Arrepentimiento, Confesión y Disculpa

¿Qué significa realmente el quebrantamiento? ¿Cómo se manifiesta en la vida de un creyente? ¿Cuáles son algunos de sus elementos básicos?

Vamos a ir revisando distintos componentes:

Arrepentimiento, Confesión y  Disculpa

Probablemente una de las primeras cosas en que pensamos es la disposición para confesar el pecado a Dios y a aquellos que hemos ofendido. No trata de barrer “la basura bajo la alfombra.” No trata de olvidar con la excusa que “el tiempo borra todo.” Corre a la presencia de Dios y exclama: “Yo he pecado” y luego, yendo a cualquiera que haya sido lastimado por sus acciones, le dice: “He actuado mal, estoy arrepentido, le ruego que me perdone.” Si bien por un lado siente la quemante vergüenza de tener que pedir disculpas, por el otro conoce el gran alivio de una conciencia limpia y de andar “en la luz.”
La verdadera confesión no disimula el pecado ni disminuye su realidad. No es como aquella patrona impenitente que decía en altivez, “Si yo he hecho algo malo, estoy dispuesta a ser perdonada.” El arrepentimiento genuino dice, “he actuado mal y estoy aquí para decir que lo lamento.” La vida de David se oscureció por el pecado y fracaso, pero lo que lo hizo amado al corazón de Dios, fue su profunda penitencia. En los Salmos 32 y 51 repasamos con él sus transgresiones, pecado e iniquidad. Le vemos durante la época en que se negaba a arrepentirse. Su vida entonces era física, mental y espiritualmente miserable. Nada le salía bien; parecía que todo estaba desencajado. Finalmente él fue quebrantado, se confesó a Dios y Él le perdonó. Entonces las campanas empezaron a sonar nuevamente y David recuperó su canción.
En el Nuevo Testamento, Pablo nos da una ilustración de quebrantamiento. Fue en el momento en que apareció ante los Jefes del Sanedrín en Jerusalén. Cuando afirmó haber vivido siempre en buena conciencia,
el sumo sacerdote se enfureció y ordenó que el prisionero fuese golpeado en la boca. El apóstol replicó, “Dios te golpee a ti, pared blanqueada. ¿Estás sentado para juzgarme según la ley, y sin embargo en contra de ella, ordenas que me golpeen?” Hechos 23:3 Los que oían fueron conmovidos por la violenta reprensión de Pablo. ¿No sabía él que estaba hablando con el sumo sacerdote? En realidad el apóstol no lo sabía. Tal vez Ananías no estaba vistiendo sus ropajes oficiales, o la mala vista de Pablo le falló. Cualquiera fuese la razón, él no tenía intención de hablar contra la autoridad debidamente constituida. Por lo tanto, de inmediato pidió disculpas por sus palabras citando Éxodo 22:23, “No maldecirás a lo que gobiernan tu pueblo.” El apóstol se quebranto fácilmente, y demostró su madurez espiritual en su disposición a decir, “Estaba equivocado, lo lamento.”

Tomado de ¡Quebrántame Señor! William MacDonald


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