El ateo que oró


El ateísmo consiste en la negación absoluta de la existencia de Dios. Cuando el hombre pierde su fe en Dios, no se debe a ningún argumento sino a un quebranto interno, traición o descuido, o de lo contrario algún ácido destilado en el alma ha disuelto la perla de gran precio. No se puede afirmar con sinceridad y lógica que se es ateo, a menos que se pueda establecer que Dios no existe, debe analizar toda la materia en el universo, debe estudiar todas las fuerzas, ya sean mecánicas, eléctricas, vitales, mentales y espirituales; debe hallarse en todos los lugares del espacio a cada momento, no sea que Dios en algún lugar o de alguna manera lo eluda. Debe de ser omnipotente, omnipresente y eterno, en realidad, él mismo debe ser Dios, antes de que pueda afirmar dogmáticamente que no hay Dios. Aunque parezca extraño, solo Dios, cuya existencia niega el ateo, podría tener la capacidad de demostrar que no hay Dios.

Muchos ateos, al encontrarse en dificultades, han orado. El huracán de la vida ha asolado el refugio de sus teorías, dejando a la intemperie los cimientos de su alma.

Corría el mes de noviembre de 1917 cuando los bolcheviques habían derrocado al gobierno de Kerensky y habían iniciado el reinado del terror. Cierto noble se hallaba en su casa materna, en peligro constante de ser arrestado.Sonó el timbre de la puerta de calle, y la sirvienta que salió a la puerta trajo de vuelta una tarjeta con el nombre del príncipe Kropotkin, el padre del anarquismo. Entró y pidió permiso para examinar el departamento. No quedaba otra alternativa que cumplir la orden, pues evidentemente tenía autoridad para efectuar la inspección de la casa, y hasta para requisarla. “-Mi madre lo dejó pasar,” dice el narrador. -Entró en una habitación y luego en otra sin detenerse, como si hubiera vivido allí antes y conociera la casa. Entró en el comedor, miró a su alrededor, y de repente se dirigió a la alcoba de mi madre. “Discúlpeme, pero ese es mi dormitorio,” le dijo mi madre cuando el príncipe estaba a punto de abrir la puerta. Vaciló por unos momentos ante la puerta, miró a mi madre y luego, como si no supiera que hacer, con cierta vibración en su voz, dijo rápidamente: “Si, si, ya sé. Perdóneme, pero necesito entrar en esa habitación.” Colocó la mano derecha en el picaporte y comenzó a abrir la puerta con lentitud, luego la abrió de par en par, y entró en la habitación, cerrando la puerta tras sí. 
Tal era mi indignación por la conducta del príncipe, que estuve a punto de reconvenirle. Me acerqué a la alcoba abrí la puerta de un tirón, y me quedé plantado en el lugar. El príncipe Kropotkin se encontraba de rodillas orando en la habitación. No le podía ver el rostro, pero allí de rodillas parecía tan humilde al musitar con fervor una oración. Tan absorto estaba que ni siquiera se dio cuenta que yo me encontraba allí. En un instante toda mi ira, mi odio hacia este hombre se evaporó como niebla bajo los candentes rayos del sol. 
Me embargaba emoción profunda que cerré sigilosamente la puerta. El príncipe Kropotkin permaneció en la habitación por unos veinte minutos. Por fin se abrió la puerta y apareció el príncipe con la actitud de un niño que hubiera sido sorprendido en una falta, sin levantar sus ojos y como reconociera su culpa. Empero una sonrisa iluminaba su rostro. Se acerco a mi madre, le tomó las manos, las besó, y le dijo con voz suave: “Le agradezco que me haya permitido visitar su casa. No se enoje... Le explicaré: en esa alcoba falleció mi madre... Fue un profundo consuelo para mi entrar en esa habitación... Gracias, muchas gracias.” “Su voz temblaba de emoción. Tenía húmedos los ojos... Se despidió apresuradamente y desapareció. Se trataba de un anarquista, revolucionario y ateo, pero oró.

El ateísmo es un crimen contra la sociedad, pues destruye el único fundamento adecuado de la moral y la justicia: un Dios personal que hace responsable al hombre por el cumplimiento de sus leyes. Si no hay Dios, no hay tampoco ley divina, y por ende toda la ley es del hombre. Quizá haya personas de elevados principios que serán justos y procederán con rectitud, sin creer en Dios, pero para la mayoría de los seres humanos, una sola cosa justifica el proceder con rectitud: “Así ha dicho Jehová,” el Juez de los vivos y de los muertos, el poderoso Gobernante de nuestro eterno destino. El remover ese fundamento equivale a destruir los cimientos  de la sociedad humana

Bibliogr: Teología sistemática, Pearlman.
Image and video hosting by TinyPic