Lo que debemos saber con respecto a nuestro cuerpo




Pablo da a los corintios una perspectiva adecuada de sus propios cuerpos
1. El propósito del cuerpo:
“Las viandas para el vientre, y el vientre para las viandas; pero tanto al uno como a las otras destruirá Dios. Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo” (1Cor. 6:13).
En palabras más sencillas, lo que Pablo está diciendo aquí es que no podemos equiparar o igualar las relaciones sexuales con el acto de comer, porque si bien es cierto que la comida es para el estómago, y el estómago para la comida, el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor. La relación que hay entre la comida y el estómago es puramente biológica y pasajera. Pero la relación que hay entre nuestro cuerpo y el Señor es muy distinta. El cuerpo fue diseñado para pertenecerle al Señor, para Su servicio; de la misma manera que el Señor es para el

cuerpo, es decir, para habitar en nuestros cuerpos por Su Espíritu.
Eso es algo que nosotros no podemos entender del todo, pero la Biblia enseña claramente que cuando un pecador se convierte a Cristo, el Señor viene a morar en Él (comp. Jn. 14:18-23). De manera que nuestro cuerpo tiene una importancia extraordinaria porque Cristo ha venido a morar allí. El cuerpo es para el Señor y el Señor es para el cuerpo. Precisamente por eso nuestros cuerpos no están destinados a quedarse descompuestos en una tumba.
2.     El destino del cuerpo:
“Y Dios, que levantó al Señor, también a nosotros nos levantará con su poder” (1Cor. 6:14).
Así como el Señor resucitó de la tumba al tercer día con un cuerpo glorificado, los creyentes también resucitarán.
Por lo tanto, no podemos tratar nuestro cuerpo como una ropa inservible que algún día será desechada, sino como la materia prima que Dios usará para darnos más adelante un cuerpo lleno de gloria.
En el capítulo 15 de esta misma carta, Pablo compara este proceso con la siembra de una semilla. ¿Qué pasa cuando sembramos una semilla en la tierra? Que la semilla se muere para dar paso al nacimiento de un árbol. Y así será, dice Pablo, con el cuerpo que tenemos ahora: Será sembrado en corrupción, pero resucitará en incorrupción; será sembrado en deshonra, pero resucitará en gloria; será sembrado en debilidad, pero resucitará en poder (1Cor. 15:42-43). Ese es el glorioso destino que aguarda a nuestros cuerpos, si somos de Cristo.
Algunas personas ricas pagan una suma enorme de dinero para que congelen sus cuerpos después que mueran, por si acaso encuentran en el futuro alguna cura que pueda traerlos de nuevo a la vida; pero si tu eres un verdadero cristiano te tengo una buena noticia: Dios traerá tu cuerpo a la vida, en una condición mil veces mejor que la tienes ahora: transformado y glorificado. Y no tienes que pagar un solo centavo por ese procedimiento, porque ya Cristo pagó por eso completamente en la cruz del calvario. Es tal la unión de nuestro cuerpo con Cristo que ni siquiera la muerte puede disolverlo.
3.  La unión de nuestro cuerpo con Cristo:
“¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Quitaré, pues, los miembros de Cristo y los haré miembros de una ramera? De ningún modo” (1Cor. 6:15). 
Una vez más, estamos ante una realidad espiritual que escapa a nuestro entendimiento, pero que es claramente enseñada en la Biblia: desde el momento de nuestra conversión nuestra vida completa es unida a la de Cristo, no solo nuestras almas, sino también nuestros cuerpos, y esto debe ser incentivo para guardarnos de la inmoralidad sexual.
“¿O no sabéis que el que se une con una ramera, es un cuerpo con ella? Porque dice: Los dos serán una sola carne. Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él” (1Cor. 6:16-17).
La Biblia presenta las relaciones sexuales como algo bueno y sagrado, siempre y cuando ocurran en el contexto de ese compromiso que adquieren los esposos al casarse de vivir el uno para el otro por el resto de sus vidas (comp. He. 13:4). Pero ¿qué ocurre cuando un cristiano se una a otra persona fuera del matrimonio? Que está profanando a Cristo, con el cual ahora está unido. Si una persona une su cuerpo con otra persona que no es su esposa, está cometiendo un pecado de inmoralidad, no importa si esa persona es cristiana o no. Pero cuando se trata de un cristiano, el pecado es peor, porque está profanando la unión que tiene con Cristo.
Por supuesto, como bien señala John MacArthur, “Cristo no queda personalmente mancillado (o manchado) con el pecado, más de lo que son contaminados los rayos del sol que se reflejan en un depósito de basura; pero Su reputación sí queda empañada por causa de la relación” (que ese cristiano tiene con Él)[i].
De ahí su advertencia en el vers. 18: “Huid tiempo presente: manténganse huyendo – de la fornicación”. No dice simplemente que debemos evitar ese pecado, sino que debemos salir corriendo de cualquier situación que pueda llevarnos a pecar. Ese no es el momento de ponerse a razonar; es el momento de huir. Y el argumento que usa Pablo es muy impactante:
“Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; más el que fornica, contra su propio cuerpo peca” (1Cor. 6:18). 
Lo que Pablo está diciendo aquí es que el pecado de inmoralidad no solo se comete con el cuerpo, sino en su contra. Permítanme ilustrar esta enseñanza con un ejemplo. Imagínate que vas manejando por la autopista un carro acabado de comprar, de último modelo, sumamente costoso. Si excedes el límite de velocidad establecido por la ley estás pecando con el carro. Pero si decides llenarlo completamente de basura, estás, en cierto modo, pecando contra él, porque estás ensuciando, y probablemente dañando, algo muy valioso.
Y eso es exactamente lo que ocurre cuando un creyente cae en el pecado de la inmoralidad, está llenando de basura un cuerpo que pertenece al Señor, a la vez que se está provocando un daño enorme a sí mismo. Comentando acerca de esto John MacArthur dice que el pecado sexual “Tiene una forma propia de destruir el ser interior de la persona como no la tiene ningún otro pecado. Debido a que la intimidad sexual es la unión más profunda entre dos personas, su mal uso corrompe en el nivel humano más profundo”. Por eso, dice MacArthur, es más destructivo que el alcohol, las drogas y el crimen[ii]. Comp. Pr. 5:8-11; 6:24-32; 7:24-27.
4.     El verdadero propietario del cuerpo:
“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1Cor. 6:19-20). 
Y esta sí que es una enseñanza difícil de asimilar, porque todos sentimos por intuición que este cuerpo nos pertenece. El cuerpo es tan parte integral de lo que somos como seres humanos, que nos cuesta pensar no sea nuestro. Si estoy clavando un clavo y me falla la puntería, el dolor lo voy a sentir en MI dedo (y en cierto modo, en todo MI cuerpo).
Ahora, noten que Pablo no niega eso (comp. vers. 15, 18). Lo que él está diciendo aquí es que este cuerpo nuestro, en última instancia, le pertenece al Señor, porque Él lo compró con el precio de Su sangre. Este es mi cuerpo, porque Dios me lo ha dado para que habite en él hasta el día de mi muerte, y es el mismo que voy a tener en la gloria, solo que glorificado; pero aún así yo no puedo hacer con mi cuerpo lo que me venga en ganas porque, a final de cuentas, no soy su propietario absoluto.
Pero hay algo más: Dios ha decidido convertir mi cuerpo en un templo donde habita el Espíritu Santo (comp. vers. 19). Y la palabra que Pablo usa allí es la que aparece en otros pasajes de la Biblia para referirse a la parte más sagrada del templo, donde estaban el lugar santo y el lugar santísimo. Cristo nos compró a un precio sumamente alto para libertarnos de la esclavitud del pecado y convertirnos en un templo. ¿Para qué son los templos? Para adorar a Dios. Si Dios ha convertido nuestro cuerpo en un templo es para que vivamos de tal manera que Él pueda ser honrado en todo lo que hacemos con nuestro cuerpo: “glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”
¿Qué tan consciente estás de la perspectiva que Pablo plantea en este pasaje? ¿Reflejas con tu cuerpo la realidad de que el Espíritu Santo te ha convertido en un templo viviente? Cuando te vistes, ¿lo haces con la consciencia de que estás vistiendo al templo del Espíritu?
Es difícil exponerse a un pasaje como este y no sentirse convicto de pecado. Pero si ese es tu caso, no te limites a lamentar lo que debió haber sido y no fue. Confiesa tus pecados al Señor, ampárate en la preciosa sangre de Cristo que nos limpia de toda maldad, y en dependencia del Espíritu de Dios señala algunas cosas concretas que deben cambiar en tu vida para que puedas ser más coherente con lo que en verdad eres en Cristo.  Pero sobre todas las cosas, pídele al Señor que abra tus ojos para que puedas ver a Cristo, no solo como un Salvador todo suficiente, sino también absolutamente deleitoso. Nunca podrás luchar eficazmente contra las ofertas engañosas de este mundo, hasta que no las compares con las glorias y excelencias de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. Huye de la fornicación, pero huye hacia Cristo, porque lo que Él ofrece es infinitamente superior a cualquier oferta que el pecado pueda hacerte.


[i] John MacArthur; Primera Corintios; pg. 182.
[ii] Ibíd.
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