Relación con Jesús: clave de supervivencia


Mas el que oyó y no hizo,
semejante es al hombre que edificó su casa sobre tierra, sin fundamento.
Contra el cual el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina de aquella casa. 
Lucas 6:49

No existe estructura capaz de resistir los vientos de la adversidad sin un fundamento sólido. Y nuestras vidas no son una excepción. Hemos de construirla en base a un fundamento sólido si queremos resistir las presiones incontables de la vida cotidiana.

Nuestras vidas tienen cierto parecido a un taburete, con una base y cuatro patas. La base es nuestro fundamento espiritual, que consiste primordialmente de la oración y la Palabra de Dios. Las patas representan los aspectos económicos, sociales, mentales y físicos de nuestras vidas. Para que el conjunto esté firme y cumpla su propósito, cada pata debe estar fuertemente conectada a la base espiritual. Ninguna de las patas puede ser independiente y estar desconectada. Por ejemplo, la pata económica debe estar sujeta a los principios bíblicos del dar, la integridad, el trabajo duro, etc. De no ser así, sufrirás situaciones estresantes como la deuda excesiva, los malos tratos comerciales y el caos fiscal.

La pata social también debe estar bien conectada a los principios bíblicos o será imposible encontrar la forma de demostrar amor incondicional, perdón o paciencia. Existe una correlación directa entre nuestro bienestar mental y el grado en el que aceptamos la Palabra de Dios y permitimos que rija nuestras mentes y emociones, guardándonos en perfecta paz.

Una pata física bien acoplada nos permite tratar el cuerpo de acuerdo a los principios de la Palabra: descansamos lo suficiente, comemos de forma sana y nos preocupamos por nuestra salud en general. Me imagino que entiendes la idea. La fuerza y el éxito de cada faceta de nuestras vidas se ven determinadas por la solidez de nuestro fundamento. Si la base es débil, no hay esperanza para las "patas".

No resulta nada sorprendente, pues, que Satanás se esmere tanto para evitar que reforcemos nuestra base. Lo primero que debemos hacer cada día es ser diligentes en reforzarla antes de que nos dejemos llevar por las distracciones.

Recuerdo un día cuando me preparaba para orar. Fui a mi sala de oración, y al empezar a orar se me ocurrió que tenía ganas de escuchar mi CD especial con sonidos de la naturaleza: cantos de aves, riachuelos burbujeantes y música suave de fondo. Sería un fondo agradable mientras oraba, y a la vez me ayudaría a librarme del estrés. Me imaginaría a solas con el Señor en un bosque, algo realmente eficaz con mis cascos especiales que eliminan el ruido. Al dirigirme hacia el lugar donde normalmente guardaba los cascos y el CD, no los encontré. Busqué por todas partes. En una habitación busqué en un monton de CDs que tenían que ser puestos en sus respectivas cajas originales. Pensé que ya que había empezado, lo lógico sería dedicar unos minutos a organizarlos. Quince minutos más tarde me encontraba en el auto, buscando cajas de CDs que me faltaban. Y allí me encontré con otra colección de CDs que debía organizar y poner en sus respectivas cajas. Pensé, ¿qué más da otros 10 minutos? Ya se lo pagaré al Señor.

Puse todos los CDs en orden, y de paso organicé el baúl del auto. Seguidamente entré en mi oficina y, he aquí, ahí estaban mis cascos y mi CD de relajación. Pero ya que estaba tan cerca de la computadora, pensé echarle un vistazo al correo electrónico por si acaso había algo que debía contestar urgentemente. Tengo algunos amigos que le han dado un nombre a este tipo de comportamiento distraído: TDAAE, Trastorno por Déficit de Atención Activado por la Edad.

No obstante, después de una hora me encontraba en condiciones de volver a mi sala de oración. Queda claro que la hora que había programado para dedicar a la oración había pasado, así que estuve 20 minutos, cargados cada uno de un sentir de prisa y culpabilidad, dándole un repaso rápido a una lista de oración y ojeando un salmo. Qué osadía -pensé- empezar una conversación con el Señor y dejarle plantado por una hora entera. Me pregunto si se lo hubiese hecho a cualquier otra persona. Por supuesto que no. Pero tenía todo el día por delante y ya comenzaba mi lista de tareas con retraso. Sabía que incluso los 20 minutos que había pasado en oración eran mejor que nada, pero no tenía la sensación de haber nutrido mi espíritu. Me daba la impresión de no haber alcanzado el nivel de intimidad espiritual que hubiese deseado. Al contrario, sentí el acusador tratando de convencerme de que solo cumplía con un deber "obligatorio" porque al ser maestra de la Biblia se "supone" que debo orar, ya que este tipo de personas deberían poder decir que oran cada día.

El único método que he encontrado efectivo para ayudarme a ser constante en la oración es fijarle un tiempo y lugar concreto. De otra forma, siempre habrá otras cosas que se interpongan. No toleres ninguna distracción. No te engañes pensando que lo harás más tarde. Al final del día te sentirás demasiado agotado para entrar en el resposo de Dios. Simplemente querrás decir: "Señor, bendice a todo el mundo entero. Conoces cada necesidad. ¡Buenas noches!"

Creo que llegará el momento en la vida de cada creyente en el que la clave de su supervivencia dependerá de su relación con el Señor.

Cuando el esposo de mi amiga, Althea Sims, sufrió un derrame cerebral, ella se vio en la posición de tener que sobrellevar el peso espiritual y administrativo de la iglesia donde él trabajaba como pastor. Además, tuvo que hacerse cargo de las responsabilidades financieras del hogar, algo de lo que él también se encargaba. Se encontraba en terreno desconocido. Además, seguía ejerciendo como madre de sus hijos dependientes. Los médicos no daban mucha esperanza de que el Pastor Reggie sobreviviese al incidente. Althea era el Peñón de Gibraltar y se notaba que no era fachada -emanaba fuerza y paz. Hace poco le pregunté cómo supo mantener la compostura durante esos momentos tan estresantes. Ella replicó: "Sobreviví gracias a mi relación con el Señor cuando ocurrió todo esto". Había reforzado el fundamento mucho antes de la tormenta.

Salomón tenía toda la razón cuando dijo: "Si en el día de la aflicción te desanimas, muy limitada es tu fortaleza" (Pr. 24:10 NVI). No podemos escapar a las aflicciones y los factores de estrés en la vida, pero sí podemos fortalecer nuestros espíritus por medio de la oración y la Palabra de Dios para adquirir la fuerza y el valor para responder adecuadamente a ellos y superarlos.

Que esta sea nuestra oración:
Señor, por favor. enciende en mí una pasión por la oración y por tu Palabra para que pueda fortalecer mi fundamento espiritual y resistir las tormentas cuando aparezcan en mi vida.

Fuente: Controla tu stress en 30 días, Deborah Smith Pegues




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