Sustitución


La mayor necesidad que tiene el pecador es la de ser hecho justo delante de Dios. El gran plan de la sustitución, pensado y acordado por Dios Padre y el Hijo antes de que el mundo comenzase tenía la intención de hacer precisamente eso: hacer justos a los pecadores delante de Dios.

Jesús pudo tomar nuestros pecados sobre Él mismo como nuestro sustituto solamente porque no tenía pecado. Por eso ningún ser humano podía salvarse nunca a sí mismo, y menos aún a su prójimo. Todo ser humano que nace en este mundo ha descendido de Adán y ha heredado la naturaleza de pecado de Adán; con una excepción: ¡Jesús, el Dios-hombre!

El plan de Dios para rescatar a la humanidad era el de insertar a su Hijo sin pecado en la raza humana a fin de darnos una posición correcta delante de Dios. Él hizo eso mediante el nacimiento virginal. El nacimiento de Cristo implicó al Espíritu Santo y a una madre humana, pero no a un padre humano. Por tanto, Él no heredó la naturaleza de pecado de Adán. De esta manera Dios pudo enviar a un Salvador sin pecado para llevar nuestros pecados y proporcionarnos su justicia. ¡Qué regalo tan extravagante!

Pero en el huerto de Getsemaní, el lado humano de Jesús comenzó a luchar con su misión. ¿Qué fue lo que causó a Jesús tal angustia en su decisión de “beber la copa” que su Padre le ofrecía? ¿Qué contenía esa copa que hizo que el Hijo de Dios se retirase con horror y abrumadora tristeza?


¿Cree usted que fue la experiencia del dolor físico y el sufrimiento que tenía por delante? Sí, Jesús sabía que el dolor físico sería terrible, más allá de toda descripción; pero la copa contenía algo que Jesús, el eterno Hijo de Dios, seguramente aborrecía aún más.


Como segunda persona de la Trinidad, Jesús aborrecía el pecado con un odio absoluto. El perfecto Dios-hombre nunca había sabido lo que era cometer un pecado o contaminar su vida sin pecado con algo impío, y menos aún experimentar la sucia degradación del pecado. Ahora, al tomar sobre Él mismo los horribles pecados de toda la humanidad a lo largo de toda la historia, Él realmente se hizo pecado por nosotros: ¡algo contrario a su propia naturaleza!


—Tomado del libro Tesoros de la cruz de David Skeba.