Misión de gracia

Cada hijo de Dios está en guerra. Si no lo estamos, significa que en realidad somos de este mundo y que hemos sido engañados al pensar que le pertenecemos a Dios.

Sé que es una frase dura, pero permítame ilustrar su realidad. Imagínese que vive en Alemania durante el régimen de Adolf Hitler. Este líder tirano finalmente quería establecer un nuevo orden de absoluta hegemonía nazi en la Europa continental. Estaba lleno de prejuicios en el sentido más puro, y a quienes más odiaba era a los de descendencia judía. Si usted tenía linaje alemán, era inteligente, sano y su pensamiento no interfería con la misión de Adolf Hitler, podía vivir en paz, libre de preocupaciones de ser atacado de alguna forma.

Sin embargo, si su linaje era judío, su vida sería totalmente distinta. Viviría bajo una constante amenaza de ataque. En cualquier momento podían golpearle, escupirle, o robarle; tendría que estar atento para evitar que le capturaran, esclavizaran, torturaran o asesinaran. Le gustara a no, estaba en guerra. El pueblo judío más sabio y prudente se armó e hizo todo lo necesario para escapar de la tiranía de Hitler. Quienes no lo hicieron fueron encarcelados en los campos de concentración.

Satanás y sus huestes son mucho peores que Hitler y su régimen nazi. Si usted es del linaje del diablo, no es un objetivo, y no tendrá que mantener una postura de guerra. Jesús les dijo a los líderes espirituales hipócritas de su tiempo: “Vosotros sois de este mundo” (Juan 8:23). Después, para asegurarse de que entendieran bien lo que les estaba diciendo, les dijo directamente: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo” (Juan 8:44). Aunque esos líderes creían que estaban sirviendo al Dios Todopoderoso, en realidad estaban sirviendo al tirano líder de este mundo.


Si usted es realmente de Dios, entonces debe estar en guardia porque el mundo en el que vive es hostil hacia cualquier cosa que sea del Reino de Dios. Jesús destacó esto diciendo: “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece” (Juan 15:19). Observe sus palabras: el mundo os aborrece. No hay lugar para escaparse en esta frase. Si usted es del mundo, el mundo le recibirá; si es de Dios, sufrirá resistencia y el sistema del mundo le odiará.

Así, llegamos a otro aspecto importante de estar armados apropiadamente, y es tener amplio conocimiento de las armas que tenemos a nuestra disposición en Cristo Jesús. Son armas poderosas y espirituales, porque Pablo nos dice: “Las armas con que luchamos no son del mundo, sino que tienen el poder divino para derribar fortalezas” (2 Corintios 10:4, NVI).

¿Cuál es el “poder divino” que derriba fortalezas? No es otro que la increíble gracia de Dios, su regalo inmerecido para todos los creyentes. Sabiendo esto, avancemos en la primera carta de Pedro para ver esta gran verdad subrayada y ampliada para nosotros. Al hacerlo, tenga en mente que podemos sustituir las palabras poder u otorgamiento de poder por la palabra gracia, ya que son intercambiables.

“Y todos, sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia [poder] a los humildes. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo; echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros. Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo. Mas el Dios de toda gracia [otorgamiento de poder], que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca . . . os he escrito brevemente, amonestándoos, y testificando que ésta es la verdadera gracia [poder] de Dios, en la cual estáis” (1 Pedro 5:5-12, énfasis añadido).

Permítame resumir rápidamente las ricas palabras de Pedro. El tema principal de este pasaje es la gracia de Dios. Pedro comienza exhortándonos a someternos unos a otros. Otra forma de decirlo es a “estar bajo la misma misión”. Después nos asegura que Dios da su gracia a los humildes, y que somos considerados humildes cuando esperamos que su gracia (poder) sea lo que supla nuestras necesidades, y no nuestra propia fuerza.

¿De qué necesidades está hablando Pedro? Tienen que ver con los asuntos de la vida, como nuestras preocupaciones, responsabilidades, necesidades o varios deseos. Nuestras necesidades pueden ser temporales, o más importante aún, eternas: experimentar la vida abundante del Reino, y por consiguiente, suplir las necesidades de otros en nuestra esfera de influencia. En la búsqueda de esta misión de gracia, experimentaremos resistencia de nuestro archienemigo: el diablo y sus huestes. Él puede devorarnos, pero ese no es el plan de Dios. Por tanto, debemos mantener una actitud sobria, ser bien conscientes de las promesas del pacto de Dios, y estar atentos en oración. Así, siempre estaremos bien equipados por la gracia de Dios para avanzar los propósitos del Reino y resistir con éxito a nuestro archienemigo.

No estamos solos en nuestros esfuerzos; nuestros hermanos y hermanas están en la misma misión de gracia en todo el mundo y están experimentando batallas similares en nuestro objetivo similar. Lo bueno de estas batallas es que forjan madurez y fortaleza. Con cada victoria, somos exaltados a un lugar más alto de autoridad en Cristo.

Pedro termina el pasaje con este pensamiento vigorizador: Esta es (el propósito de) la verdadera gracia de Dios. ¿No es interesante que el Espíritu Santo se moviera sobre Pedro hace casi dos mil años para escribir las palabras la verdadera gracia de Dios? No fue un accidente; el Espíritu Santo anticipó que en los últimos tiempos el concepto de la gracia de Dios se reduciría (al menos en el pensamiento cristiano occidental) a una mera cobertura para el pecado y un billete para ir al cielo. La verdadera gracia de Dios incluye todo eso, y mucho más, ya que también nos capacita para ir más allá de nuestra capacidad natural para acometer la misión que tenemos entre manos. Un aspecto principal de esta misión es distinguirnos con el propósito de glorificar a Dios y avanzar su Reino.

—Tomado del libro Implacable de John Bevere.