El engaño es una trampa



La palabra griega que se utiliza en el texto de Lucas 7:1 para aludir al tropiezo (ofensa) deriva de la palabra skándalon. Esta palabra se refería originalmente a la parte de la trampa en la que se colocaba la carnada. De ahí que la palabra signifique algo así como colocar una trampa en el camino de una persona. En el Nuevo Testamento muchas veces se utiliza para referirse a una trampa colocada por el enemigo. La ofensa es una herramienta del diablo para llevar cautivas a las personas. Pablo instruía al joven Timoteo, diciéndole: “Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él” (2 Timoteo 2:24-26, énfasis añadido). Aquellos que luchan o






>se oponen caen en una trampa y son hechos prisioneros de la voluntad del diablo. Lo más alarmante es que no son conscientes de su estado. Como el hijo pródigo, deben volver en sí mismos y despertar para poder entender cuál es su verdadera situación. No comprenden que están vertiendo agua amarga en lugar de agua pura. Cuando una persona es engañada, cree que tiene la razón, aunque no sea así.


No importa cuál sea la situación, podemos dividir a todas las personas ofendidas en dos grandes categorías: (1) los que han sido tratados injustamente y (2) los que creen que han sido tratados injustamente. Los que corresponden a esta segunda categoría creen con todo su corazón que han sido tratados de forma injusta. Muchas veces, han sacado sus conclusiones basándose en una información inexacta. O su información es exacta, pero la conclusión está distorsionada. Sea cual sea el caso, se sienten heridos y su entendimiento está oscurecido. Juzgan basándose en presunciones, apariencias y comentarios de terceros.


Mi oración es que la Palabra de Dios alumbre los ojos de su entendimiento para que pueda ver cuál es su verdadero estado y sea libre de cualquier ofensa que esté guardando en su interior. No deje que el orgullo le impida ver y arrepentirse. No permita que Satanás gane la batalla de la ofensa.*


*John Bevere, La trampa de Satanás, © 2000, 2010, pp. 17, 18, 22.