Oir a Dios

El mundo hace que nos resulte fácil llenarnos los oídos con toda clase de cosas que ahogan la voz de Dios y lo alejan a Él, relegándolo a un lugar secundario en nuestras vidas. Sin embargo, a cada persona le llegará un día en que lo único que le quede será Dios. Todas las otras cosas de la vida finalmente pasarán; pero cuando esto suceda, Dios seguirá estando allí.

La Palabra de Dios enseña que lo que se conoce de Dios es evidente para todos porque Él se dio a conocer en la conciencia interna de cada ser humano (Ro 1:19-21). Algún día, cada uno de nosotros comparecerá delante de Él para dar cuenta de su vida. Cuando rehusamos servir a Dios con nuestra vida, queriendo seguir nuestro propio camino, encontramos formas de tapar e ignorar ese instintivo conocimiento interno del Creador, que quiere hablarnos y guiarnos por el camino que debemos seguir. Nada podrá satisfacer nuestro anhelo de Dios, sino la comunión y el compañerismo con Él. El profeta Isaías expresó tan bien nuestra hambre de Dios cuando escribió: "En la noche (oh, Señor) te desea mi alma, en verdad mi espíritu dentro de mí te busca con diligencia" (Is 26:9)


Oír a Dios es vital para poder disfrutar de su plan eterno para nuestras vidas. Pero escucharlo es nuestra decisión; nadie más puede hacerlo por nosotros. Él no nos forzará a elegir su voluntad, pero hará todo lo posible para estimularnos a aceptar sus caminos.

Dios quiere participar hasta de los mínimos detalles de nuestra vida. Su Palabra dice que debemos reconocerlo en todos nuestros caminos, y Él enderezará nuestras sendas. Reconocer a Dios significa interesarnos en lo que Él piensa y pedirle su opinión. Proverbios 3:7 dice: "No seas sabio en tu propia opinión". En otras palabras: ni siquiera se te ocurra pensar que puedes tomar las riendas de tu propia vida y gobernarla bien sin la ayuda y la dirección de Dios. A la mayoría nos toma demasiado tiempo aprender esta importante lección.

Aunque amaba sinceramente a Jesús, asistí a la iglesia durante años sin saber que Dios le habla a la gente. Yo observaba todas las reglas y fiestas religiosas, e iba a la iglesia todos los domingos. Cumplía sinceramente todo lo que por entonces sabía que debía hacer; pero no bastaba para satisfacer mi anhelo de Dios. Aunque hubiera dedicado cada momento a la iglesia o a la Biblia, no habría logrado apagar esa sed de una profunda comunión con el Señor. Necesitaba hablarle de mi pasado y oírlo hablarme de mi futuro; pero nadie me enseñó que Dios quería hablar directamente conmigo. Tampoco nadie tenía respuesta para el sentimiento de insatisfacción que me embargaba. Al leer la Palabra, aprendí que Dios sí desea hablarnos, y que tiene para nuestras vidas un plan que nos dirigirá hacia un lugar de paz y contentamiento. Es la voluntad de Dios que alcancemos el conocimiento de ese plan por medio de su divina guía.



Extraído de Cómo oír a Dios, Joyce Meyer

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Siete pasos


Tentación * Segunda parte

Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia;
conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Sal 51:1

Dios tiene una forma hermosa de tomar lo negativo y cambiarlo para su gloria, si se lo permitimos. Dios ha provisto una manera por la cual nuestro peor fracaso puede ser transformado en gran ganancia. En el libro de los Salmos, David escribió su oración de arrepentimiento después de pecar con Betsabé. Esta oración incluye siete pasos que creo necesarios que todos sigamos después de ceder a la tentación.


1. La primera etapa en el proceso de recuperación es el arrepentimiento. No confundir con dos formas falsas de arrepentimiento: "Señor, realmente siento haber sido sorprendido." O: "Señor, realmente siento que pequé. Espero portarme mejor la próxima vez." Ambas salen de la culpabilidad o de la vergüenza, no de un sentido de remordimiento por haber desagradado a Dios. Las personas oran así no tienen intención de cambiar, simplemente están intentando quitarse a Dios de encima. El arrepentimiento genuino comprende la confesión, que reconoce la propia culpa. También reconoce que el pecado era contra Dios. Dijo David: "Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos." (Salmo 51:4), asume la completa responsabilidad y requiere de completa honestidad hacia Dios.

2. Aceptar el perdón de Dios. A veces esto es difícil porque nos sentimos muy culpables, especialmente si es un pecado que hemos cometido muchas veces. Tal vez nos sintamos tontos yendo al Señor con el mismo pecado otra vez, pero eso es lo que tenemos que hacer. Junto con aceptar el Perdón de Dios, tenemos que perdonarnos a nosotros mismos. Si Dios dice que nuestro pecado está pagado, entonces está pagado.

3. hacer restitución a aquellos contra los cuales usted ha pecado. Algunas veces esto no es fácil. Si ha robado algo, puede devolverlo sin mucho problema, y pagar por cualquier daño también. ¿Pero cómo hace restitución a alguien a quien le ha robado la pureza, el honor o la reputación? Usted tiene que pedirle perdón a esa persona. Y no quiero decir simplemente que diga que lo siente. Tiene que pedir perdón.

4. Aceptar la disciplina de Dios. A menudo no reconocemos la disciplina de la mano de Dios. Cuando hay consecuencias personales que resultan de nuestro pecado, tales como una herida o una pérdida financiera, podemos por lo general, reconocerlas de inmediato. Pero a veces la disciplina de Dios viene en formas que al principio parecen no tener relación con lo que hemos hecho. Con el tiempo, sin embargo, la verdad se hace clara. Cuando reconocemos que estamos siendo disciplinados, una señal indiscutible de que realmente tomamos a Dios en serio es que no luchamos con la situación. Aceptando voluntariamente la disciplina de Dios, reconocemos nuestra culpa y su derecho soberano de ejercer autoridad sobre nosotros.

5. Identificación con las lecciones que Dios quiere enseñarnos a través del fracaso. Pasar por alto este paso es que la serie completa de acontecimientos viene a ser una pérdida de tiempo. Dios está en el proceso de traernos algo bueno del desorden que hemos causado. Sin embargo, si no descubrimos lo que él está tratando de enseñarnos, todo el proceso se malogra. Cuando hablamos de aprender de nuestros errores, necesitamos mantener en mente la humildad, la pureza y la instrucción. Cuando caemos, debemos orar: "Señor,humilla mi espíritu delante de ti. Purifica mi corazón pecaminoso. Instrúyeme en tus caminos para que este hábito se rompa y yo pueda experimentar la libertad que tú has provisto."

6. Consultar a un consejero calificado. Si aún continuamos luchando con la misma tentación y nada parece dar resultado, tal vez necesite ayuda de alguien que lo escuche y lo ayude a entender por qué está usted luchando en esa forma. Por eso Dios ha equipado a los consejeros y los ha dado al cuerpo de Cristo.

7. El último paso en el proceso de la recuperación es la preparación para compartir lo quehemos aprendido con otros. Considere lo que dijo David: "Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente. Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti." Salmo 51:10-13

Al pasar a través de estos pasos de la recuperación, se verá a Dios tomar lo que comenzó como una cosa negativa y convertirla en algunas de las experiencias más positivas de nuestra vida. En ocasiones será doloroso, pero el crecimiento siempre es doloroso. La decisión es de cada uno. No una sola vez, sino todas las veces que sucumbamos a la tentación. Mientras permitimos a Dios obrar a través de este proceso, Él nos revelará por qué somos tan susceptibles a ciertas tentaciones. Una correcta disposición a responder correctamente al fracaso puede proveernos el conocimiento que necesitamos para alcanzar la victoria la próxima vez.

Querido amigo, por favor, no desperdiciemos nuestros fracasos. Permitamos a Dios usarlos para madurar hasta llegar a la "estatura" que Él desea para nosotros. Que Dios convierta nuestras derrotas en victorias. La decisión es nuestra: no elijamos malgastar nuestros fracasos, sino ponerlos en las manos de Aquel que dijo: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga." Mateo 11:28-30


Adaptado de Tentado, no cedas. Charles Stanley


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No nos dejes caer en tentación...


La palabra TENTACIÓN tiene diferentes connotaciones para cada uno de nosotros. Para algunos, representa un helado de crema batida y nueces. Para otros, es el hombre o la mujer quien ha venido a ser el objeto de fantasías sexuales secretas en la oficina. Para el hombre que vive bajo un gran stress, puede ser la botella de la wisky. Para la mujer desencantada, puede ser la farmacia de la esquina donde sabe que puede conseguir que le vendan esa receta de calmantes una vez más.

Para algunos adolescentes, el vocablo tentación puede traer a la mente una botella de cerveza, un cigarrillo de marihuana o un miembro del sexo opuesto con quien los padres le han prohibido mantener amistad. Para otros, puede ser el deseo incontrolable de librarse de una comida obligándose a vomitarla para no aumentar de peso. Tal vez la tentación tiene algo que ver con los sitios que visitan en internet o las películas triple x.
Cuando oyes el vocablo tentación, ¿qué te trae a la mente? ¿Cuál es tu tentación más grande? Tal vez, has tratado y fracasado tantas veces en el pasado, que te has desalentado, y simplemente, la ocultas para no ser despreciado dentro de tu grupo de amigos, pero en el fondo de tu corazón, luchas con la hipocresía.


En necesario recobrar esas esferas de tu vida en que has resbalado. Pero decidir no luchar con el pecado, te lleva a lo que la Escritura llama un corazón endurecido. Este se produce cuando la gente oye la verdad y la cree, pero rehúsa aplicarla. Producir un corazón endurecido es un proceso que lleva tiempo. Pero cada vez que los creyentes reconocen que hay pecado en su vida y, sin embargo, no hacen nada al respecto, se vuelven menos sensibles a la dirección del Espíritu Santo. Finalmente, llegan al lugar donde no sienten ninguna convicción de pecado. Se endurecen y apagan al Espíritu en sus vidas (1 Ts 5:19), lo cual es muy peligroso. La Biblia advierte que si dejamos que este proceso continúe, finalmente Dios nos entregará de nuevo al pecado. O sea, en un sentido, él dice: "¿Tú quieres vivir a tu manera? Bien, hazlo, y sin ninguna interferencia de parte mía." En ese momento los creyentes pierden toda dirección moral y ética en lo que respecta al Espíritu Santo. Están solos. Esto es lo que le pasó al hombre que describe 1 Corintios 5 que llevaba una relación de incesto aparentemente sin ningún remordimiento. Creo que el hombre no obedeció las instrucciones del Espíritu Santo, y Pablo dice que fue entregado a Satanás. Tal es el riesgo que corremos si no nos encargamos del problema del pecado.

Otra razón por la cual es indispensable luchar contra los elementos pecaminosos de nuestro estilo de vida es que un pecado lleva a otro. El pecado es como el cáncer que se extiende. Cuando te acostumbras a un pecado en particular, una vez que se arraiga en su estilo de vida, es sólo asunto de tiempo antes que otras esferas constituyan problemas. La mayoría de las historias sobre alguna gran caída en pecado comienzan con una historia sobre un pecadillo que se dejó sin resolver. Esa esfera abre la puerta para otras cosas que pronto se convierten en problemas mayores.

Una última razón por la que hay que tomar seriamente aun el pecado más pequeño, es que el pecado siempre resulta en muerte de alguna clase. Santiago lo dice así: "...sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; yel pecado, siendo consumado, da a luz la muerte."Santiago 1:14-16.

La buena noticia es que el Señor Jesús dio su vida por ti y es capaz de librarte de caer en tentación.

Continuará.

Bibliogr: Biblia RV. Tentado, no cedas, C. Stanley
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De todos modos, creo


Yo no lo merecía, pero Él de todos modos lo hizo. Yo no se lo pedí, pero Él de todos modos ya lo había hecho: Jesús murió por mí. Sí, Él tomó mi lugar. El pagó mi rescate con Su vida. ¿Cómo alguien puede amar tanto hasta dar su propia vida en mi favor? Yo no soy mejor que nadie, y sin embargo, Él lo hizo. Así que, aquí estoy, sin merecerlo, sin pedirlo y sin ser mejor que nadie… Jesús, de todos modos, lo hizo.

No es algo virtual, no es algo religioso o místico. Simplemente, cuando creí lo que Jesús hizo por mí, nací de nuevo. No hablo de entrar al vientre de mi madre y volver a salir, lo cual es imposible. Hablo de nacer del Espíritu. Creo que tengo nueva vida. Ya no vivo yo, ahora Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo, lo vivo por la fe en lo que Jesucristo hizo por mí.

No se trata del azar, o de un augurio acerca de mi destino. No me fue revelado por un gurú o una carta natal. Sé que Dios me ha elegido desde antes de nacer para ser Su hija, y que tiene un plan para mí. Creo que mi vida tiene un propósito en Dios. Así lo dice la Biblia, y en ella creo absolutamente. Estoy completamente segura de que el mensaje de Dios que anunciaron los profetas es la verdad. Ese mensaje me dice cómo vivir. Ninguna enseñanza de la Biblia se puede explicar como uno quisiera. Ningún profeta habló por su propia cuenta. Al contrario, todos ellos hablaron de parte de Dios y fueron guiados por el Espíritu Santo.

Entonces, cuando vienen las tormentas de la vida, el desánimo, las dificultades, las situaciones agobiantes, las enfermedades, las pérdidas, los fracasos, las injusticias, yo, de todos modos, creo. Aunque no entienda lo que ocurre. De todos modos, creo. Mi cuerpo se va gastando, pero mi espíritu va cobrando más fuerza. Las dificultades que tengo son pequeñas, y no van a durar siempre. Pero, gracias a ellas, Dios me llenará de la gloria que dura para siempre: una gloria grande y maravillosa.

Sí, de todos modos, creo en Jesús.
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No te conformes


Una cualidad de los cristianos es la “inconformidad”. Los cristianos somos inconformistas. Al menos eso es lo que la Biblia aconseja: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” Romanos 12:2

Reconozco que este consejo de no conformarse es difícil de seguir en los días que corren. No tomar la forma, es decir, no amoldarse a los estándares sociales y culturales vigentes, se hace cada más complejo si es que vivimos siendo parte del engranaje de nuestra sociedad. Muchísima gente, y en particular los cristianos, son termómetros que registran la temperatura de la opinión de la mayoría, en lugar de ser termostatos que transforman y regulan la temperatura de la sociedad. Mucha gente teme sobremanera adoptar una postura que discrepe clara y manifiestamente de la opinión que predomina. La tendencia de muchos de ellos es adoptar un punto de vista tan amplio que lo incluya todo, y tan popular que abarque a todo el mundo.

Además, algunas de nuestras disciplinas intelectuales nos persuaden de la necesidad de conformarnos. Algunos sociólogos filósofos insinúan que la moralidad es el consentimiento del grupo y que las formas correctas son las que adopta la gente. El éxito, el reconocimiento y el conformismo son las palabras claves del mundo moderno, donde cada uno parece implorar la seguridad anestésica de identificarse con la mayoría.

Pero nosotros, como cristianos, tenemos la obligación de ser inconformistas. Estamos llamados a ser individuos de convicciones, no de conformismos; de nobleza moral, no de respetabilidad social. Tenemos obligación de vivir diferentemente y según una fidelidad más alta.

Ciudadanos de dos mundos 

Todo cristiano de verdad es ciudadano de dos mundos, el temporal y el de la eternidad. Paradójicamente, estamos en el mundo y, a pesar de todo, no estamos en el mundo. Pablo escribía a los cristianos filipenses: “Porque nuestra ciudadanía está en los cielos” Fil 3:20. Entendían lo que quería decir, porque su ciudad de Filipo era una colonia romana. Cuando Roma quería romanizar una provincia, establecía una pequeña colonia de gente que vivía según la ley y las costumbres romanas y que guardaban fidelidad a Roma. Esta minoría pujante y creadora expandía el evangelio de la cultura romana.

Aunque la analogía no sea perfecta -los colonos romanos vivían en un marco de injusticia y explotación, de colonialismo-, el Apóstol apunta a la responsabilidad de los cristianos de infundir a un mundo no cristiano los ideales de un orden más alto y noble. Viviendo en una colonia temporal somos, en último término, responsables del imperio de la eternidad.

Como cristianos, no debemos rendir nuestra suprema lealtad a ninguna costumbre supeditada al tiempo o a ninguna idea vinculada a la tierra, porque en el corazón de nuestro universo existe una realidad más alta -Dios y su reino de amor-, a la cual debemos acomodarnos.

Este mandamiento para que no nos conformemos proviene no solamente de Pablo, sino de nuestro Maestro y Señor Jesucristo, el inconformista más entusiasta del mundo, cuya no conformidad ética desafía aún a las conciencias del género humano. 
  • Cuando una sociedad opulenta quiere hacernos creer que la felicidad consiste en la calidad de nuestros automóviles, en el lujo de nuestras viviendas o el precio de nuestros trajes, Jesús nos recuerda que “La vida no está en la hacienda” Lc 12:15.
  • Cuando estemos a punto de caer en la ostentación de un mundo repleto de promiscuidad sexual y alienado por una filosofía de autoafirmación, Jesús nos dirá que: “Todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón” Mt 5:28. 
  • Cuando nos resistimos a sufrir por aquello que es justo y nos decidimos a seguir la senda de la comodidad y no la de la convicción, sentimos que Jesús nos dice: “Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque suyo es el reino de los cielos” Mt 5:10.
  • Cuando en nuestro orgullo espiritual nos vanagloriamos de haber alcanzado la cima de la excelencia moral, Jesús advierte: “Los publicanos y las rameras os preceden en el Reino de Dios” Mt 21: 31.
  • Cuando nosotros, por culpa del egoísmo frío y del individualismo arrogante, dejamos de corresponder a las necesidades de los desposeídos, el Maestro dice: “Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” Mt 25:40.
  • Cuando dejamos que la estela de la venganza nos invada el corazón de odio para con los enemigos, Jesús enseña: “Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen” Mt 5: 44. Haced el bien a los que os odian y orad por los que abusan de vosotros despiadadamente y os persiguen. 

En todo lugar y en cualquier tiempo,
la ética del amor de Jesús es una luz radiante
que descubre la fealdad del estancado conformismo.

Bibliografía: La Biblia. - M.L.King, La fuerza de amar
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