulos más extrovertidos y tercos; él necesitaba un poco más de trabajo que los demás, pero llegó a un punto en su vida en el que murió a sí mismo y fue lleno del poder de Dios, tanto que su sombra era peligrosa (Hechos 5:15-16).

¿Quiere usted tener una sombra peligrosa? Usted puede llevar tanto de Dios en su vida que cuando entre a una habitación Dios entre con usted. Al igual que Pedro, puede usted ver ciudades enteras impactadas, ¡y a los enfermos sanados y a los oprimidos liberados! ¡Usted puede llevar un nivel de poder en su vida que·transforme a las personas a su alrededor dondequiera que vaya!

¿Cómo se obtiene una sombra? Es muy sencillo. Permaneciendo en la luz. Cuando usted permanece en la luz de la presencia de Dios mediante un estilo de vida de intimidad con Él, su Espíritu le cubrirá, creando una zona de gloria de su poder alrededor de usted. Cuando aprende a caminar con Dios de manera íntima, el poder de Él en su interior rebosa de manera natural.

Las personas religiosas de la época de Jesús descubrieron este secreto de la intimidad con Dios cuando observaban la extraordinaria autoridad y poder que mostraban los discípulos de Jesús. Ellos eran hombres comunes y corrientes, sin educación formal. ¡Muchos de ellos se ganaban la vida pescando! No tenían títulos, ni educación universitaria, nada. Tan sólo una relación con Dios.

Los gobernantes, al ver la osadía con que hablaban Pedro y Juan, y al darse cuenta de que eran gente sin estudios ni preparación, quedaron asombrados y reconocieron que habían estado con Jesús. (lea Hechos 4:13).

Cuando usted haya estado con Jesús, cosas milagrosas y notables sucederán en su vida y por medio de ella.

- Extracto tomado del libro Poder para vivir de Matt Sorger. Image and video hosting by TinyPic
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Unos a otros



Jesús nos ha llamado a la amistad, no solo con Él sino con sus seguidores. No me agradan las despedidas, especialmente en el campo misionero porque ocasionalmente me pongo sentimental. La última ocasión fue relamente dura para mi.

He pasado seis dias compartiendo con una iglesia en Tarapoto, Peru e invertí una gran cantidad de tiempo y energía animando a las personas, especialmente algunos líderes jóvenes. Cuando me llegó el momento de pasar a través del punto de cotejo de seguridad en el aeropuerto, cerca de 18 de estos hombres y mujeres irrumpieron a través de las puertas del vestíbulo y se reunieron alrededor mio y de Diego, mi traductor.

“El Cristianismo, en principio, se trata de relaciones. A diferencia de las religiones del oriente, en las cuales los individuos buscan un estado solitario como el Zen para descubrir la verdad, el cristianismo nos llama a seguir a Dios como una comunidad de amor.”

Yo me perdí. Traté de caminar alrededor del círculo para decir adiós a cada persona: Giancarlos, Jhor, Dalia, Juanita, Roberto, David, Cristian, Clavela, Rays. Cada vez que alguien me abrazaba, me echaba a llorar. Para el momento en que abrazé al último hermano, Enrique, ya era un completo desastre. La gente en el aeropuerto se quedaban atónitos mirándonos, pero esa no era la peor parte. Mi corazón se apretaba en mi pecho.

Cuando llegué a mi asiento en el avión, me compuse, fue entonces que me di cuenta que esto es una parte vital del cristianismo. Nuestro evangelio fluye desde el corazón. Nuestra fe está basada en la grandiosa verdad de que un Dios amoroso vino a la Tierra para reparar nuestra relación quebrantada con Él. Desde entonces, Dios ha enviado a personas a través de océanos y montañas para hablarle a otros acerca de su amor. Ellos ocasionalmente han tenido que experimentar dolorosas despedidas.

El cristianismo, en principio, se trata de relaciones. Aunque ciertamente la Biblia contiene teología, no es un libro de doctrinas secas. Es un relato dramático de hombres y mujeres que aprendieron a amarse unos a otros en su caminar con Dios. A diferencia de las religiones del oriente, en las cuales los individuos buscan un estado solitario como el Zen para descubrir la verdad, el cristianismo nos llama a seguir a Dios como una comunidad de amor.

Jesús modeló este mensaje al invertir tiempo en sus discípulos. El no flotó alrededor montado sobre una almohada como Yoda mientras lanza palabras de sabiduría de otro mundo. Él caminó con sus amigos. Se ensuciaron los pies juntos. Él pescó con ellos, comió con ellos y anduvo con ellos.

Marcos 3:14 dice que Jesús estableció a los doce "para que pudieran estar con Él y para enviarlos a predicar". Tenga en cuenta que su relación con ellos no era sólo acerca de la tarea de ministerio. ¡Él quería su amistad!

En ocasiones entendemos esto al revés. Tendemos a valorar más la ejecución religiosa, sin embargo estamos en banca rota en lo que ha relaciones se refiere. Nos sentamos juntos en inumerables reuniones pero nunca abrimos el corazón unos a otros. Incluso algunos ministros me han admitido que no tienen amigos. Hemos creado un cristianismo robótico y programado que cuenta cabezas pero carece del corazón amoroso del Nuevo Testamento.

He tenido demasiado de esta religión esteril. He aprendido que el ministerio no se trata de obtener grandes masas, llenar asientos, tabular tarjetas de visita o provocar grandes aplausos. No se trata de correr la pista del crecimiento de la iglesia. La religión que se enfoca en cosas externas es una basada en la ejecución.

¿Cómo catalogas tu amistad con Dios? ¿Intima? ¿Distante? ¿Fría? ¿Qué tal tus relaciones con otros? ¿Tienes amigos cercanos? ¿O vives tu fe en una carcel solitaria?

Le digo a los cristianos por todo el mundo que ellos necesitan tres tipos de relaciones en su vida:

“Pablos” son padres y madres espirituales en quienes confias. Todos nosotros necesitamos cristianos maduros y sabios que nos guien, oren por nosotros y nos ofrezcan consejos. Mis mentores me han animado cuando he querido renunciar y me enfocan hacia delante cuando pierdo de vista las promesas de Dios. En el camino de la fe, no debes sentirte caminando en la oscuridad. Dios le dio a Rut una Noemí y a Josué un Moisés. Pídele a Dios un mentor.
“Bernabeses” son pares espirituales los cuales son amigos cercanos. Ellos conocen todo sobre ti y aun así te aman por igual. ¡Ellos también están dispuestos a corregirte de ser necesario! Ellos te proveen un lugar para rendir cuentas en áreas de tentaciones personales. Además, ellos estarán dispuestos a permanecer despiertos toda la noche orando por ti cuando enfrentes una crisis.
“Timoteos” son cristianos más jóvenes que tu ayudas a crecer. Jesús nunca nos habló de organizar multitudes pero si nos enconmendó hacer discípulos. El discipulado relacional toma mucho tiempo y energia pero el invertir tu vida en otros es una de las experiencias más enriquecedoras en la vida. Una vez que derramas tu vida en otro hermano o hermana y los ves madurar en Cristo, nunca volverás a la religión superficial.
Jesús lo dijo de la mejor manera cuando le dijo a sus seguidores: “Ya no os llamaré más siervos... pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer” (Juan 15:15). La vida cristiana es una relación vibrante y de amor con Dios, pero no termina ahí. Oro para que abras tu corazón e inviertas en las personas alrededor tuyo.

J. Lee Grady

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El gobierno soberano de Dios sobre el pecado

Con respecto al gobierno soberano de Dios sobre el pecado la Biblia enseña claramente al menos 3 cosas: En primer lugar, que las acciones pecaminosas de los hombres sólo pueden ocurrir por el permiso de Dios y conforme a Su propósito. Esa es una de las grandes lecciones que aprendemos de la vida de José; sus hermanos pecaron contra él de diversas maneras, pero al revelárseles en Egipto, José les dice estas asombrosas palabras:

“Ahora, pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros” (Gn. 45:5).

¿Quiénes lo vendieron? Ellos lo hicieron. ¿Quiénes fueron los responsables de esa acción? Ellos otra vez. ¿Pecaron los hermanos de José al tratarlo como lo trataron? Sí. Pero aún así José les dice que fue para preservar la vida de muchos que Dios lo envió a Egipto. Y más adelante, luego de la muerte de Jacob, les dice:

“Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo” (Gn. 50:20).

Dios usó el pecado de los hermanos de José para llevar a cabo Sus propósitos buenos y santos. Pero el caso más impresionante de todos es el de nuestro Señor Jesucristo. Dice en Hch. 4:27-28:

“Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera”.

En este pasaje vemos claramente la responsabilidad humana envuelta en la muerte del Señor. Herodes, Poncio Pilato, los gentiles y el pueblo de Israel se unieron para llevar a cabo sus planes perversos contra el Hijo de Dios. Ellos hicieron lo que quisieron, y al hacerlo pecaron gravemente contra Dios. Pero a final de cuentas, llevaron a cabo lo que Dios había propuesto en Su consejo eterno que sucediera.

En segundo lugar, la Biblia también nos enseña que Dios restringe el pecado de Sus criaturas. No todos los planes malvados que el hombre concibe son llevados a cabo, y cuando son permitidos por Dios, éstos no pueden llegar en su intensidad más lejos del permiso divino (comp. Sal. 76:10; Is. 10:5-7, 15).

En tercer lugar, también vemos en la Biblia que Dios usa el pecado de los hombres para obrar Sus buenos y sabios propósitos a través de ellos, sin ser autor de pecado y sin quitar al hombre su responsabilidad al cometerlos:

“Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio” (Hab. 1:13).

“Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido” (Sant. 1:13).

“Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1Jn. 1:5).

¿Cómo podemos congeniar todas estas enseñanzas bíblicas? Debo decir de antemano que Dios no nos ha revelado toda la información que necesitamos para desvelar por completo este misterio de este lado de la eternidad. Pero hay algunas cosas que sí nos fueron reveladas en las Escrituras.

Lo primero que debo decir aquí es que al usar la palabra “permitir” no lo hago en el sentido de dejarle libertad de acción a las criaturas para que actúen fuera de Su control soberano, como si Dios fuera un espectador pasivo de las acciones malvadas de los hombres. Como bien señaló Teodoro Beza, el sucesor de Calvino, la palabra “permiso” es apropiada si lo que significa es que “Dios no actúa en el mal, sino que deja a los hombres a merced de Satanás y de sus propias concupiscencias”. En otras palabras, el decreto de Dios incluye dejar a algunos hombres seguir el curso de su propia maldad, sabiendo que a final de cuentas el pecado de ellos cumplirá el propósito de Dios (como sucedió en el caso de José y en el del Señor Jesucristo).

En ese sentido, no podemos igualar la obra salvadora que hace Dios en los elegidos y Su actuación en aquellos que finalmente se pierden. O para decirlo de otra forma, la actuación de Dios al endurecer el corazón del pecador no es idéntica a la obra que Él hace en los pecadores elegidos al transformar sus corazones de piedra en corazones de carne.

La Escritura revela claramente que Dios endurece el corazón de los pecadores (Ex. 7:3; Rom. 9:18; 11:7; 2Cor. 3:14); pero también enseña que es el hombre quien endurece su propio corazón (Ex. 8:15; Sal. 95:8; Is. 63:17; Mt. 19:8; He. 3:8, 13). En todos estos textos es tan claro como la luz del medio día que el hombre es responsable y culpable de su dureza.

El decreto de Dios con respecto a los réprobos, entonces, contempla dejarlos actuar conforme a su inclinación pecaminosa. Mientras que en el caso de los que se salvan, es Dios, y solo Dios, el que transforma sus corazones para que, libertados ya del pecado, escojan libremente lo bueno (1R. 8:58; Sal. 51:10; Is. 57:15; Jer. 31:31-34; Ez. 11:19; 36:26; 2Cor. 3:3; 4:6; He. 10:16).

Los teólogos que redactaron los Cánones del Sínodo de Dort fueron muy cuidadosos en afirmar “que las Iglesias Reformadas no sólo no reconocen, sino que también rechazan y detestan de todo corazón” la idea de “que la reprobación es la fuente y causa de la incredulidad e impiedad de la misma manera en que la elección es fuente y causa de la fe y de las buenas obras”.

En otras palabras, ellos rechazaron vehementemente la enseñanza de aquellos que equiparan la acción de Dios en los que se salvan y la acción de Dios en los que se pierden. O si queremos ponerlo de otra manera, estos teólogos condenaron la idea de que, así como la elección de Dios es la causa final de la salvación de los elegidos, así también la reprobación de Dios es la causa final de la incredulidad e impiedad de los que se pierden. No. Los perdidos se condenarán porque decidieron voluntaria y libremente mantenerse en su incredulidad e impiedad. Como dice C. S. Lewis, a todos aquellos que quisieron mantener a Dios lo más lejos posible de sus vidas, al final Dios les dirá: “Hágase tu voluntad”.

Por otro lado, en vez de perturbarnos por esta enseñanza de las Escrituras, debemos dar gracias a Dios de que el pecado no está fuera de Su control y de que nosotros como criaturas no podemos en nuestro pecado frustrar Sus designios, porque de no ser así este mundo sería un infierno, un caos total. No habría restricción ni consuelo, porque estaríamos a expensas de la maldad de los demás; y, lo que es peor aún, de nuestra propia maldad. ¿Cómo podría Dios prometer, en Rom. 8:28, que todas las cosas obran para el bien de aquellos que aman a Dios, esto es, de los que conforme a Su propósito son llamados, si Dios no tuviera control de todas las cosas, incluyendo el pecado de los hombres?

Somos agentes libres en el sentido de que nuestras decisiones no vienen determinadas desde afuera. Pero Dios posee tal control sobre Su creación, y aún sobre las causas que determinan nuestras acciones, que nuestros pecados no solo no lo toman por sorpresa, sino que en Su sabiduría infinita llevará Su plan a cumplimiento, algunas veces frustrando nuestros designios pecaminosos, y en otras ocasiones usándolos para Sus propósitos santos, buenos y sabios, como hizo en el caso de José, o en el caso de la crucifixión de nuestro Señor Jesucristo.

Ese es nuestro Dios, el Dios que se revela en las Escrituras y el Dios al cual adoramos. Hemos de reconocer que hay muchas cosas de Su providencia que no comprendemos. Pero ¿cómo puede un hombre finito pretender comprender a un Dios infinito? El es una Roca bajo la cual podemos refugiarnos precisamente porque es más grande que nosotros. Si Dios pudiese ser plenamente comprendido por Sus criaturas sería de nuestro tamaño, y un Dios de nuestro tamaño no puede ofrecernos toda la protección que necesitamos.

© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo.

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Quién eligió a quién?

En la declaración de Pablo, en el capítulo 1 de su carta a los Efesios, de que los creyentes hemos sido bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales, en Cristo. Pero luego Pablo continúa diciendo que todas esas bendiciones vienen a nosotros de acuerdo al plan eterno de Dios. Él nos bendijo con toda bendición espiritual “según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo”.

Todas esas bendiciones no llegaron a nuestras vidas por casualidad, ni por capricho, y mucho menos por algo bueno que Dios haya visto en nosotros. Dios nos bendijo con toda bendición espiritual, porque así había determinado hacerlo desde antes de la fundación del mundo. Este no fue un plan de último minuto, algo que a Dios se le ocurrió de repente hacer. Todo esto fue hecho conforme a la intención eterna de Dios.

Y eso nos coloca frente a una de las doctrinas más impopulares, más atacadas y más abusadas de toda la Escritura: la doctrina bíblica de la elección soberana de Dios. Muchos crujen sus dientes contra esta enseñanza; se sienten profundamente molestos cuando nos escuchan hablar de un Dios soberano que hace todas las cosas según el designio de Su voluntad. En otras palabras, no soportan la idea de que de que Dios ejerza Su prerrogativa de ser Dios.

Pero la Biblia enseña con toda claridad que nuestro Dios es soberano, y que antes de la fundación del mundo Él escogió libremente a un grupo de personas para salvación, y a los otros los dejó sumidos en su justa condenación.

Y noten que Pablo incluye esta gloriosa verdad de las Escrituras en una carta enviada a creyentes comunes y corrientes quienes debían unirse a Pablo bendiciendo a Dios y alabando Su nombre, por haberlos escogido para salvación desde antes de la fundación del mundo. Obviamente él no pensaba que estas cosas debían quedar ocultas, o que solo debían ser estudiadas en un seminario teológico.

Por la importancia de esta doctrina en la vida del cristiano me sentí motivado a postear algunas ideas que podemos extraer de los versículos 3 al 6 de Efesios 1. Les ruego que pongamos a un lado las etiquetas y prejuicios teológicos y observemos con cuidado lo que Pablo dice en este pasaje:
  
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado”.

 Al acercarnos al estudio de estos versículos hay dos palabras claves que debemos notar. En el vers. 4 Pablo dice que Dios nos escogió, y en el vers. 5 que Dios nos predestinó. Fuimos escogidos, fuimos predestinados. Ambos términos son muy similares en significado.

“Escoger” significa “hacer una selección”. Esta palabra se usa en Lc. 6:13 para hablar de la selección que hace Cristo de los doce apóstoles. Ellos no decidieron ser apóstoles de Cristo; Cristo los seleccionó soberanamente de entre la multitud que lo seguía para ser Sus apóstoles. Pues lo mismo tenemos aquí. Dios nos escogió para salvación. Como dice nuestro Señor en Jn. 15:16: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros”.

La segunda palabra que aparece en nuestro texto de Ef. 1 es “predestinación”. Esta es la traducción de la palabra griega “proorizo”, palabra compuesta de “pro” que significa “de antemano”, y “orizo” de donde proviene nuestra palabra “horizonte”. El horizonte es la línea que divide el cielo de la tierra. La idea de esta palabra es, entonces, trazar un límite de antemano. Dios soberanamente trazó una línea, y a algunos los destinó de antemano para ir al cielo. Podemos revelarnos contra esta verdad de las Escrituras, pero es imposible evadir el hecho de que eso es lo que la Biblia enseña (comp. Rom. 8:28-30; 9:16; 11:32-36). Veamos lo que Pablo nos enseña en este texto con respecto a la elección.

En primer lugar, Pablo establece la base de esa elección. “Según nos escogió en Él”. Cuando Dios nos incluyó en Su plan soberano Él sabía que no merecíamos ser incluidos. Pero Cristo se comprometió de antemano a pagar completamente nuestra deuda. Es en ese sentido que fuimos elegidos en Él. De no haber sido por la segunda Persona de la Trinidad nunca habríamos sido parte del plan redentor de Dios.

En segundo lugar, Pablo establece claramente el momento de la elección: Fuimos escogidos “desde antes de la fundación del mundo”. En otras palabras, esta selección se hizo en la eternidad. Antes del inicio del tiempo, antes de la creación de todas las cosas, Dios nos incluyó soberanamente en Su plan de redención.

En tercer lugar, vemos el propósito de la elección. ¿Para qué nos escogió Dios? Pablo responde dos cosas: por un lado nos dice que Dios nos escogió “para ser santos y sin mancha delante de Él”. No fue que Él vio algo bueno en nosotros y por eso nos escogió, no. Él nos vio más bien en nuestro pecado, en nuestra impiedad, y nos escogió para hacernos santos (comp. Ef. 2:1-3). La santidad es un fruto de la elección, no su causa.

El mejor comentario de este texto es el que encontramos en la carta de Pablo a Tito (2:11-14). Dios el Padre nos escogió, y Dios el Hijo murió en una cruz, para que nosotros fuésemos un pueblo santo, un pueblo de hombres y mujeres apartados para Dios, viviendo bajo los principios de Su voluntad revelada.

Ese propósito divino en la elección debe repercutir en nuestras vidas como cristianos. Positivamente debemos tener la ambición de ser santos, de conformarnos cada vez más al carácter santo de Dios. Negativamente debemos tener la ambición de ser sin mancha, irreprensibles. Amparados en la gracia de Dios debemos apartarnos de toda apariencia de mal, dice Pablo en 1Ts. 5:22. Para eso fuimos escogidos.

Esa obra de santificación se inicia en nosotros en el momento mismo de la conversión, cuando nuestros corazones son purificados y librados de la esclavitud del pecado; continúa desarrollándose en nuestra vida práctica en la medida en que hacemos uso de los medios de gracia que Dios ha provisto; y será finalmente perfeccionada cuando seamos glorificados, totalmente perfeccionados, luego de la venida en gloria de nuestro Señor Jesucristo.

El propósito de Dios al elegirnos de ninguna manera será frustrado. Algún día nos presentaremos delante de Él y seremos perfectos. Pero no solo eso. En el vers. 5. Pablo nos dice también que fuimos escogidos, predestinados en amor, “para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo”.

Hoy día, cuando hablamos de adopción pensamos de inmediato en niños pequeños, pero en el tiempo de Pablo no se solían adoptar bebés, sino personas adultas. Si un hombre rico no tenía herederos, buscaba una persona que fuese digna a quien dejarle toda su herencia, y lo adoptaba como su hijo. De inmediato esa persona tenía derecho sobre todos los bienes del hombre rico. Y eso es lo que Pablo tiene en mente cuando habla aquí de adopción. Nosotros somos ahora hijos de Dios, con todos los derechos filiares de un hijo, porque Dios nos adoptó. Solo que cuando Dios decidió hacer eso nosotros no éramos dignos herederos Suyos. Por eso primero nos justificó, poniendo en nuestra cuenta la justicia perfecta de Cristo, y luego nos adoptó ahora que hemos sido perdonados.

Por eso dice Pablo una vez más que todo eso ocurrió en Jesucristo. En virtud de la obra redentora de Su Hijo que nos es aplicada por la fe, el Juez de toda la tierra nos declara “sin culpa”, y luego nos recibe como hijos en Su familia, y pone sobre nosotros Su nombre, y nos concede liberalmente un sinnúmero de beneficios porque ahora Él es nuestro Padre y nosotros somos Sus hijos. Así que Dios nos escogió para ser santos y para ser adoptados como hijos Suyos.

Pero también vemos en el texto, en cuarto lugar, la razón por la cual Dios nos escogió: “… según el puro afecto de Su voluntad” (vers. 5). La elección de Dios no fue arbitraria o caprichosa. Una decisión arbitraria es aquella que se toma sin razón alguna. Pero en el caso de Dios, Él sí tenía una razón para escogernos, solo que esa razón se encuentra en Él, no en nosotros. Él nos escogió conforme a Su benevolente soberanía, por Su bondad que es santa y que no posee motivos impuros en ella. Eso es todo lo que nos ha sido revelado al respecto y, por lo tanto, es todo lo que debemos decir. Dios se deleitó en amarnos desde antes de la fundación del mundo, y conforme a ese amor soberano nos eligió. Por eso dice en el vers. 5 que fuimos predestinados en amor.

En quinto lugar, y finalmente, Pablo nos muestra en el texto el propósito ulterior de Dios en hacer todo esto: “Para alabanza de la gloria de Su gracia” (vers. 6). La meta final hacia la cual se mueve todo lo antes dicho es el reconocimiento en adoración (eso es alabanza) de la excelencia divina (eso es gloria) manifestada en favor de los indignos (eso es gracia).

Y una vez más, Pablo conecta todo esto con la persona de Cristo: “Para alabanza de la gloria de Su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado”; literalmente el texto dice que esa gracia nos fue bondadosamente conferida, gratuitamente impartida sobre nosotros “en el Amado”. Dios el Padre ama a Su Hijo, con un amor eterno e inalterable, y nosotros estamos en Él. En virtud de esa unión, nosotros somos ahora el objeto del amor del Padre, y beneficiarios de todas Sus bendiciones.

Y a la luz de todo esto yo me pregunto, ¿acaso existe un privilegio más grande que ser cristiano? Nuestro Dios nos ha bendecido “con toda bendición espiritual”; nosotros somos ahora los beneficiarios de las riquezas de Su gracia, somos coherederos de Dios juntamente con Cristo, y algún día entraremos en el disfrute pleno y eterno de esa herencia. Y todo eso, porque Dios de pura gracia nos amó cuando no había nada digno en nosotros que nos hiciera merecedores de ese amor. ¿Acaso no deberían nuestros corazones llenarse de sobrecogimiento, de gozo y gratitud, y nuestras bocas de alabanza, ante un cuadro como el que Pablo nos presenta en este pasaje?

Oh, que Dios nos conceda vivir a la altura de nuestros privilegios, que podamos mostrar al mundo la gloria de Dios a través de una vida santa y gozosa, independientemente de las circunstancias adversas en que nos encontremos en estos momentos. Que al igual que Pablo seamos movidos a levantar nuestros corazones y nuestras voces para bendecir a Aquel que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales, en Cristo.

© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo.

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No regresa vacía

Isaías nos enseña que la Palabra que sale de la boca de Dios (lo cual creo que también puede ser nuestra boca, dedicada a Él) no regresa vacía. Sino que lleva a cabo aquello para lo que ha sido enviada. La Palabra de Dios es la semilla, y cuando la liberemos en la Tierra, veremos buenos resultados.

"Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié." (Isaías 55:10–11).

Nosotros somos los representantes de Dios en la Tierra, sus portavoces, y el apóstol Pablo nos ordena imitarlo. Como sus representantes, debemos confesar su Palabra tal como Él lo haría. Debemos confesarla audazmente, con autoridad, creyendo que tiene poder para cambiar nuestra vida y nuestras circunstancias.

Este principio ha cambiado mi vida. Algunas veces he dejado que el principio se escabulla, pero el Espíritu Santo siempre es fiel y me recuerda confesar su Palabra. Algunas veces paso más tiempo de lo normal confesando la Palabra de Dios en voz alta. Puedo decir con seguridad que ha sido una parte regular de mi vida a lo largo de estos años. No creo que yo pudiera estar donde estoy ahora si no hubiera aplicado este poderoso principio bíblico en mi vida.

Tome poderosos versículos y pasajes en orden temático que le permitan comenzar a confesar la Palabra en voz alta con respecto a sus necesidades específicas. Hágalo una disciplina espiritual. Libere su fe al pronunciar las Escrituras con su boca y prepárese para ver cambios asombrosos en su vida.

"Y me dijo: Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos? Y dije: Señor Jehová, tú lo sabes. Me dijo entonces: Profetiza sobre estos huesos, y diles: Huesos secos, oíd palabra de Jehová [ . . . ] Profeticé, pues, como me fue mandado; y hubo un ruido mientras yo profetizaba, y he aquí un temblor; y los huesos se juntaron cada hueso con su hueso [ . . . ] Y profeticé como me había mandado, y entró espíritu en ellos, y vivieron, y estuvieron sobre sus pies; un ejército grande en extremo." (Ezequiel 37:3–4, 7, 10).

Estas escrituras son un ejemplo sorprendente de cómo pueden cambiar las cosas al profetizar (declarar) la Palabra de Dios. ¡Declarar con regularidad la Palabra de Dios con su boca produce una vida poderosa y victoriosa!

Ahora conoce el secreto: el poder de la Palabra es desatado cuando la confiesa en voz alta. ¡Tome la decisión de comenzar hoy!
del libro El poder secreto para declarar la Palabra de Dios por Joyce Meyer.
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Ordena tu vida...


Ordena tu casa, porque tú morirás, y no vivirás. Isaías 38:1 

Estas fueron las Palabra de Dios, dirigidas a un rey de la antigüedad.
Ordena tu casa, ordena tu vida, porque vas a morir.
¿Que pasaría si Dios nos hiciera saber que tenemos tan solo un año de vida.?
Algunas personas tratarían de dejar en orden todo lo que tenga que ver con la parte económica para que su familia esté bien.
Pagarían un seguro de vida, harían trámites de sucesión de bienes para que sus familiares lo hereden, pondrían en orden los títulos de propiedad de sus casas, a fin de que los suyos, puedan verse beneficiados, despues de su "partida".
¿Que pasaría si nos dijeran que nos queda solo un mes de tiempo.?
Allí, con menos tiempo, tratarían algunos de disculparse con familiares con los cuales estaban enemistados.
Irían otros a saldar sus dudas con aquel amigo al cual trataton injustamente.
Tratarían de dejar todas las cosas lo más pacíficas posibles. ¿Verdad.?

¿Y si nos dijeran que tuviéramos un día... solamente de vida.?
Sin duda iríamos y abrazaríamos a nuestra familia y le diríamos lo mucho que la amamos. Si somos padres, seguramente hablaríamos con nuestros hijos y con nuestra esposa o esposo, para dejar todas las cosas en "orden", y demostrarle todo el afecto posible. Si no, con nuestros hermanos o padres, para que también ellos puedan recibir de uno, la "ultima manifestación" de cariño. Sea como sea, nunca será suficiente el tiempo que necesitamos para poner "todas las cosas en orden".


Pero hay una cosa que sí podemos poner en orden, y que no hemos mencionado en toda la lista de prioridades. Debemos poner el orden el destino eterno de nuestra alma, después de la muerte. No pensar en ello, sería como armar nuestras maleta, para emprender un viaje, cuyo destino desconocemos.
Pero hay algo más... en este "viaje" no se puede llevar ningún equipaje!

1Timoteo 6:7 Porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar.


Estimado amigo/a:
En Cristo está la seguridad de nuestro viaje, El es el boleto a la vida eterna.
Solo Dios sabe cuando nos llamará de este mundo.
Lo importante es tener resuelto nuestro destino eterno.
Si crees en Cristo como tu salvador, habrás puesto en "orden" lo principal de tu vida. ¿Lo has hecho ya.?
Cristo quiere perdonar tus pecados, haciendo un obra en tu corazón, de modo que El pueda decir: "Esta vida está en orden." Y de esta manera podrás tener el boleto preparado para el "viaje" a las mansiones eternas, ya que serás un hijo/a de Dios. Si aún no has "ordenado tu vida espiritual" te ruego que hoy lo hagas.

Ya que nunca sabes cuando recibirás el llamado de Dios.


Mateo 16:26 Porque ¿de qué aprovecha al hombre, si granjeare todo el mundo, y perdiere su alma...


Por Alejandro Riff © 2008 - www.PalabraFiel.com.ar





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La era de fuego

¿Por qué Dios exaltó a Jesús a su diestra? Incluso en los más importantes comentarios, muy pocos escriben acerca de este asunto. La ascensión de Cristo parece ser un tema de estudio que se descuida. ¿Tiene tan poca importancia? Jesús declaró que su ascenso sería conveniente para nosotros (Juan 16:7). Él nos dijo que, a menos que subiera al Padre, no experimentaríamos algo que nos sería esencial. Sin la ascensión del Señor, no recibiríamos el bautismo en el Espíritu.

Miremos atrás a todo lo que hizo Jesús. Juan escribe que sus hechos fueron tantos, que si se escribieran todos, no cabrían los libros en el mundo. Entonces, ¿qué sería eso que Él no hizo cuando estaba en la tierra? Juan el bautista lo dijo: “Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego”. Él no lo hizo mientras estaba en la tierra. Jesús vino del cielo, y tenía que regresar allá, por medio de la cruz y la tumba, antes de que pudiera comenzar la parte final de su misión.

Nada de lo que Jesús hizo en la tierra podría describirse como bautizar con el Espíritu Santo y fuego. En ninguna de sus poderosas obras—su predicación, su enseñanza, sus sanidades, o en su muerte y resurrección—Él bautizó con el Espíritu Santo. Jesús hizo mucho por sus discípulos. Les dio autoridad para realizar misiones de sanidad, pero partió de esta tierra sin bautizarlos con el Espíritu Santo.

Tal bautismo no podía ocurrir hasta que Él fuera al Padre. En verdad, el Señor no solo dijo esto, sino que lo enfatizó. Él entró a la gloria para ocupar un oficio del todo nuevo, el oficio del que Bautiza con el Espíritu Santo. Esta es la razón por la cual ascendió al Padre. El Antiguo Testamento desconoce de tal bautismo. Es la “cosa nueva” de Dios. Jesús nos da muchas otras bendiciones en este tiempo, por supuesto. Es nuestro Sumo Sacerdote, nuestro Abogado y nuestro Representante.

Sin embargo, Él no mencionó estas funciones. Solo describió la venida del Espíritu. Luego de su ascenso, y nunca antes, el Espíritu vino y “aparecieron lenguas repartidas como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos” (Hechos 2:3). Años atrás, los altares del tabernáculo de Moisés y del templo de Salomón habían recibido fuego puro del cielo. En Pentecostés, las llamas en el aposento alto vinieron de la misma fuente celestial. Jesús tiene todo el poder en su mandato. Él está en la sala de control.

El fuego de Dios en Jesús

En términos de emoción humana, el fuego de Dios se traduce en pasión; el tipo de pasión que vemos en Jesús. Sin embargo, Él no solo era apasionado en sus palabras. Cuando iba en su viaje final a Jerusalén, leemos: “Iban por el camino subiendo a Jerusalén; y Jesús iba delante, y ellos se asombraron, y le seguían con miedo.” (Marcos 10:32).

Ellos vieron cómo Él se apresuraba en proseguir. Lucas lo expresó de esta manera: “Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén.” (Lucas 9:51).

De alguna manera el fuego en su alma se manifestaba en su apariencia externa. Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús vio la profanación del templo. Los discípulos entonces tuvieron evidencia adicional de su pasión, y recordaron las palabras del salmista: “me consumió el celo de tu casa” (Salmo 69:9). Con todo, era un enojo mezclado con amor, no furia fría. Jesús no era un fanático frenético. Él amaba la casa de su Padre.

Su deseo era ver a las personas en el templo, adorando con libertad y felicidad. Sin embargo, el comercialismo en él lo había estropeado todo. Su corazón se desbordó como un volcán. El fuego en su alma lo hizo purificar el templo. Sus acciones produjeron temor, y muchos salieron huyendo de la escena. “Y vinieron a él en el templo ciegos y cojos, y los sanó” (Mateo 21:14).

Era eso lo que Él había deseado hacer, y esa fue la razón por la que su enojo alcanzó la temperatura de un horno. Su indignación apuntaba al gozo. Jesús recibió el canto de los niños diciendo: “¡Hosanna!”.

“Pero los principales sacerdotes y los escribas, viendo las maravillas que hacía, y a los muchachos aclamando en el templo y diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! se indignaron. (Mateo 21:15).

Esta es la única ocasión en la Escritura en que se reprende el entusiasmo por Dios; la única vez que se demandó silencio en los atrios del Señor. Fueron los fariseos los que demandaron el silencio; la alabanza al Señor estaba ahogando el tintineo en sus cajas de dinero. ¡Se enmudeció la música del dinero! Todas estas reacciones de Jesús son parte del cuadro del “fuego del Señor”.


Tomado del libro Evangelismo de poder por Reinhard Bonnke
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