Conciencia de nuestra posición ante Dios

Efesios 4: 1-16

Nuestro gozo procede de tener conciencia de nuestra posición ante Dios, nuestra fuerza, nuestra seguridad. Cuando esto sucede el alma goza de una manera íntima y feliz de Su amor y de lo que está en El, en las relaciones que El mantiene con nosotros,

Es imposible tener los sentimientos cristianos realmente formados si no se tiene la conciencia de la posición por la cuales estos sentimientos se relacionan. Estar en una relación es una cosa, gustar de los afectos que esta relación supone es otra; es necesario para experimentarlos conocer esta relación. Un niño es tomado de la mano en el camino por un hombre amable: -¡Ah,- dice él -si solamente fuera el hijo de este hombre!. Si el descubre que es un niño perdido, todo esto cambia. Cuando alguno es regenerado y ve que Cristo atrae su corazón, produce en nosotros primeramente suspiros y tristeza: « ¡Si hubiera algo que yo pudiera hacer por El!» Una vez que se comprende que es en El, ¡que cambio! Ahora hay paz y gozo. El alma que comprende lo que Cristo es para el creyente, lo que Dios es para nosotros, se ve colocado en una posición que solo le hace feliz. Dios nos da, por su Espíritu, la conciencia de cual es relación que tiene para con nosotros, creyentes, y allí está la felicidad. Así lo ha sido para el hijo pródigo, cuando el padre se arroja a su cuello. Pensamientos nuevos son formados en su corazón cuando delante de sus ojos ve el testimonio de lo que hay en el corazón de su padre. Cuando comprendemos esto se produce el gozo.

El hijo una vez allí en los brazos de su padre no razona más. Está cerca de su padre y goza de su proximidad. Hay más conocimiento de lo que es un padre que un sabio razonando sobre esto. Alguien que no ha sido madre no puede tener los sentimientos de madre, e igualmente el hijo sólo puede conocerlo estando cerca de su padre. El Espíritu de adopción es dado al creyente, por aquel que sabe lo que es ser hijo, y clama: «Abba, Padre».

Vemos aquí lo que es necesario para que tengamos sentimientos beneficiosos, ante Dios y ante Jesucristo. El hijo pródigo se siente hijo no por sus propios pensamientos, sino que viendo lo que el padre es para él. Si el padre tiene un hijo, el hijo tiene un padre.

Es lo mismo en cuanto a la relación entre Cristo y la Asamblea. Si Cristo es el esposo de la Iglesia, la Iglesia es la esposa de Cristo. Tenemos necesidad de comprender bien esto. Cuando se comprende, Jesús crece a nuestros ojos. No se puede conocer tal relación sin conocer, — y ante todo desearlo—, que Cristo es quien nos coloca allí.


Cualquiera que sea la posición en la cual el hombre responsable ha sido colocado, esto no hace que se coloque en evidencia su pecado. Así ha sido igualmente y sobre todo en presencia de las promesas divinas. Nada ha demostrado la maldad del corazón del hombre como el cumplimiento de las promesas de Dios en Cristo. Los hombres— y más precisamente «los suyos», su pueblo, —han rechazado a Cristo y perdido todo derecho a las promesas. Cristo venía con las promesas de Dios en su mano, en gracia, y ellos no lo han aceptado. Antes, estaba el pecado, la trasgresión, pero ahora el hombre ha demostrado ser un hijo de ira. Luego cuando el hombre se manifiesta como tal, Dios manifiesta lo que Él es, El. En adelante no tenemos a un Cristo cumpliendo las promesas hacia aquellos a quienes estas promesas habían sido preparadas, sino un Cristo que es la plena manifestación de lo que Dios es, —Dios manifestado en carne—. Dios puede introducir a pobres pecadores al conocimiento de Si mismo. Tal como yo soy, encuentro a Dios en Cristo, para mi gozo eternal.

El hombre era pecador, cautivo de Satanás, Cristo vino a cumplir la obra de su salvación. Cristo ha amado a su Iglesia y se ha entregado a si mismo por ella: ella no existía aun, El venía rescatarla y llamarla. He aquí lo que había en el corazón de Cristo, y es la fuente de toda nuestra esperanza. He encontrado lo que Cristo es, Él ha venido para cumplir la redención de aquellos que siendo culpables de haber violado la ley, rechazando las promesas, — una redención tal que El hizo de ellos su propia carne y sus huesos —. «Nadie ha aborrecido su propia carne, sino que la alimenta y la ama, como también Cristo a la Asamblea».

Pablo tiene una revelación gloriosa: lo que él perseguía eran pobres cristianos, pero él aprende que persiguiéndoles el perseguía a Cristo.

Así el pensamiento de Dios no era solamente el salvar las almas, sino hacer de los salvos los miembros del cuerpo de Cristo, una parte de Jesús, tanto y más aún que mi mano es parte de mi cuerpo. Tal ha sido el pensamiento de Dios, tales son los resultados del amor de Cristo. Todo es gracia, Dios había dado la ley, Él ha enviado a su Hijo, Él ha presentado las cosas al hombre de todas las maneras, para ver si había algún bien en él: Él ha buscado el fruto de este árbol, pero en vano. Todo ha sido dejado de lado: el hombre está perdido. Pero ahora Dios coloca en evidencia algo que estaba escondido hasta aquí, la Iglesia. El une a este pobre pecador a Jesús, Él le da el mismo lugar que Jesús da a los suyos. Él solo lo ha cumplido. Tales pensamientos no podían estar en el corazón del hombre, igualmente el hombre mas piadoso tiene que venir a Jesús. Un judío piadoso podía escoger que el Cristo fuera el Hijo de Dios y el Hijo el Hombre, pero después de todo el hombre tiene su individualidad exclusiva: el no podía tener la idea de un Cristo que tuviera a otras personas como sus miembros. Luego, glorificado en el cielo Él esta allí, el Jefe, la Cabeza, y nosotros sus miembros. Esta es una realidad muy nueva. Ha enviado a su Espíritu aquí abajo, y, bautizados en un solo Espíritu, somos un solo cuerpo. No es verdad que nuestros cuerpos lo sean individualmente, El hace de nosotros un solo cuerpo.

¿Te das cuenta lo que es realmente estar unido a Jesús, de ser la Iglesia de Dios, el cuerpo de Jesús unido solo a Él con el fin de que gocemos con Él de todo lo que el Padre le ha dado? Nunca gozaréis plenamente de todo el amor divino que emana de la bondad de Dios, a menos que estéis en esta relación para gozarlo.

«Ha subido a lo alto».

Los judíos podían leer esta expresión en el Salmo 68, y habrían podido concebir la idea de un Cristo glorificado en el cielo. Pero «y eso de que subió, ¿qué es, sino también había descendido primero a las partes mas bajas de la tierra?» Encontramos aquí que Dios lo hizo para el cumplimiento de la salvación. Cristo viene aquí abajo, en el poder del amor de Dios, de un amor que desciende allí donde el pecado nos había colocado, y ejecuta su obra que Dios solo podía obrar, en la infinidad de su amor. Ha venido del trono de Dios, Él ha descendido hasta la última fortaleza de Satanás. Después Él sube. Habiendo glorificado a Dios en su amor y en su justicia, sufriendo el castigo del pecado, él sube a lo alto y llena todas las cosas, no como Dios sino en el poder de la redención que el ha obrado. Como Dios Él ha creado todas las cosas, y por la redención Él ha recuperado su derecho a todas las cosas.

Si tengo fe en esto, tendré además la idea de que Satanás no puede hacer nada en contra mía. Cristo ha vencido. Él ha sufrido el castigo por el pecado, y no queda más que la plenitud del amor de Dios y las consecuencias de la obra de Cristo.

No hay nada que me de felicidad en el cielo que yo no lo posea ya, salvo un cuerpo resucitado. El amor del Padre, lo gozo. El amor de Cristo, lo gozo. El poder que tiene la capacidad de gozar, — a saber el Espíritu Santo—, todo lo que produce el cielo, un lugar de felicidad y gozo, lo tenemos ya. Este pobre cuerpo que nos impide gozar como es debido, porque el vaso es de barro; pero las cosas que gozo ahora, las gozo en la eficacia de la sangre de Cristo que lo asegura en el cielo. El cristiano camina bajo la mirada de Dios con la conciencia de que no hay nada para el solo el amor. En los salmos, cuando Cristo habla del hombre y de su conducta, Él pide la venganza, pero en el Salmo 22, cuando Él habla de lo que Dios es, todo es amor. Con la plenitud del amor y de la justicia de Dios en Cristo, no queda nada que sea para nosotros. Una vez en la posición donde Cristo nos coloca, encontramos un Dios que, porque es amor, ha cumplido una obra propia en nosotros dándonos una perfecta confianza en Él.

Esto faltaba en Moisés (Éxodo 33), porque Moisés no podía cumplir con lo que quita el pecado. Si estamos aún bajo la ley, toda la revelación de la bondad de Dios nos hace aparecer aun más pecadores. Pero Cristo ha provisto lo que le faltaba a Moisés, Él ha hecho la propiciación antesde subir. El no dice: “Yo subiré hacia Jehová: puede ser que haga la propiciación…”» Las intenciones del amor de Dios pueden cumplirse hacia nosotros porque Cristo ha hecho la propiciación.

Cuando estamos allí, gozando de la plenitud del amor de Dios, podemos pensar en paz en estos consejos de Dios hacia nosotros. Siendo salvados, en la conciencia de este amor de Dios, aspiro a conocer más de Dios y sus pensamientos. El es un Dios infinito, pero que hay de nuestros pensamientos; ¿cuales son? El desea que seamos semejantes a su Hijo. La Iglesia estaba cautiva en las manos de Satanás, donde nos encontrábamos por el juicio de Dios. Cristo viene, muere, se coloca en nuestro lugar bajo los golpes de Satanás que tiene los derechos contra el hombre pecador, y Él destruye así el poder de Satanás. «Por la muerte Él ha destruido a aquel que tenía el poder de la muerte, es decir al diablo» Cristo ha dominado al opresor, Él ha «llevado cautiva la cautividad», a fin de poseernos por su amor a Él, y al fin presentarse a la Asamblea a si mismo, sin mancha. Es necesario que Él entregue a la Iglesia tal como Él la desea. Nos libró totalmente de tal manera que Él ha hecho de esta Iglesia el vaso de poder por lo cual la victoria ha sido conseguida. Él ha dado dones a los hombres, a los mismos que han estado bajo el poder del enemigo, y que han sido enteramente librados por Él y que han llegado a ser vasos que Espíritu de Dios ha enviado por Él de lo alto. Somos, en nuestro cuerpo, los templos de su Santo Espíritu.

La Iglesia es el vaso del Espíritu Santo con el propósito de que ella goce desde ahora, antes de llegar al cielo. Ella goza de la conciencia del amor de Dios, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo. Tiene la conciencia de ser la esposa de Cristo, sabe que la salvación ha sido perfectamente cumplida, que Jesús la ama y que Él la amará hasta que Él la tome sin mancha ante Él. El efecto que produce esto en nuestros corazones es el de decir: «Ven, Señor Jesús »

¿Como no desear que Él venga y que estemos siempre con el Señor? Pero el efecto práctico es de hacernos sentir que somos exclusivamente de Él, como la mujer es solo para su marido. Ella no puede ser de otro, por cariño, por deber, por la conciencia de su relación con Él: «Yo soy de mi Amado». Tener la conciencia de pertenecer solo a Jesús llena nuestro corazón de gozo, y es el secreto de todo verdadero progreso del alma. La vida cristiana llega a ser mucho más sencilla porque ella se conduce simplemente en Jesús. Las aflicciones y las dificultades de la vida son olvidadas, porque Jesús está allí.

El terminará todo según su amor. El ama a la Iglesia como a su propia carne. No es solamente el Mesías cumpliendo sus promesas, es Dios colocando a la Iglesia fuera del poder de Satanás.

¿Lo gozáis vosotros? ¿Comprendéis que le pertenecemos? 
¿Tenéis la conciencia de ser una parte de Jesús al punto de que Él puede decir a quien persigue a los suyos: 
«Yo soy Jesús a quien tú persigues?» 
Estad seguros que si tenéis esta conciencia vuestra vida será una vida de gozo constante y de calma. El más grande gozo de vuestro corazón será decir: «Ven, Señor Jesús». Y esperándolo seréis testigos de que todo es gracia, podréis decir a los pecadores: “yo conozco un río de agua viva, soy feliz, venid; el Espíritu y la Palabra hacen el gozo de mi corazón; puedo decirles que Dios es bueno…” Es el testimonio de la gracia que nos ha colocado en este gozo. Si vuestro corazón está dividido, tendréis el derecho de gozar, pero no lo gozaréis, abandonáis los privilegios de cristiano por la vanidad y la mentira. Del lado de Cristo todo es fidelidad: Ha sido dada para nosotros y Él no se detendrá antes de poseernos según los deseos de su corazón para la gloria que Él nos ha preparado. ¡Que nuestro corazón esté ocupado de lo que ocupa el suyo!

Así, lo primero es la gracia manifestada en una obra que ha quitado el pecado. Lo segundo, es que Cristo nos ha colocado en la misma posición que la suya, como su cuerpo, su Esposa. Como el centro de sus afectos.

Dios nos haga comprender este amor que nos ha unido a Él mismo con el fin de que nos gocemos de todo lo que Él es por nosotros.

Meditaciones de J-N-D. Nº 260 - By J N Darby

Lausanne, 24 de Agosto 1849

Traducido de “El Mensajero Evangélico” año 1957
Responsable traducción: RCV

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