Funciona si sigues adelante


En medio de una cultura existista, fracasar puede resultar devastador.
A menos que le encontremos un perfil algo diferente:


-No sabes dibujar manos- el tío Lester se encogió de hombros-. Hasta Robótica no fui capaz de escribir una canción de amor. Durante doce años, doce años, fui capaz de escribir cualquier tipo de canción, cualquiera, pero no una buena canción de amor- El tío Lester parecía compungido-. ¿De qué vale un árbol sin hojas? ¿De qué vale el cielo sin estrellas? ¿De qué vale un musical de Broadway sin una canción de amor?
 -¡Pero has escrito una canción de amor genial!- Exclamó Jimmy, y cantó los primero compases de Estoy sintiendo demasiadas cosas, demasiado de prisa, demasiado pronto.
-Para ti es fácil cantarlo- Dijo el tío Lester-Pero yo luché, fracasé, luché, fracasé. Doce años- Asintió una y otra vez, como si estuviera contándolos- Y de repente, me desperté una mañana, me senté en el piano -Chasqueó los dedos- y en cinco minutos había escrito mi canción de amor. Jimmy no acababa de entenderlo.
-¿Pero cómo?
-Esa es la respuesta- dijo tío Lester, como si esa fuera la respuesta-. Algunas canciones son canciones de diez minutos- continuó-. Sólo tarda uno diez minutos en escribirlas. Algunas canciones requieren veinte o treinta minutos. Otras canciones resultan ser canciones de dos días, o de dos semanas. Mi canción de amor resultó ser una canción de doce años.
-Ah, ya entiendo -dijo Jimmy, que no entendía nada.
-No se puede escribir una buena canción hasta que está lista. A veces, demasiado a menudo, el modo de que llegue a serlo es escribir un montón de canciones malas, lo que la gente llama “fracasos”. “Fracasos”- repetía, levantando el labio.
 -¡Já! Cada “fracaso” es una pieza de la suerte futura. Porque te acerca un poco más al momento en que estás listo. Fracasar, fracasar un poco más, y fracasar de nuevo y duplicar el fracaso, cuadruplicarlo. Fracasar hasta el punto que nadie cree que puedas hacer otra cosa… -Lester hizo una pausa
-Pero eso no es lo que tú crees.
-¿No lo es?-dijo Jimmy.
 -Porque sabes que más allá…, más allá de toda duda- continuó el tío Lester como si hubiera pensado mucho sobre el tema del fracaso, ¿y por qué no?- el fracaso es como el patito feo.
 Jimmy siempre había creído que el fracaso era una enfermedad incurable, un túnel lóbrego del que uno no salía nunca, pero ni en un millón de años se le habría ocurrido pensar en que el fracaso era como el patito feo.
 -No se llega a ser un precioso cisne por accidente- dijo el tío Lester-. El único modo de ser un hermoso cisne es empezar siendo un patito feo. Y acabas superándolo. Esta vez Jimmy lo comprendió. -¿Cómo las orugas, que se convierten en mariposas?
-¡Exactamente!- dijo tío Lester.
-¡Como aprender a andar antes de poder correr!
-¡Muy bien! -le vitoreó el tío Lester.
- Es decir, que, si quiero aprender a dibujar bien las manos, tendré que dibujar mal, terriblemente mal, cien, quizá mil, quizá diez mil manos.
-Yo mismo no podría haberlo expresado mejor- y rodeó a Jimmy con un brazo, acercándolo a él-. En fin, ¿qué…, qué…, qué me dices?
 Jimmy no dijo nada. ¿Qué se suponía que tenía que decir? El tío Lester le había enseñado que fracasar era bueno. ¿Bueno? ¡El fracaso era horrible! Todo lo que había aprendido en su vida le decía que tío Lester no sabía de qué estaba hablando. Pero evidentemente eso no podía ser. Si el tío Lester no era una autoridad sobre el fracaso, ¿quién lo era? ¿Pero como era posible que algo que te hacía sentir tan mal fuera bueno para uno? Entonces Jimmy recordó el resto de lo que le había dicho. El fracaso sólo era bueno si te lo tomabas como si no fuera fracaso, sino algo normal. Si te lo tomaras como si no demostrara lo inútil, lo perdedor que eras.
¿Era normal el fracaso? ¿El fracaso era normal? Jimmy no podía creérselo ni por un instante. Pero entonces recordó la parte más difícil: el fracaso sólo funcionaba si seguías adelante, y adelante, y adelante; sin importar el número de veces que fracasaras; no podías darte por vencido. Y ahí estaba el problema. Porque en el fondo de su corazón, Jimmy sabía que quería darse por vencido.
(fragmento de “El hombre del Techo”, de Jules Feiffer, Ed. Anaya)  

Cuando todo es difícil y las cosas no salen como se espera, recordemos que Jesús está con nosotros, que a los que le amamos todas las cosas nos ayudan a bien, y que en Cristo, tenemos la victoria asegurada.

"Mas gracias sean dadas a Dios, que nos hace vencedores por medio de nuestro Señor Jesucristo." (1 Corintios 15:57)


Fuente de cuento: http://www.luispescetti.com/archivos/2006/06/28/boletin-22/


 

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