Conciencia de nuestra posición ante Dios

Efesios 4: 1-16

Nuestro gozo procede de tener conciencia de nuestra posición ante Dios, nuestra fuerza, nuestra seguridad. Cuando esto sucede el alma goza de una manera íntima y feliz de Su amor y de lo que está en El, en las relaciones que El mantiene con nosotros,

Es imposible tener los sentimientos cristianos realmente formados si no se tiene la conciencia de la posición por la cuales estos sentimientos se relacionan. Estar en una relación es una cosa, gustar de los afectos que esta relación supone es otra; es necesario para experimentarlos conocer esta relación. Un niño es tomado de la mano en el camino por un hombre amable: -¡Ah,- dice él -si solamente fuera el hijo de este hombre!. Si el descubre que es un niño perdido, todo esto cambia. Cuando alguno es regenerado y ve que Cristo atrae su corazón, produce en nosotros primeramente suspiros y tristeza: « ¡Si hubiera algo que yo pudiera hacer por El!» Una vez que se comprende que es en El, ¡que cambio! Ahora hay paz y gozo. El alma que comprende lo que Cristo es para el creyente, lo que Dios es para nosotros, se ve colocado en una posición que solo le hace feliz. Dios nos da, por su Espíritu, la conciencia de cual es relación que tiene para con nosotros, creyentes, y allí está la felicidad. Así lo ha sido para el hijo pródigo, cuando el padre se arroja a su cuello. Pensamientos nuevos son formados en su corazón cuando delante de sus ojos ve el testimonio de lo que hay en el corazón de su padre. Cuando comprendemos esto se produce el gozo.

El hijo una vez allí en los brazos de su padre no razona más. Está cerca de su padre y goza de su proximidad. Hay más conocimiento de lo que es un padre que un sabio razonando sobre esto. Alguien que no ha sido madre no puede tener los sentimientos de madre, e igualmente el hijo sólo puede conocerlo estando cerca de su padre. El Espíritu de adopción es dado al creyente, por aquel que sabe lo que es ser hijo, y clama: «Abba, Padre».

Vemos aquí lo que es necesario para que tengamos sentimientos beneficiosos, ante Dios y ante Jesucristo. El hijo pródigo se siente hijo no por sus propios pensamientos, sino que viendo lo que el padre es para él. Si el padre tiene un hijo, el hijo tiene un padre.

Es lo mismo en cuanto a la relación entre Cristo y la Asamblea. Si Cristo es el esposo de la Iglesia, la Iglesia es la esposa de Cristo. Tenemos necesidad de comprender bien esto. Cuando se comprende, Jesús crece a nuestros ojos. No se puede conocer tal relación sin conocer, — y ante todo desearlo—, que Cristo es quien nos coloca allí.


Cualquiera que sea la posición en la cual el hombre responsable ha sido colocado, esto no hace que se coloque en evidencia su pecado. Así ha sido igualmente y sobre todo en presencia de las promesas divinas. Nada ha demostrado la maldad del corazón del hombre como el cumplimiento de las promesas de Dios en Cristo. Los hombres— y más precisamente «los suyos», su pueblo, —han rechazado a Cristo y perdido todo derecho a las promesas. Cristo venía con las promesas de Dios en su mano, en gracia, y ellos no lo han aceptado. Antes, estaba el pecado, la trasgresión, pero ahora el hombre ha demostrado ser un hijo de ira. Luego cuando el hombre se manifiesta como tal, Dios manifiesta lo que Él es, El. En adelante no tenemos a un Cristo cumpliendo las promesas hacia aquellos a quienes estas promesas habían sido preparadas, sino un Cristo que es la plena manifestación de lo que Dios es, —Dios manifestado en carne—. Dios puede introducir a pobres pecadores al conocimiento de Si mismo. Tal como yo soy, encuentro a Dios en Cristo, para mi gozo eternal.

El hombre era pecador, cautivo de Satanás, Cristo vino a cumplir la obra de su salvación. Cristo ha amado a su Iglesia y se ha entregado a si mismo por ella: ella no existía aun, El venía rescatarla y llamarla. He aquí lo que había en el corazón de Cristo, y es la fuente de toda nuestra esperanza. He encontrado lo que Cristo es, Él ha venido para cumplir la redención de aquellos que siendo culpables de haber violado la ley, rechazando las promesas, — una redención tal que El hizo de ellos su propia carne y sus huesos —. «Nadie ha aborrecido su propia carne, sino que la alimenta y la ama, como también Cristo a la Asamblea».

Pablo tiene una revelación gloriosa: lo que él perseguía eran pobres cristianos, pero él aprende que persiguiéndoles el perseguía a Cristo.

Así el pensamiento de Dios no era solamente el salvar las almas, sino hacer de los salvos los miembros del cuerpo de Cristo, una parte de Jesús, tanto y más aún que mi mano es parte de mi cuerpo. Tal ha sido el pensamiento de Dios, tales son los resultados del amor de Cristo. Todo es gracia, Dios había dado la ley, Él ha enviado a su Hijo, Él ha presentado las cosas al hombre de todas las maneras, para ver si había algún bien en él: Él ha buscado el fruto de este árbol, pero en vano. Todo ha sido dejado de lado: el hombre está perdido. Pero ahora Dios coloca en evidencia algo que estaba escondido hasta aquí, la Iglesia. El une a este pobre pecador a Jesús, Él le da el mismo lugar que Jesús da a los suyos. Él solo lo ha cumplido. Tales pensamientos no podían estar en el corazón del hombre, igualmente el hombre mas piadoso tiene que venir a Jesús. Un judío piadoso podía escoger que el Cristo fuera el Hijo de Dios y el Hijo el Hombre, pero después de todo el hombre tiene su individualidad exclusiva: el no podía tener la idea de un Cristo que tuviera a otras personas como sus miembros. Luego, glorificado en el cielo Él esta allí, el Jefe, la Cabeza, y nosotros sus miembros. Esta es una realidad muy nueva. Ha enviado a su Espíritu aquí abajo, y, bautizados en un solo Espíritu, somos un solo cuerpo. No es verdad que nuestros cuerpos lo sean individualmente, El hace de nosotros un solo cuerpo.

¿Te das cuenta lo que es realmente estar unido a Jesús, de ser la Iglesia de Dios, el cuerpo de Jesús unido solo a Él con el fin de que gocemos con Él de todo lo que el Padre le ha dado? Nunca gozaréis plenamente de todo el amor divino que emana de la bondad de Dios, a menos que estéis en esta relación para gozarlo.

«Ha subido a lo alto».

Los judíos podían leer esta expresión en el Salmo 68, y habrían podido concebir la idea de un Cristo glorificado en el cielo. Pero «y eso de que subió, ¿qué es, sino también había descendido primero a las partes mas bajas de la tierra?» Encontramos aquí que Dios lo hizo para el cumplimiento de la salvación. Cristo viene aquí abajo, en el poder del amor de Dios, de un amor que desciende allí donde el pecado nos había colocado, y ejecuta su obra que Dios solo podía obrar, en la infinidad de su amor. Ha venido del trono de Dios, Él ha descendido hasta la última fortaleza de Satanás. Después Él sube. Habiendo glorificado a Dios en su amor y en su justicia, sufriendo el castigo del pecado, él sube a lo alto y llena todas las cosas, no como Dios sino en el poder de la redención que el ha obrado. Como Dios Él ha creado todas las cosas, y por la redención Él ha recuperado su derecho a todas las cosas.

Si tengo fe en esto, tendré además la idea de que Satanás no puede hacer nada en contra mía. Cristo ha vencido. Él ha sufrido el castigo por el pecado, y no queda más que la plenitud del amor de Dios y las consecuencias de la obra de Cristo.

No hay nada que me de felicidad en el cielo que yo no lo posea ya, salvo un cuerpo resucitado. El amor del Padre, lo gozo. El amor de Cristo, lo gozo. El poder que tiene la capacidad de gozar, — a saber el Espíritu Santo—, todo lo que produce el cielo, un lugar de felicidad y gozo, lo tenemos ya. Este pobre cuerpo que nos impide gozar como es debido, porque el vaso es de barro; pero las cosas que gozo ahora, las gozo en la eficacia de la sangre de Cristo que lo asegura en el cielo. El cristiano camina bajo la mirada de Dios con la conciencia de que no hay nada para el solo el amor. En los salmos, cuando Cristo habla del hombre y de su conducta, Él pide la venganza, pero en el Salmo 22, cuando Él habla de lo que Dios es, todo es amor. Con la plenitud del amor y de la justicia de Dios en Cristo, no queda nada que sea para nosotros. Una vez en la posición donde Cristo nos coloca, encontramos un Dios que, porque es amor, ha cumplido una obra propia en nosotros dándonos una perfecta confianza en Él.

Esto faltaba en Moisés (Éxodo 33), porque Moisés no podía cumplir con lo que quita el pecado. Si estamos aún bajo la ley, toda la revelación de la bondad de Dios nos hace aparecer aun más pecadores. Pero Cristo ha provisto lo que le faltaba a Moisés, Él ha hecho la propiciación antesde subir. El no dice: “Yo subiré hacia Jehová: puede ser que haga la propiciación…”» Las intenciones del amor de Dios pueden cumplirse hacia nosotros porque Cristo ha hecho la propiciación.

Cuando estamos allí, gozando de la plenitud del amor de Dios, podemos pensar en paz en estos consejos de Dios hacia nosotros. Siendo salvados, en la conciencia de este amor de Dios, aspiro a conocer más de Dios y sus pensamientos. El es un Dios infinito, pero que hay de nuestros pensamientos; ¿cuales son? El desea que seamos semejantes a su Hijo. La Iglesia estaba cautiva en las manos de Satanás, donde nos encontrábamos por el juicio de Dios. Cristo viene, muere, se coloca en nuestro lugar bajo los golpes de Satanás que tiene los derechos contra el hombre pecador, y Él destruye así el poder de Satanás. «Por la muerte Él ha destruido a aquel que tenía el poder de la muerte, es decir al diablo» Cristo ha dominado al opresor, Él ha «llevado cautiva la cautividad», a fin de poseernos por su amor a Él, y al fin presentarse a la Asamblea a si mismo, sin mancha. Es necesario que Él entregue a la Iglesia tal como Él la desea. Nos libró totalmente de tal manera que Él ha hecho de esta Iglesia el vaso de poder por lo cual la victoria ha sido conseguida. Él ha dado dones a los hombres, a los mismos que han estado bajo el poder del enemigo, y que han sido enteramente librados por Él y que han llegado a ser vasos que Espíritu de Dios ha enviado por Él de lo alto. Somos, en nuestro cuerpo, los templos de su Santo Espíritu.

La Iglesia es el vaso del Espíritu Santo con el propósito de que ella goce desde ahora, antes de llegar al cielo. Ella goza de la conciencia del amor de Dios, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo. Tiene la conciencia de ser la esposa de Cristo, sabe que la salvación ha sido perfectamente cumplida, que Jesús la ama y que Él la amará hasta que Él la tome sin mancha ante Él. El efecto que produce esto en nuestros corazones es el de decir: «Ven, Señor Jesús »

¿Como no desear que Él venga y que estemos siempre con el Señor? Pero el efecto práctico es de hacernos sentir que somos exclusivamente de Él, como la mujer es solo para su marido. Ella no puede ser de otro, por cariño, por deber, por la conciencia de su relación con Él: «Yo soy de mi Amado». Tener la conciencia de pertenecer solo a Jesús llena nuestro corazón de gozo, y es el secreto de todo verdadero progreso del alma. La vida cristiana llega a ser mucho más sencilla porque ella se conduce simplemente en Jesús. Las aflicciones y las dificultades de la vida son olvidadas, porque Jesús está allí.

El terminará todo según su amor. El ama a la Iglesia como a su propia carne. No es solamente el Mesías cumpliendo sus promesas, es Dios colocando a la Iglesia fuera del poder de Satanás.

¿Lo gozáis vosotros? ¿Comprendéis que le pertenecemos? 
¿Tenéis la conciencia de ser una parte de Jesús al punto de que Él puede decir a quien persigue a los suyos: 
«Yo soy Jesús a quien tú persigues?» 
Estad seguros que si tenéis esta conciencia vuestra vida será una vida de gozo constante y de calma. El más grande gozo de vuestro corazón será decir: «Ven, Señor Jesús». Y esperándolo seréis testigos de que todo es gracia, podréis decir a los pecadores: “yo conozco un río de agua viva, soy feliz, venid; el Espíritu y la Palabra hacen el gozo de mi corazón; puedo decirles que Dios es bueno…” Es el testimonio de la gracia que nos ha colocado en este gozo. Si vuestro corazón está dividido, tendréis el derecho de gozar, pero no lo gozaréis, abandonáis los privilegios de cristiano por la vanidad y la mentira. Del lado de Cristo todo es fidelidad: Ha sido dada para nosotros y Él no se detendrá antes de poseernos según los deseos de su corazón para la gloria que Él nos ha preparado. ¡Que nuestro corazón esté ocupado de lo que ocupa el suyo!

Así, lo primero es la gracia manifestada en una obra que ha quitado el pecado. Lo segundo, es que Cristo nos ha colocado en la misma posición que la suya, como su cuerpo, su Esposa. Como el centro de sus afectos.

Dios nos haga comprender este amor que nos ha unido a Él mismo con el fin de que nos gocemos de todo lo que Él es por nosotros.

Meditaciones de J-N-D. Nº 260 - By J N Darby

Lausanne, 24 de Agosto 1849

Traducido de “El Mensajero Evangélico” año 1957
Responsable traducción: RCV

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¿Qué es la realidad espiritual?



¿En qué consiste la realidad espiritual? El señor dijo: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y con veracidad es necesario que adoren” (Jn. 4:24). La palabra “veracidad” también significa “realidad”. El Señor dijo: “Pero cuando venga el Espíritu de realidad, El os guiará a toda la realidad” (Jn. 16:13). Y en 1 Juan 5:6 dice: “Y el Espíritu es el que da testimonio; porque el Espíritu es la realidad”. Esto nos muestra que Dios es Espíritu; y por tanto, todo lo que se relaciona con El, tiene que llevarse a cabo en el espíritu. El Espíritu de verdad es el Espíritu de realidad. Por consiguiente, esta realidad espiritual tiene que estar en el Espíritu Santo, porque sólo lo que está en El es real. Esta realidad espiritual va más allá de las personas y cosas. Como podemos ver, el Espíritu Santo sustenta todo lo espiritual, así que lo que esté separado del Espíritu, viene a ser letras y prácticas lo cual es muerte. Para que lo espiritual sea real, vivo y orgánico, debe estar en el Espíritu Santo, el cual nos guía a toda realidad. En consecuencia, lo que recibimos por medio de los oídos, la mente, las sensaciones o de cualquier experiencia que adquiramos sin ser guiados por el Espíritu Santo, no es realidad espiritual. Debemos tener presente que cualquier obra que Dios realice es efectuada por el Espíritu Santo, quien es el ejecutor de todo lo espiritual. Sólo aquello que procede del Espíritu Santo es una realidad.

Todo lo que se encuentra en el Espíritu Santo es realidad; así que, cuando alguien lo palpa, toca la vida. La realidad y la vida van juntas. Por consiguiente, si alguien quiere conservar la vida espiritual, debe prestar atención a la realidad espiritual. Cuando uno toca la realidad espiritual que está en el Espíritu Santo, inmediatamente responde con un amén cuando otros la tocan; y a la vez, en éstos se produce una reacción interna y un amén cuando se relacionan con uno. Este es el significado de Salmos 42:7, el cual dice: “Un abismo llama a otro” (Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas; Todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí.) Podemos decir que la realidad hace un llamado a tocar la realidad.

El ejemplo del bautismo


El Señor dijo a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo: El que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Jn. 3:5). Pablo escribió a los santos de Roma: “¿O ignoráis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en Su muerte? Hemos sido, pues, sepultados juntamente con El en Su muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida. Porque si siendo injertados en El hemos crecido juntamente con El en la semejanza de Su muerte, ciertamente también lo seremos en la semejanza de Su resurrección” (Ro. 6:3-5). Tanto el Señor Jesús como Pablo hablaron de la realidad del bautismo.

Sin embargo, muchos sólo ven el bautismo desde el punto de vista físico y únicamente ven el agua. Así que, debido a que no tocan la realidad espiritual, para ellos una persona es regenerada por el simple hecho de ser sumergida en el agua. Otros abordan este tema desde una perspectiva intelectual y creen que el agua no regenera a nadie. Afirman que el bautismo de algunos es genuino e interno y que éstos entrarán al reino de Dios, pero que el de otros es falso y externo, y por tanto, no podrán entrar al reino de Dios. Quienes así piensan tampoco han tocado la realidad espiritual.

El Señor le mencionó a Nicodemo un bautismo que era una realidad. Pablo vio que el bautismo consistía en ser sepultado con el Señor, lo cual facultaba al creyente para andar en novedad de vida. El les dijo a los creyentes colosenses: “[Fuisteis] sepultados juntamente con El [Cristo] en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados juntamente con El” (Col. 2:12). Pablo vio que ser bautizado y ser sepultado son una sola cosa, y que el bautismo y la resurrección son una misma cosa. El entendió lo que significa ser sepultados y resucitados juntamente con el Señor. No se enfocó en las aguas bautismales, ni tampoco se interesó en averiguar cuál bautismo era verdadero y cuál falso. Su interés era la realidad del bautismo y de ella hablaba.

Hermanos, necesitamos ver que el bautismo es una realidad. Si vemos esto, espontáneamente sabremos lo que es el bautismo, y no nos detendremos a analizar si es verdadero o falso, ni si es objetivo o subjetivo. Ser bautizado es ser sepultados y resucitado juntamente con el Señor. Si vemos esta realidad, se desvanecerán las falsas ideas que tengamos y exclamaremos con gozo que el bautismo es grandioso, real y vasto. Si alguien dice que fue bautizado y que desea ser sepultado y resucitado juntamente con el Señor, todavía no ha tocado la realidad espiritual. Para esta persona el bautismo es una cosa, y ser sepultado y resucitar es otra. El que conoce la realidad espiritual, distingue entre ser sepultados y la resurrección y sabe, a la vez, que el bautismo contiene la muerte y la resurrección.

Hermanos, ¿hemos visto esto? Lo espiritual no se puede ver con los ojos físicos, ni se entiende usando la mente. Todo lo espiritual tiene sus propias verdades y una vez que las tocamos, se acaban todos los problemas.

W, Nee

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El fluir del Espíritu



Hay un fluir delante de Dios que llamamos “el fluir del Espíritu”. En cada época Dios se encarga de que esta corriente no se interrumpa y que siempre esté avanzando. El fluir del Espíritu avanza en la iglesias hoy. Hace algún tiempo estuve haciendo una recopilación de los mensajes de Juan Wesley. Puedo agradecer al Señor porque puedo ver cómo el fluir del Espíritu ha avanzado hasta hoy. Si miramos atrás y examinamos a Wesley, por una parte tenemos que reconocer que hizo una enorme labor delante de Dios y que tal vez nuestra vida no se iguale con la suya; por otra parte, la corriente del Espíritu sigue moviéndose de una manera progresiva en el presente.

Tenemos aquí un principio básico: si hacemos lo que Dios quiere hacer en nuestra generación, obtendremos el fluir del Espíritu. Si, por el contrario, permanecemos fijos en el pasado y le exigimos a Dios que haga lo que nosotros pensamos es mejor y más recomendable, quedaremos fuera del fluir del Espíritu. Era aceptable ser un Martín Lutero en el siglo dieciséis, pero no estaría bien ser un Martín Lutero ahora en 1950. Estaría bien ser una señora Guyón en el medioevo, pero no sería suficiente ser una señora Guyón en 1950. Estaba bien ser un Juan Wesley en el siglo dieciocho, pero es incorrecto serlo en 1950. Era aceptable ser un Darby en 1828, pero no lo es en 1950. Dios siempre sigue adelante, y cada instrumento cumple su función para la iglesia. La corriente del Espíritu en la iglesia continúa avanzando.

Hay muchas personas que tienen una debilidad básica: no ven el fluir del Espíritu en la iglesia. Ha habido gigantes espirituales en la iglesia, quienes han traído muchas riquezas espirituales. Nosotros hemos recibido su legado. Santos como Martín Lutero, la señora Guyón, John Nelson Darby, Evan Roberts y la señora Penn-Lewis, nos dejaron un cúmulo de riquezas espirituales. Agradecer inmensamente al Señor por esto. Si en la actualidad lográsemos llegar a ser un Martín Lutero, una señora Guyón, un Darby, un Roberts o una señora Penn-Lewis, seríamos un fracaso, porque no habríamos visto el punto central: el fluir del Espíritu.

En cada época el fluir ha avanzado. Debemos reconocer que la corriente general de la Biblia, desde Génesis hasta Apocalipsis, es progresiva. Dios se ha ido revelando de una manera gradual y progresiva en cada época.

Una vez en Hong Kong, un hermano me preguntó acerca de la importancia del libro de Hebreos. Le pregunte: “¿Qué diferencia existe entre el libro de Hechos y el de Hebreos?” El libro de los Hechos, es un libro progresivo. Cuando llegamos al capítulo ocho, no podemos retroceder al capítulo dos. El Señor ya había ido a Samaria. Si regresáramos a Jerusalén, ¿cómo podríamos llegar a los confines de la tierra? Donde está el Señor, está en el camino. El Espíritu Santo deseaba ir a Roma y a los confines de la tierra. Ir a Samaria era el primer paso y a la vez era una preparación para ir a los confines de la tierra. Producir apóstoles entre los gentiles era correcto y era un paso adelante. Después de salir de Jerusalén, sería equivocado tener el deseo de regresar a Jerusalén. Los apóstoles de los gentiles siguieron avanzando hasta llegar a Roma.

El libro de Hebreos nos muestra personas con una de dos identidades: judío o cristiano, pero el libro de los Hechos nos muestra personas con doble identidad: ellas eran tanto judías como cristianas. En Hechos todavía se habla del templo. En aquella época, por una parte, los cristianos visitaban el templo y, por otra, oraban en la reunión: “Señor consagro a Ti mi ser”. Cuando se daban cuenta de que habían pecado, por una parte buscaban la ayuda del sacerdote y por otra, oraban. En aquella época, los cristianos dividían su tiempo entre ser judíos y ser cristianos. Había dos sacrificios, dos perdones y dos ofrendas por el pecado. Estaba la cruz, y había también un animal: el cordero. El libro de Hebreos habla de los cristianos que habían retrocedido al judaísmo: “¿Es usted cristiano o judío?” En Hechos, uno podría ser judío y cristiano al mismo tiempo, pero en el libro de Hebreos, no se podía ser ambos. Se debía escoger entre ser judío o cristiano. Sólo puede haber un Cordero redentor, un sacerdote y un templo. Por lo tanto, Hebreos 10 dice que no dejemos de congregarnos (v. 25). Si dejamos de congregarnos en Cristo, ya no quedará más sacrificio por los pecados (v. 26). Por lo tanto, hay un solo pensamiento básico en el libro de Hebreos; que es un libro progresivo. Debemos avanzar. El fluir del Espíritu está siempre avanzando.


Puesto que el fluir del Espíritu está siempre avanzando, lo que se podía hacer en Jerusalén no era suficiente para satisfacer la necesidad de Roma. Lo que se había llevado a cabo en Cesarea no sería válido hoy. El avance que aquí se menciona se relaciona con el fluir del Espíritu. Dios predijo que Tito destruiría a Jerusalén porque sólo podía permitir que existiera una sola Jerusalén. Después de que la iglesia fue establecida en la tierra, Dios destruyó la otra Jerusalén. La destrucción de Jerusalén puso fin a los sacrificios. Puede ser que los judíos aún guarden la pascua hoy, pero ya no tienen el cordero. Esto constituye un avance. Dios destruyó el primero. En Hechos, se podía tener dos identidades, pero cuando llegamos al libro de Hebreos, sólo se puede tener una. Este es un cambio muy serio: ya no queda más sacrificio por el pecado.

En el tiempo del libro de Hechos, Pablo todavía podía hacer un voto (18:18). No debemos medir a una persona de alguna época según la revelación de Dios. Debemos seguir el fluir del Espíritu. Dondequiera que vaya el Espíritu, nosotros debemos seguirlo. Era válido que Pablo se rasurara la cabeza y entrara al templo para purificarse (21:26), porque el fluir del Espíritu había llegado sólo hasta ese punto. Sin embargo, el libro de Hebreos desecha por completo la religión judía. El libro de Hebreos dice que debido a que lo perfecto ya ha venido, Moisés quedaba atrás. Dios está avanzando en la enseñanza y en el fluir del Espíritu.

Durante los dos mil años de historia de la iglesia, el Espíritu de Dios ha estado actuando sin detenerse. Aún después del último capítulos de Hechos, el Espíritu de Dios ha seguido avanzando, y nunca se ha detenido. El libro de los Hechos no tiene fin. Sería una necedad pensar que el Espíritu Santo ha abandonado a la iglesia. En realidad, en cada época Dios ha levantado a algunos. En cada época la iglesia ha ido avanzando. De generación en generación, siempre ha seguido adelante y siempre avanzando, hasta el día de hoy.

Sólo aquellos que andan conforme al corazón de Dios son bendecidos con prole. Mical nunca tuvo hijos (2 S. 6:23), sin embargo Betsabé, la madre de Salomón, tuvo hijos (12:24), uno de los cuales es la continuación de la línea del Espíritu Santo: esto es a lo que yo llamo el fluir del Espíritu. Nosotros heredamos toda la gracia de nuestros padres y antepasados; de ellos recibimos nuestro legado espiritual. ¿Está avanzando el camino de Dios entre nosotros hoy, o se está moviendo por medio de otros? A esto llamo la autoridad del Espíritu Santo. Si fracasamos, el Espíritu Santo se expresará por medio de otros. La autoridad del Espíritu Santo es como el tronco de un árbol, que crece sin parar.

Dondequiera que esté el sello del Espíritu, ahí está el camino de Dios.


Watchman Nee

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