Vivir y morir con integridad

Hace muchos años un reconocido ministro de televisión cayó en un pecado que fue difundido en todo el mundo, devastando al cuerpo de Cristo e impactando a los pecadores. La caída fue tan fuerte que miles dejaron de asistir a las iglesias y mucha gente decepcionada dijo que nunca más vería a un ministro en la televisión. Así que le comenté a mi esposa: “¿Habría sido mejor que el Señor se llevara a esa persona antes que ese terrible pecado se desarrollara en su vida?” El hecho me hizo pensar en el rey Ezequías, a quien se le dijo que iba a morir y después oró para obtener una extensión de su vida. Dios le añadió quince años más (Is 38:5). Después que fue sanado, Ezequías invitó a varios embajadores de Babilonia para que vieran toda la riqueza de su casa y el templo. Le reveló los secretos de Dios al enemigo. Luego el profeta Isaías lo reprendió y le informó que en el futuro los babilonios invadirían y destruirían a Jerusalén, tomando la futura semilla de Ezequías (descendientes) en cautiverio y se apoderarían de los tesoros de oro y los vasos sagrados de la casa de Dios (2 R 20).


He reflexionado en el hecho de que si Ezequías hubiera muerto con la enfermedad, los babilonios no lo habrían visitado y el oro del templo habría permanecido oculto de los ojos del público. Con el tiempo, la destrucción habría venido, pero ¿habría sido retrasada? ¿Fue la extensión de su vida un resultado negativo para Israel, abriendo la puerta a los babilonios? Eso plantea un debate teológico.

Conocí un ministro que siempre dijo que prefería que el Señor se lo llevara temprano antes que dejarlo vivir y traer deshonra al nombre del Señor por pecar en sus últimos años. Cuando murió, se supuso que, “Dios debió haber visto que venía algo que era malo y lo libró del problema”. Eso es posible. Sin embargo, yo preferiría tener una larga vida y creer que Él me puede mantener y preservar, puesto que Judas escribió: Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría. (Judas 24, RV)

A veces no habrá ninguna razón aparente por los acontecimientos que suceden de la manera que lo hacen. Se ha sugerido que, puesto que Dios conoce el futuro, puede permitir que algunos lleguen al cielo a una edad más temprana para evitarles que experimenten algún problema futuro que pudiera costarles su destino eterno.

Recuerdo cuando un conocido ministro de televisión perdió a su hija y su yerno en un accidente aéreo, dejando tres hijos. Era un ministro internacional que presidía una prestigiosa universidad. Era conocido porque veía respuesta a la oración y precisamente antes del accidente había enseñado al cuerpo de Cristo en cuanto a la formación de una cobertura de oración en torno a sus familias. Todavía tengo muchas de las antiguas revistas de ese ministro y, en el ejemplar anterior a la partida de su hija, escribió un artículo poderoso enunciando los principios espirituales de la oración de protección. Posteriormente a eso, perdió a su propia hija y su yerno.

Las expresiones de amor y las oraciones inundaron su ministerio, junto con las preguntas de los críticos. Algunos escribieron que la predicación del ministro no dio resultado puesto que su hija murió en aquel accidente. ¡Eso sería como decir que Jesús no tenía ningún poder sobre la muerte porque aun cuando pudo resucitar a Lázaro, Él mismo murió! El ministro y su esposa salieron en su programa semanal de televisión para contarle su dolor al mundo. Él dijo que cuando comenzó a preguntarle al Señor por qué había sucedido eso, el Espíritu Santo respondió y le reveló que había cosas que pasan en esta vida que una persona nunca va a saber las respuestas hasta que llegue al cielo. Eso resolvió la cuestión para él y su esposa. No preguntaría más por qué, sabiendo que una vez que comenzara a preguntar por qué, una pregunta daría lugar a otra, y quizá nunca terminarían.

El punto es que, al final, todos vamos a morir y cuando llegue el momento de nuestra cita, vamos a ir a nuestro destino eterno definitivo a pesar de la cantidad de oraciones que se ofrezcan en nuestro nombre. En la Escritura se nos dice: “Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasan, y volamos” (Salmo 90:10). No hay limitación establecida con un número exacto de años que podamos vivir. Debemos, sin embargo, esforzarnos por llevar una buena vida con integridad y por morir con un buen nombre. Este punto se hizo claro para mí con la muerte de mi padre. Antes de ir al cielo, me dijo: “Hijo, lamento que realmente no tenga nada material que dejar a tus hijos”.

Yo le respondí: “Papá, tú estás dejando a tus cuatro hijos algo más valioso que la plata y el oro; ¡nos estás dejando un buen nombre!” Como ve, mi padre era conocido por todos como uno de los más grandes hombres de oración e integridad que mucha gente conoció. Miles de mensajes de correos electrónicos y recados personales nos llegaron; los que lo conocían hablaban de su vida piadosa, su integridad y su humildad. Durante el funeral sentí de repente una carga en mi corazón que nunca antes había experimentado: es que tengo su nombre. Su nombre era Perry Fred Stone, el padre, y yo soy Perry Fred Stone, el hijo. Me di cuenta de que debo guardar mi nombre así como él guardó el suyo.

Aunque usted no conoce el futuro, debe confiar en Dios a través de lo bueno y lo malo. Recuerde siempre, hay negativas que quizás nunca entienda. Sin embargo, aún puede ir al cielo con un no por respuesta, pero no puede ir al cielo con pecado en su vida (Ez 18:4, 20).

–Tomado del libro Puertas del cielo abiertas por Perry Stone