Disciplina II

Los tres amigos

La mujer de Job lo incita a maldecir a Dios. Sus amigos se juntan para «compadecerlo y consolarlo». A pesar de todas sus buenas intenciones, van a forzarlo a fondo. No entraban en absoluto en el plan de Dios, y, tomando sus puntos de vista, se enredan aún más en sus erróneas afirmaciones. ¡Qué ejemplo perfecto para ser prudentes cuando visitamos a los amigos en la prueba! Fácilmente somos llevados a juzgar, en lugar de reservarnos nuestras apreciaciones con respecto a los motivos de la disciplina que Dios ha permitido para nuestro hermano. Cuan necesario es ser conducido por el Espíritu de Dios, paso a paso, una palabra después de la otra. Primero escuchar largamente; enseguida, abrir su Palabra, mirando al Señor.

Los amigos vienen a «condolerse de él y para consolarle» a Job, para ocuparlo de si mismo. Es una trampa. Si alguien está en la prueba, no se trata de compadecerle, y de estar de acuerdo posiblemente a sus "por qué". Será mucho mejor, lo que harán después que hubo pasado la prueba, los hermanos y hermanas de Job, «se condolieron de él» (42:11), y sobre todo, el ejemplo de Eliu, que dirigió el pensamiento y el corazón de Job hacia Dios. Considerando su desdicha, durante siete días y siete noches, los amigos quedan mudos, después de haber llorado a gritos, desgarrado sus vestidos y esparcido polvo sobre sus cabezas, «porque vieron que su dolor era muy grande».

Ante el silencio cargado de reproches, Job ya no soporta. Explota (3 y sig.) ¿Por qué?, ¿Por qué? ¿Por qué? No rezonga por las circunstancias; las acepta de la mano de Dios; pero objeta los motivos de esta prueba, al no discernirlos y encontrarlos injustos. De ahí su tormento y sus “por qué”. Veintinueve capítulos colocan delante de nosotros al patriarca y a sus amigos que discuten, disputan, contienden. Los tres dicen y repiten: Dios te castiga porque has pecado. Job replica: soy puro, no he cometido iniquidad. Empujado al fondo acusa a Dios: El es injusto, tiene cosida mi iniquidad (14:17). El tono del debate se acentúa y se exacerba, sacando a la luz esta justicia propia, esta satisfacción de yo, este orgullo espiritual, que estaba en el fondo del corazón de Job. Va a recordar todas sus buenas acciones (29), todo el mal que supo evitar; considerando que Dios lo castiga sin razón, pide poder hablarle: «Yo le contaría el número de mis pasos, Y como príncipe me presentaría ante él.» (31:37). Después de esta larga disputa, aparentemente inútil, una sola conclusión se impone: «Aquí terminan las palabras de Job» (31:40). He aquí el primer paso hacia la restauración: callarse.

Eliu

Durante las largas conversaciones de Job y de sus amigos, Eliu, mucho más joven, escuchaba (32:11-12). Sus rasgos característicos son la paciencia, la modestia, la humildad; no discute; no halaga; no es parcial, sino que le anima un espíritu de rectitud. No da prueba de suficiencia, sino que sabe ponerse al nivel del pobre que sufre (33:6-7). Cual bello tipo del Salvador que vino, como Hombre entre los hombres, rebajándose para estar en medio de nosotros «como El que sirve» (Lucas 22:27).

Eliu presenta la gracia, pero también la verdad. Sin rodeos le dice a Job cuales son sus faltas: considerarse justo (33:9) y acusar a Dios (33:10-11; 34:5). Pero no concentra los pensamientos del patriarca sobre el mismo; lo coloca delante del Señor.

El joven señala la grandeza de Dios (33:12), que no tiene que dar cuenta de sus actos (v. 13), que no es injusto, sino que desea el verdadero bien de los suyos (v. 14-30). Luego Job debe callarse, reflexionar, dejar de discutir y discutir. Eliu le advierte que va por mal camino; el Señor permite la disciplina con el fin de conducir al hombre a «aquello que para Él es lo recto», sólo la rectitud al juzgarse a si mismo, será el camino de la bendición y del conocimiento de la gracia. Pero el está conciente que solo «Lo vence Dios, no el hombre.» (32:13). Eliu subraya nuevamente el propósito de esta disciplina: el hacer al creyente reconocer sus transgresiones que han llegado a ser muchas, para volverse de la iniquidad (36:8, sig). Dos resultados pueden producirse: escuchar, servir a Dios (v. 11) y encontrar la bendición; o bien no escuchar, e irse en la desgracia (v. 12).

Acabando sus discursos, Eliu va a comparar esta disciplina con las nubes, con la tormenta que Dios permite en la vida de los suyos: «Regando también llega a disipar la densa nube,… Asimismo por sus designios se revuelven las nubes en derredor… Unas veces por azote,… Otras por misericordia las hará venir.» (37:11-13). Bajo el efecto de la tormenta, bajo el efecto de la disciplina, «se estremece el corazón, Y salta de su lugar»; «ahora ya no se puede mirar la luz brillante, está escondida en las nubes». Pero el propósito de la disciplina es la bendición: «Luego que pasa el viento y los limpia, produce un cielo claro» (37:21 Biblia J.N.D.).

La Disciplina. Georges André 

En breve, la coclusión de este estudio - Disciplia III

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