Oí la voz del Salvador


Una tarde en una ciudad de la costa sur se cantaba este himno para concluir un culto al aire libre. Muchos estaban alrededor en pie escuchando, otros pasaban despacio y tan solo percibieron alguna palabra o línea del himno. Uno que caminaba casualmente por allí fue cautivado por una línea que dio respuesta a la oscuridad espiritual de su alma. La línea era: “Del mundo soy la luz”. Escuchar aquella frase aplicada por el Espíritu Santo al corazón cargado hizo que otra alma pasara de las tinieblas a la luz admirable de Cristo.
Este himno era un gran favorito en los cultos de Misión. Nunca deja de hacer un llamado especial; incluso es un gran favorito de los niños, tal vez por su simplicidad. La nota personal que sobresale en este himno es muy penetrante, y no es el tipo de himno que uno puede cantar sin dar una respuesta personal.
El Obispo Handley Moule en un volumen memorial sobre Horacio Bonar (1808-1889) dice que todos sus himnos tienen un extraño poder de mover la conciencia, y le da la explicación de que todos ellos están llenos de la Escritura. Destacaría dos elementos que siempre sobresalen: una clara visión de Cristo como Salvador y la referencia frecuente a su Segunda Venida.
Horacio era hijo de un abogado, y nació en Edimburgo el 19 de diciembre de 1808. Fue uno de varios hermanos que llegaron a ser eminentes ministros de la Iglesia de Escocia. Educado en una famosa Escuela Superior y Universidad de su ciudad natal. Como estudiante estuvo bajo la influencia de hombres como el Dr. Tomás Chalmers, Eduardo Irving y Roberto Murray McCheyene. Pronto decidió dedicar su vida al servicio del Señor en la predicación del Evangelio, y finalizado su curso de teología dirigió la obra misionera en la Iglesia de San Juan, en Leith. Allí empezó a escribir himnos.
Muy interesado en los jóvenes, la Escuela Dominical a su cuidado creció y prosperó rápidamente. Cuando inició su obra misionera, se encontró con niños y niñas indiferentes en cuanto a la adoración pública. Acostumbrados al uso de salmos, no muy adecuados, en sus palabras o melodías, para las necesidades de los jovencitos, el Sr. Bonar se dio cuenta de que lo que debiera ser la parte más brillante del culto, era para ellos lo más aburrido. Y sin embargo los niños amaban la música, y estaban bien dispuestos a cantar canciones los días de semana. Así que probó un experimento. Escogiendo algunas melodías familiares tales como “Las Flores del Bosque”, se dispuso a ponerles palabras. Las imprimió en forma de folleto y las distribuyó entre los jóvenes en la Escuela Dominical. Para deleite del Sr. Bonar el experimento tuvo éxito, y los niños inmediatamente se pusieron a cantar los nuevos himnos que habían sido escritos especialmente para ellos. Así se escribieron los dos primeros himnos de Horacio Bonar.
Después de cuatro años y medio de trabajo en Leith, llegó a ser ministro de la Iglesia de la Parroquia Norte, Kelso, en 1837, donde trabajó con devoción y entusiasmo. Su primer sermón fue muy recordado por aquellos que le escucharon. Fue un llamado claro a la oración: “¡Hermanos, oren!”, fue su mensaje, “así las lluvias del cielo descenderán sobre nuestra iglesia, nuestra parroquia, nuestras escuelas, nuestras familias. ¡Es a orar que os incito, a orar por vosotros mismos, a orar por mi!” Era sobre todo un hombre de oración, y en años posteriores, la voz de ruego sincero, detrás de la puerta cerrada de su despacho, rogando a menudo durante horas sin parar, constituyó uno de los más sagrados recuerdos de su círculo familiar.
Fuerte físicamente, nunca estaba ocioso. En Kelso, se dice que, en un día, frecuentemente predicaba tres veces en el púlpito y una vez al aire libre. Aún siendo viejo, de habiendo regresado a Edimburgo, su voz se oía lejos predicando el Evangelio al aire libre, unas veces en las praderas y otras en la Plaza del Parlamento. Un amigo dijo de él que siempre estaba predicando, otro que siempre estaba visitando, otro que siempre estaba escribiendo, y aún otro que siempre estaba orando.
Siguió a su viejo maestro, el Dr. Calmers, en abandonar la Iglesia de Escocia en 1843 (la Ruptura), estando en Kelso, para formar la Iglesia Libre de Escocia, siendo allí donde escribió la mayoría de sus himnos más conocidos, incluido este. Fue uno de los 474 ministros de culto que se manifestaron en la ruptura. Debió de ser un gran sacrificio dar sus espaldas a sus Iglesias y congregaciones y sueldos y hogares por motivos de conciencia.
En 1866, el Dr. Bonar se trasladó a Edimburgo, el lugar de su nacimiento, donde asumió la responsabilidad de una iglesia nueva. Allí trabajó hasta pasados los 80 años. Por un tiempo editó dos revistas y publicaba continuamente obras en prosa. También fue el autor de cientos de tratados, uno de los cuales, “Cree y Vive”, publicado en 1839, llegó a poner en circulación un millón de copias.
La visita a Escocia de Moody y Sankey en 1873-74, parece que revivió el fluir de himnos. El Sr. Ira D. Sankey relata que durante las reuniones que celebraba con el Sr. Moody en Gran Bretaña en los años 1873-1874, había cantado con frecuencia, como un solo, el impactante poema de Tennyson, basado en la parábola de las Diez Vírgenes, que comenzaba:
Tarde, tarde, tan tarde, y la noche oscura y fría,
Tarde, tarde, tan tarde, pero podemos entrar todavía.
Demasiado tarde! Demasiado tarde! Ahora no puedes entrar.
El Sr. Sankey estaba entonces recopilando una edición de sus "Sacred Songs and Solos", y solicitó premiso para incluir este poema, pero los propietarios del Copyright lo rehusaron. Entonces el Sr. Sankey pidió al Dr. H. Bonar que escribiera un himno con el mismo tipo de líneas, resultando los solemnes versos con la misma métrica, y por tanto válidos para ser cantados con la misma música, empezando:
Todavía hay lugar! La brillante sala de canto del Cordero,
Con su hermosa gloria, te invita a entrar!
Lugar, lugar! Todavía hay lugar! Oh, entra, entra ahora!
Así resultó que uno de los más hermosos himnos de misión fue fruto de la negativa de los editores! Un ejemplo de la bendición que ha acompañado a este hermoso himno del Dr. Bonar, tuvo lugar durante el tour de los Sres. Moody y Sankey en Escocia. A una mujer joven mundana y despreocupada una amiga le pidió que la acompañara a una de las reuniones de la misión. Al principio ella rechazó, pero, siendo presionada, consintió y fue. No le impresionó lo más mínimo el mensaje del Sr. Moody, que para ella le pareció que “no contenía nada”, y se preguntaba cómo podía haber tanto interés en lo que era obviamente tan trivial. Tras el mensaje el Sr. Sankey cantó la composición del Dr. Bonar como un solo; pero aun esas palabras conmovedoras no llegaron al corazón descuidado de la joven, hasta que el Sr. Sankey llegó a la última estrofa:
Antes de anochecer aquella puede cerrarse, y sellar tu condena;
Entonces el último clamor profundo -No hay lugar!
No hay lugar! No hay lugar!
Oh, desgraciado clamor -No hay lugar!
Las palabras le sobrevinieron al alma como el trueno del Día del Juicio. La reunión terminó, pero el terrible aviso de esa última estrofa, y su terrible coro, “No hay lugar! No hay lugar!” todavía sonaban en sus oídos y corazón. No pudo descansar hasta que se volvió al Salvador, y, arrodillándose a Sus pies, encontró perdón y paz por medio de Su sangre redentora.
Una característica de los himnos de este notable Presbiteriano Escocés es que no pertenecen a una denominación en particular, sino que son utilizados en casi todo tipo de adoración Cristiana. Escribió unos 600.
Tras una larga enfermedad, su última puesta de sol fue el 31 de julio de 1889.

Oí la voz del Salvador
Decir con tierno amor:
Ven, ven a mí, descansarás,
Cargado pecador.
Tal como era, a mi Jesús,
Cansado, yo acudí;
Y luego, dulce alivio y paz
Por fe de Él recibí.

Oí la voz del Salvador
Decir: Venid, bebed,
Yo soy la fuente de salud.
Y apago toda sed.
Con sed de Dios, del vivo Dios,
Busqué a mi Emmanuel;
Lo hallé y Él apagó mi sed,
Y ahora vivo en Él.

Oí su dulce voz decir:
Del mundo soy la luz,
Miradme a mí y salvos sed,
Hay vida por mi cruz.
Miré a Jesús y así en Él
Mi norte y sol hallé,
Y en esa luz de vida yo
Aquí siempre andaré

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